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sobre Yátova
Municipio con parajes naturales como la Cueva de las Palomas y el embalse de Forata
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Hay pueblos que entran por los ojos y otros que te hacen esperar un poco. Yátova es de los segundos. Está en la Hoya de Buñol, a menos de una hora de Valencia si el tráfico y las curvas se portan bien, y lo primero que notas al llegar no es un monumento ni una plaza espectacular. Es el silencio.
No el silencio solemne de monasterio, sino el de los sitios donde el monte manda más que el reloj.
El silencio que se paga en coches
Para llegar a Yátova casi todo el mundo tira por la A‑3 y luego se desvía hacia las carreteras comarcales que se meten en la sierra. El GPS suele decir unos 45 minutos desde Valencia, aunque entre curvas, camiones o algún tractor que aparece donde menos te lo esperas, lo normal es tardar un poco más.
Pero hay un momento muy claro en el que cambia el ambiente: bajas la ventanilla y entra olor a monte. Romero, tierra seca, algo de pino. Esa mezcla tan de interior valenciano.
El casco urbano se mueve entre cuestas y calles estrechas que miran hacia el valle del río Magro. No es un pueblo de grandes plazas ni de edificios monumentales; es más bien un lugar que se entiende caminándolo despacio, subiendo y bajando calles mientras la vida del pueblo pasa a tu lado. En la plaza se juntan muchos vecinos a charlar, sobre todo gente mayor. Si buscas bullicio, lo notarás más en agosto, cuando las fiestas hacen que vuelva mucha gente que vive fuera el resto del año.
Senderos que empiezan cuando se acaban las aceras
Lo mejor de Yátova suele empezar justo donde termina el asfalto.
Desde el pueblo salen varios caminos y senderos que se adentran en el Paraje Natural Municipal de Tabarla. Hay rutas que siguen el curso del río Magro y otras que suben hacia zonas más abiertas de monte bajo. No son recorridos especialmente técnicos; con calzado cómodo y algo de agua se hacen bien.
En muchos de esos caminos aparecen construcciones de piedra seca conocidas como “cucos”. Son refugios levantados con piedras encajadas unas sobre otras, sin cemento. Durante mucho tiempo sirvieron para que pastores o agricultores se resguardaran del sol o de una tormenta rápida. Cuando te topas con uno en mitad del monte entiendes enseguida para qué estaban: en verano cualquier sombra se agradece.
No hay señalización espectacular ni miradores con barandilla. Y precisamente ahí está parte de la gracia: es monte bastante crudo, de ese que huele a tomillo cuando aprieta el calor.
Lo que se come aquí tiene bastante lógica
En un pueblo de interior como Yátova la conversación sobre comida suele acabar en lo mismo: embutido y carne. En muchas casas todavía se preparan longanizas, sobrasadas o blanquets siguiendo recetas que van pasando de una generación a otra.
También es fácil encontrar hornos donde se hacen tortas y pan más contundente de lo que solemos comprar en ciudad. De ese que aguanta bien un bocadillo después de una caminata.
Un plan bastante sensato: llegar a media mañana, dar una vuelta por el casco, comprar algo para el camino y salir a andar por alguno de los senderos cercanos. Luego vuelves con hambre de verdad, no con hambre de turista.
Cuando el pueblo se llena un poco más
Durante buena parte del año Yátova es tranquilo. Bastante. Pero hay momentos en los que cambia el ritmo.
En verano, sobre todo en agosto, las fiestas patronales hacen que el pueblo se llene de vecinos que vuelven unos días. Hay verbenas, actos religiosos y bastante movimiento nocturno. Si te toca esa semana lo notarás enseguida: música por la noche, calles con más gente y coches buscando dónde aparcar.
También suele organizarse en invierno un mercado solidario y artesano donde participan vecinos y gente de pueblos cercanos con productos caseros: miel, dulces, conservas o artesanía sencilla. Es una de esas jornadas donde el pueblo se junta en la calle y todo gira alrededor de charlar y picar algo.
¿Merece la pena acercarse a Yátova?
Yátova no es de esos pueblos que te dejan con la cámara trabajando desde el primer minuto. No hay un monumento que lo explique todo ni una calle que salga en todas las guías.
Funciona de otra manera.
Es más bien como cuando un amigo te lleva a caminar por el monte cerca de su pueblo. Al principio no ves nada especial. Luego empiezas a notar el paisaje, el olor del monte, el sonido del río en algunos tramos… y cuando te quieres dar cuenta se te ha pasado la mañana.
Mi consejo es sencillo: ven con tiempo, aparca, camina un rato y no intentes meter tres planes en la misma visita. Yátova se disfruta más cuando bajas el ritmo y dejas que el pueblo vaya a su velocidad. Que, comparado con la ciudad, es otra liga.