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sobre La Vall d'Uixó
Importante ciudad industrial y turística conocida mundialmente por las Cuevas de San José; río subterráneo navegable más largo de Europa
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La historia de La Vall d'Uixó está escrita en piedra caliza y agua. El río Sant Josep, que discurre oculto bajo el casco urbano, es el responsable principal del paisaje: durante milenios ha excavado la sierra, creando un valle fértil y un sistema de cuevas que condicionó el asentamiento humano. La población se concentró aquí por el acceso al agua, la protección del relieve y la proximidad a la llanura litoral.
Un subsuelo con historia
Las Coves de Sant Josep son la consecuencia más visible de la acción del río. En su interior se navega un tramo de unos 800 metros entre galerías con formaciones calcáreas. La importancia del lugar es anterior a la geología turística: se han documentado restos de ocupación prehistórica, incluidas pinturas rupestres que atestiguan la presencia humana mucho antes de cualquier organización política estable.
Sobre las cuevas, en el yacimiento de Punta Orleyl, hay restos ibéricos. El patrón se repite: agua protegida, tierras fértiles y salida hacia el litoral. Distintas culturas aprovecharon esa lógica. De época romana quedan vestigios hidráulicos —acueductos y conducciones— y del periodo andalusí se heredó una red de acequias que organizaba las huertas; la acequia Mayor aún define parte del trazado agrícola. La conquista cristiana del siglo XIII reorganizó los núcleos de población, pero el sistema hídrico y de cultivo perduró.
Trazas de un crecimiento industrial
El centro urbano mezcla trazados antiguos con ampliaciones de finales del XIX y principios del XX. La llegada del ferrocarril a la comarca en ese periodo favoreció una fase industrial ligada al textil y a pequeñas manufacturas. De aquello quedan calles de viviendas obreras alineadas y algunos edificios fabriles que marcaron la expansión del municipio.
El ayuntamiento, de la década de 1920 y proyectado por Mariano Peset, refleja esa etapa: un edificio institucional de estilo ecléctico para una localidad en crecimiento. Cerca está la iglesia de la Asunción, con origen a principios del siglo XVII y reformas posteriores. En algunas esquinas se conservan bolardos de piedra, colocados para proteger las fachadas del paso de carros. Son detalles que ayudan a reconstruir el ritmo de la vida antes del automóvil.
La fortaleza que vigilaba el valle
En la ladera que domina la población están los restos del castillo d’Uixó. La subida desde el casco urbano ronda los tres kilómetros con desnivel considerable, pero la posición justifica el esfuerzo: desde arriba se domina el valle del Belcaire abriéndose hacia la Plana Baixa, con visibilidad hacia la línea de costa.
La fortificación tiene origen andalusí —probablemente del siglo X— y formaba parte de una red defensiva que incluía otras posiciones como el castillo de Artana. Tras la conquista cristiana perdió su función militar y cayó en ruina, pero su ubicación sigue explicando su propósito original: controlar los accesos al valle y vigilar la franja litoral. En el término municipal también se mantiene en pie la torre de Benigafull, vinculada a ese mismo sistema de vigilancia.
Fiestas con raíz local
El calendario festivo gira en torno a celebraciones religiosas y comparsas muy arraigadas. Las fiestas de San Vicente Ferrer suelen celebrarse en primavera, con actos repartidos por distintos barrios. También tienen peso las de Moros y Cristianos, donde se recrean episodios asociados a la conquista del siglo XIII. Otra cita es la romería de San Juan hacia la zona del castillo, ligada al solsticio de verano. Son celebraciones pensadas principalmente para los vecinos.
Recorrer el territorio
El núcleo urbano se recorre caminando sin dificultad. Para entender el entorno conviene salir a los caminos que siguen las acequias históricas o acercarse al paraje de Sant Josep, donde están las cuevas y parte del paisaje agrícola tradicional.
Las rutas que suben al castillo o conectan con la sierra de Espadán tienen más desnivel; es recomendable llevar agua, sobre todo en los meses cálidos. En verano, la visita a las cuevas mantiene una temperatura constante más fresca que en el exterior.
La cocina local sigue un calendario ligado al producto cercano: guisos contundentes en invierno, cocas saladas y dulces tradicionales, y platos que dependen de lo que da la huerta o la sierra próxima. Aquí la mesa es más continuista que innovadora, y eso también forma parte del paisaje cultural.