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sobre Ibi
Villa del juguete; centro industrial rodeado de montañas y sede del Museo del Juguete
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El primer viernes de enero, en Ibi, el juguete vuelve a salir a la calle de una forma bastante literal. El Museo Valenciano del Juguete suele aprovechar esos días para mover piezas y mostrar parte de la colección fuera de las vitrinas. Mientras tanto, en la plaza, el monumento dedicado a los Reyes Magos —obra de un escultor alicantino de los años setenta— recuerda hasta qué punto la historia del pueblo está ligada a la infancia. La escena resume bien lo que es Ibi: un municipio industrial que creció fabricando juguetes, pero que antes había vivido de otra cosa muy distinta.
El oficio que modeló un pueblo
Antes del juguete hubo hielo. Desde al menos el siglo XVII, cuadrillas de trabajadores subían a las montañas cercanas para almacenar nieve en grandes pozos excavados en la roca. Cuando llegaba el buen tiempo, la bajaban hacia la costa en mulas y carros para abastecer ciudades como Alicante o Murcia. Aquella economía dejó caminos y construcciones que todavía se reconocen en el paisaje: los pous de neu, antiguas neveras de montaña que hoy ayudan a entender cómo se organizaba el territorio.
El giro industrial llegó ya en el siglo XX, cuando varios talleres locales empezaron a fabricar juguetes metálicos. Con el tiempo, aquel oficio se convirtió en una red de fábricas y pequeños talleres especializados: moldes, pintura, mecanismos, embalaje. No fue un crecimiento siempre estable —hubo crisis y cambios profundos en la industria—, pero el juguete terminó definiendo la identidad del municipio.
La iglesia de la Transfiguración ocupa el centro histórico. El edificio actual es sobre todo de época moderna, con reformas posteriores que han ido ajustando el conjunto. La torre campanario se distingue desde casi cualquier punto del casco urbano. Desde el atrio se abre la vista hacia la Foia de Castalla, una especie de cuenco rodeado de sierras donde los cultivos tradicionales —olivo, almendro— conviven con urbanizaciones y polígonos industriales.
Por encima del pueblo quedan los restos del Castell d’Ibi. Apenas quedan estructuras reconocibles, pero la subida —unos veinte minutos desde el centro— ayuda a situar el lugar: un asentamiento interior, protegido por montañas y con comunicaciones históricamente más difíciles que en la costa. Ese cierto aislamiento explica tanto la antigua economía del hielo como la posterior especialización industrial.
De la nevera al robot
Durante décadas, Ibi fue uno de los centros jugueteros más activos del país. Muchas de las fábricas no llaman la atención desde fuera: naves discretas, fachadas sin demasiada señalización. La actividad se reparte entre polígonos industriales y algunos barrios donde todavía quedan viviendas con portales amplios, pensados en su día para cargar y descargar material.
El Museo Valenciano del Juguete ayuda a ordenar esa historia. El edificio que lo alberga formó parte del tejido industrial del pueblo y hoy conserva piezas de distintas épocas: juguetes de hojalata, mecanismos de cuerda, figuras moldeadas o los primeros intentos de juguetes electrónicos. Más que una colección nostálgica, funciona casi como un archivo de la evolución técnica de la industria local.
La historia del juguete en Ibi no es una línea recta. Hubo momentos de expansión fuerte en el siglo XX, crisis ligadas a cambios en el mercado y, más adelante, transformaciones industriales que llevaron a muchas empresas a diversificar su producción. Aun así, el conocimiento técnico acumulado —desde el diseño de moldes hasta el trabajo minucioso de pintura— sigue formando parte del paisaje laboral de la zona.
El invierno que sabe a almendra
El clima marca bastante la vida cotidiana. A unos 700 metros de altitud, el invierno se deja notar más que en la costa cercana. Cuando baja la niebla desde las sierras del Carrascal, el olor de los secaderos y de la cocina doméstica se queda en las calles.
Entre los platos que suelen mencionarse está la olleta, un guiso contundente con legumbres y verduras de temporada al que se añaden embutidos. También aparece con frecuencia el giraboix, preparado con bacalao, patata y alioli que termina de ligarse en el horno. Son recetas de interior, pensadas para los meses fríos.
La cabalgata de Reyes tiene aquí una tradición muy arraigada. Se considera una de las más antiguas de España, y cada enero moviliza a buena parte del pueblo. En verano, la Fira del Herberet reúne elaboraciones de licores de hierbas que forman parte de la costumbre local desde hace generaciones.
Caminos que conservan la huella del hielo
Buena parte de las rutas que salen de Ibi siguen antiguos caminos de trabajo vinculados a la nieve y a la montaña. Varias de ellas conducen a antiguos pozos de nieve repartidos por las sierras cercanas. Son recorridos de desnivel moderado que atraviesan pinares y zonas de carrasca.
El Parque Natural del Carrascal de la Font Roja queda muy cerca y marca el paisaje de toda la zona. Los senderos que conectan Ibi con el entorno del parque permiten pasar en pocos kilómetros de la trama urbana a un bosque bastante cerrado, donde todavía se conservan tramos de camino tradicional.
Para bicicleta de carretera, la Foia de Castalla forma una especie de circuito natural que conecta Ibi con localidades cercanas como Castalla, Onil o Tibi. Las carreteras secundarias atraviesan campos de almendros y pequeñas sierras, con desniveles constantes pero asumibles.
Cómo llegar y aparcar
Ibi se encuentra en el interior de la provincia de Alicante, conectado con la A‑7 y con varias carreteras comarcales que lo unen con la Foia de Castalla y la costa. El centro histórico se recorre a pie sin dificultad.
Para dejar el coche, muchos visitantes utilizan las zonas amplias junto a instalaciones deportivas o áreas periféricas del casco urbano. Desde ahí se llega caminando al museo, a la iglesia y a las calles del centro en pocos minutos.
En invierno conviene llevar algo de abrigo: la altitud y las sierras cercanas hacen que la temperatura baje rápido al caer la tarde.