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sobre Costur
Pueblo situado en una loma con vistas a la Plana; tradición agrícola y entorno tranquilo ideal para paseos entre almendros y olivos
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Las almendras caen al suelo con un sonido seco, como pequeños golpes contra la tierra. Es marzo y los campos alrededor del pueblo parecen una acuarela donde alguien ha derramado demasiado blanco. Desde la puerta de una masía, el valle de l'Alcalatén se abre en bancales irregulares, escalones de piedra y tierra que bajan hacia el fondo del barranco. El aire huele a tierra removida y a humo de leña que llega desde alguna cocina. Así empieza muchas veces el turismo en Costur: caminando sin prisa por los alrededores del pueblo.
Costur está a media altura en la sierra, algo por encima de los cuatrocientos metros. Apenas supera el medio millar de habitantes y las casas se agrupan alrededor de la loma, con fachadas claras que reflejan la luz fuerte del interior de Castellón. El nombre suele relacionarse con el árabe Qusṭūr, que alude a un castillo. Hoy no queda ninguno visible, pero sí la Penya Blanca, la gran mole de roca que domina el paisaje y que desde abajo parece vigilar todo el valle.
El tiempo se mide en cosechas
En la plaza siempre hay conversación lenta. Se habla de si este año los almendros han florido antes, de si la lluvia ha llegado a tiempo para el olivo. Aquí el calendario todavía pasa por el campo: verde oscuro tras las tormentas, amarillo en verano, tonos pardos cuando la tierra ya ha dado lo que tenía.
Entre los bancales aparecen varias masías antiguas. Algunas siguen habitadas; otras llevan décadas cerradas, con los portones de madera hinchados por la humedad y los tejados algo vencidos. Desde lejos parecen barcos varados entre olivos. Cuando sopla viento por la tarde, las tejas sueltas chocan unas con otras y el sonido baja por el valle como si alguien estuviera golpeando campanas pequeñas.
Subir a la Penya Blanca
La Penya Blanca es la referencia constante cuando caminas por Costur. La subida se suele hacer por un sendero que arranca en las afueras del pueblo y serpentea entre pinos carrascos. En los días cálidos el aire huele a resina y a tomillo aplastado bajo las botas.
A mitad de camino, si miras atrás, el pueblo queda reducido a un puñado de tejados claros entre bancales. Desde arriba —algo más de mil metros de altura— el paisaje se abre hacia toda la comarca de l'Alcalatén. En días limpios se distinguen varios pueblos blancos repartidos por el valle y las líneas rectas de los campos de cultivo.
Conviene subir temprano en los meses cálidos. La sombra escasea en los últimos tramos y el sol cae con fuerza al mediodía.
Lo que se come en casa
En Costur todavía circulan recetas que pasan de cocina en cocina sin papel de por medio. Una de las que más se menciona es el gazpacho de almendras, que aquí no tiene nada que ver con el tomate. Lleva almendra molida, ajo, aceite y agua fría, a veces con uvas pasas cuando es temporada. Cada familia lo hace a su manera.
Los fines de semana de primavera no es raro ver mesas largas montadas en alguna calle tranquila. Se junta la familia que vive fuera y la comida se alarga hasta bien entrada la tarde. El olor a romero, a carne al horno o a leña quemándose despacio se mezcla con el ruido constante de los pájaros en los huertos cercanos.
Las horas tranquilas del pueblo
Después de comer, Costur baja el ritmo todavía más. Las persianas quedan a media altura y las calles se vacían. Incluso los perros buscan la sombra pegados a las paredes de piedra, que guardan el fresco.
Es un buen momento para caminar sin rumbo por las calles laterales. Aparecen portones antiguos con herrajes retorcidos, patios interiores donde asoma un naranjo y algún pozo cubierto con una losa vieja. En algunos muros la cal se ha ido cayendo y deja ver la piedra irregular que sostiene la casa.
Si vienes en primavera, los almendros de los alrededores todavía conservan parte de la flor durante unas semanas. Aun así, el ambiente cambia bastante entre semana y los fines de semana, cuando llegan más coches desde Castellón y otros pueblos cercanos. Los días laborables el silencio vuelve a ser lo habitual.
Al atardecer la luz baja desde la sierra y las fachadas se vuelven color miel. Cerca de la ermita hay un pequeño mirador desde el que se ve el valle entero de l'Alcalatén. Cuando el sol desaparece detrás de la Penya Blanca, el aire se enfría rápido y empiezan a encenderse las primeras luces del pueblo.
Poco después llegan los sonidos cotidianos: una puerta que se cierra, una televisión que se oye a través de una ventana abierta, algún coche que cruza la plaza despacio. Costur vuelve a quedarse quieto hasta la mañana siguiente. Aquí el día siempre termina así, sin prisa.