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sobre Figueroles
Municipio de tradición cerámica situado junto al río Lucena; conserva un ambiente rural con huertas y parajes naturales agradables
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Figueroles es de esos pueblos que parecen haberse quedado en la cola del reparto de fama. Mientras todo el mundo habla de Morella o de Albarracín, aquí viven poco más de 500 personas y la vida va a otro ritmo. Cuando digo turismo en Figueroles, me refiero a eso: a caer en un sitio donde todavía puedes escuchar los buitres desde las montañas que rodean el pueblo y donde la plaza sigue siendo el centro de todo.
El pueblo que tardó siglos en tener ayuntamiento propio
La historia de Figueroles se parece un poco a esas independencias familiares que tardan en llegar. Durante mucho tiempo dependió de Llucena. Con el paso de los años consiguió parroquia propia —a comienzos del siglo XVII—, pero el ayuntamiento no llegó hasta bastante después, cuando el Conde de Aranda autorizó que el pueblo se gobernara por sí mismo ya entrado el siglo XVIII.
Mientras tanto, los vecinos fueron levantando lo que hoy marca el perfil del casco urbano. La iglesia de San Mateo se construyó en el siglo XVII y más adelante se añadió el campanario, que se ve desde bastante lejos cuando entras por la carretera.
En la plaza hay un reloj de sol con una inscripción curiosa: “Escalda‑sants”. Traducido vendría a ser algo así como “quema‑santos”. El origen exacto no está del todo claro y cada vecino te contará una versión distinta. Pero ese tipo de detalles dicen bastante de cómo funcionan los pueblos pequeños: la memoria está ahí, aunque a veces nadie se ponga de acuerdo en la explicación.
Cuando el azulejo empezó a mover la economía
Hoy el término municipal tiene varias fábricas de azulejos. En un pueblo de este tamaño eso pesa bastante en la vida diaria. Mucha gente de la zona ha trabajado o trabaja en el sector.
La relación con la cerámica viene de lejos. Ya en documentos antiguos aparecen referencias a minas de yeso en la zona, y con el tiempo esa materia prima acabó conectando con la industria cerámica que se desarrolló en l’Alcalatén y alrededor de l’Alcora.
Si paseas por el casco urbano lo notas rápido: muchas fachadas tienen azulejos, zócalos o detalles cerámicos distintos. No sigue un patrón concreto. Más bien parece que cada casa resolvió lo suyo a su manera, con piezas de diferentes épocas.
En los años setenta el pueblo llegó a recibir un premio estatal relacionado con el embellecimiento urbano, algo que todavía recuerdan algunos vecinos cuando hablan de cómo se cuidaban las calles.
Paseos sencillos junto al río Lucena
Uno de los planes más fáciles cuando vienes a Figueroles es seguir la llamada Ruta Natural del Agua, que discurre cerca del río Lucena. Es un recorrido bastante amable: poca pendiente, tramos con sombra y varios puntos donde el agua aparece de verdad y no solo en el nombre del sendero.
No es una ruta de grandes retos. Más bien es de esas que haces sin prisa, parándote a mirar el cauce o a escuchar el ruido del agua. En un par de horas, caminando tranquilo, suele estar hecha.
Si te apetece algo más movido está la subida al Castellar. El camino gana altura poco a poco hasta llegar a un antiguo asentamiento ibérico. La subida tiene su esfuerzo, pero arriba las vistas compensan: el embalse de l’Alcora queda a un lado y, si levantas la vista, no es raro ver buitres leonados aprovechando las corrientes de aire.
Fiestas donde también cuentan los animales
El 17 de enero, por San Antonio Abad, el pueblo celebra la bendición de los animales. Es una escena muy de interior valenciano: perros, gatos, algún caballo y vecinos esperando su turno frente a la iglesia.
Ese mismo día se baila la llamada Danza del Prim, una tradición que se mantiene desde hace generaciones. El nombre despierta curiosidad y no todo el mundo sabe explicar de dónde viene exactamente, pero el baile sigue ahí.
Otra celebración muy arraigada es la Festa del Reservat, que se celebra el sábado de Ramos. Conmemora la llegada del Santísimo Sacramento al pueblo a comienzos del siglo XVII y lleva celebrándose desde entonces con bastante fidelidad a la tradición.
Dulces y platos que siguen la lógica de casa
En Figueroles aparecen varias recetas que se repiten por la comarca. Una de las más conocidas son los rotllets tous: unos dulces huecos, ligeros, normalmente cubiertos de azúcar. Tienen esa textura un poco extraña que al principio sorprende, pero cuando llevas dos ya entiendes por qué siguen haciéndose.
También es habitual encontrar platos contundentes de cuchara o de arroz. El arroz amb pilotes, por ejemplo, lleva albóndigas grandes que casi parecen competir con el arroz por el protagonismo.
Y luego está la carn de bou amb salseta, una receta tradicional ligada a tiempos en los que aquí se aprovechaba absolutamente todo.
Mi consejo: ven cuando el pueblo está tranquilo
Figueroles funciona mejor cuando no vienes con prisa ni con una lista larga de cosas que hacer. Un paseo por el casco urbano, la ruta junto al río, quizá subir al Castellar si te apetece caminar un poco más… y poco más.
En primavera el entorno suele estar especialmente agradecido: almendros floreciendo por los alrededores y temperaturas suaves para caminar. Cerca del pueblo también está la Bassa del Comte d’Aranda, una pequeña zona húmeda donde viven especies protegidas de anfibios. No es un sitio espectacular, pero tiene ese punto curioso que encuentras cuando te sales de las rutas más conocidas.
Y esa es un poco la gracia de Figueroles. No es un destino para pasar una semana entera. Es más bien ese sitio que descubres casi por casualidad, te das una vuelta, lo entiendes en unas horas… y años después, cuando alguien menciona el nombre, puedes decir: “Sí, estuve allí una vez”. Y normalmente nadie más en la mesa puede decir lo mismo.