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sobre Jijona
Cuna del turrón; ciudad rodeada de montañas donde se produce el dulce navideño más famoso
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El olor a almendra tostada te alcanza antes de ver el pueblo. Cuando la carretera empieza a retorcerse entre lomas secas y pinos bajos, ese perfume dulce ya se ha colado por la ventanilla del coche. En invierno se nota más: el aire frío lo arrastra cuesta arriba y acaba pegado a la ropa. Jijona —o Xixona, como aparece en los carteles desde hace ya décadas— no es un lugar que se muestre de golpe; primero llega el olor, luego las casas escalonadas bajo el castillo.
El dulce territorio
A primera hora todavía se ven sacos de almendra entrando y saliendo de los almacenes. Un agricultor pesa marcona en una báscula antigua y comenta que la humedad del día viene bien para que no se reseque demasiado. La conversación gira siempre alrededor de lo mismo: la cosecha, el tostado, el punto del azúcar.
Alrededor del pueblo el paisaje cambia según el mes. Hay almendros, algo de cítrico en las zonas más bajas y mucho pinar en las laderas que miran hacia la Carrasqueta. En enero los almendros están desnudos, con esas ramas retorcidas que parecen plateadas cuando les da el sol bajo de la mañana. Si te acercas a los caminos que salen hacia la sierra, el olor deja de ser dulce y aparece otro: romero, tomillo y resina caliente.
El casco antiguo se agarra a la ladera con calles estrechas que suben sin mucho orden. Tramos empedrados, escalones irregulares, rejas antiguas y, de vez en cuando, un hueco entre casas que deja ver el valle. En la puerta de la iglesia de la Asunción suele haber gente sentada cuando cae la tarde. Aquí el turrón no es algo que se compra como recuerdo: forma parte del día a día del pueblo.
Subir a la Torre Grossa
La subida al Castillo de la Torre Grossa se hace en poco rato, aunque la cuesta se nota. El sendero serpentea entre pinos carrascos y tierra rojiza. A mitad de camino el pueblo queda debajo, con los tejados apretados y las chimeneas bajas.
La fortificación vigilaba antiguamente el paso entre la costa y el interior. Desde arriba se entiende bien: hacia un lado se levantan las sierras ásperas de la Carrasqueta y hacia el otro el terreno se abre poco a poco en dirección al mar, aunque desde aquí no se llegue a ver.
El conjunto se arregló hace algunos años y hoy hay pasarelas y paneles discretos que ayudan a entender lo que queda de las murallas. A mediodía la piedra guarda el calor y apetece sentarse un rato. Abajo, en el pueblo, a veces llega el olor de los tostaderos cuando están trabajando. Es un aroma denso, ligeramente amargo, que sube por la ladera como si alguien estuviera preparando turrón justo detrás del castillo.
Cuando llega la temporada del turrón
A principios de diciembre el centro de Jijona cambia de ritmo. Coincidiendo con el arranque de la campaña navideña, el pueblo monta su feria dedicada al turrón y a los dulces tradicionales. Bajo las carpas se habla de almendra, de miel, del punto exacto de cocción. Más que un escaparate turístico, tiene algo de reunión entre productores y vecinos.
También en verano el calendario se anima con las fiestas dedicadas a la Virgen de la Asunción y a las comparsas de moros y cristianos. Durante semanas se oyen ensayos de bandas por las calles. Al caer la tarde, los metales y los tambores rebotan entre las fachadas estrechas y el sonido se queda flotando un buen rato en el aire caliente.
Fuera de esos momentos el pueblo funciona a su ritmo habitual: talleres, almacenes, gente que sube y baja la cuesta con bolsas de la compra. Los fines de semana llegan bastantes coches desde la costa y desde Valencia. Entre semana todo vuelve a ser más tranquilo.
Un paseo hacia la Carrasqueta
Si te levantas temprano, hay un camino que sale por la parte alta del pueblo, cerca del cementerio. En pocos minutos desaparecen las últimas casas y empiezan los bancales abandonados y el monte bajo.
El sendero sigue marcas blancas y amarillas y se adentra poco a poco en la sierra de la Carrasqueta. Hay carrascas, madroños y suelo cubierto de hojas secas. Después de una noche húmeda el olor a tierra es intenso, casi como en otoño aunque sea invierno.
En algunos claros aún quedan construcciones de piedra seca relacionadas con el antiguo aprovechamiento de la nieve. Son estructuras sencillas, medio escondidas entre la vegetación, que recuerdan un tiempo en el que la sierra se utilizaba de otra manera.
Cuando regresas por la pista forestal aparece Jijona desde atrás: no la vista típica del castillo, sino la parte más cotidiana. Tejados de chapa en algunas naves, tendederos en los patios, humo que sale de algún tostadero. A media tarde las campanas marcan la hora y el pueblo vuelve a oler a almendra caliente.
Consejos para moverse por Jijona
– La subida a la Torre Grossa tiene poca sombra. En verano conviene hacerla temprano o al caer la tarde.
– En los días de feria o fiestas el centro se llena bastante; si vienes en coche, es más fácil aparcar en la parte baja del pueblo y subir caminando.
– Los caminos hacia la Carrasqueta pueden estar resbaladizos después de lluvias. Lleva calzado con suela firme.
– Los domingos por la tarde el tráfico hacia la costa suele ser más lento de lo habitual.
Cuando el sol se esconde detrás del Cabeçó d’Or, la luz se vuelve más suave y las fachadas toman un tono cálido, casi de miel clara. Al bajar por la calle Nueva todavía flota ese olor persistente de la almendra tostada. En Jijona el aroma no es un detalle: es casi una forma de orientarse por el pueblo.