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sobre L'Olleria
Conocida por su industria del vidrio y artesanía con patrimonio histórico
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Hay pueblos que huelen a pan recién hecho y otros a azahar. L'Olleria, en la Vall d'Albaida, huele a fundición de vidrio cuando el viento viene del sur. Es como entrar en una cocina donde alguien acaba de sacar un bizcocho del horno, pero en vez de azúcar notas ese olor metálico que te recuerda a cuando de pequeño rompías bombillas para jugar (no preguntes por qué lo hacías).
Yo me enteré de que existía por un amigo de Xàtiva que me dijo: “Si quieres ver cómo se recicla el vaso de cerveza de ayer, acércate a L'Olleria”. Y claro, fui. Porque soy de esos que separa el vidrio con disciplina de domingo por la mañana, pero nunca me había parado a pensar dónde termina todo ese cristal verde que tiro al contenedor.
El pueblo que fundió su futuro
En L'Olleria el vidrio no es una curiosidad: es parte de la vida del pueblo desde hace generaciones. La industria sigue muy presente y, si preguntas a cualquiera, siempre hay un familiar, un vecino o alguien del grupo de amigos que ha trabajado con el vidrio de una forma u otra.
Caminas por el centro y te das cuenta rápido de que esto no es un decorado para turistas. Es un sitio donde la gente vive, trabaja y comenta el precio de la gasolina como en cualquier otro lugar. Pero con un detalle de fondo: ese rumor lejano de la actividad industrial que recuerda por qué el pueblo creció alrededor del vidrio.
El Museo del Vidrio está en el antiguo convento de Capuchinos. Cuando dije que había venido desde Madrid para verlo, el hombre de la entrada me miró con cara de “¿de verdad?”. Lo entiendo. Pero el museo merece la parada: piezas antiguas, herramientas y una explicación bastante clara de cómo ha evolucionado este oficio en la zona. Algunas botellas antiguas tienen un diseño tan simple que parecen sacadas de una estantería de hoy.
Cuatro conventos y un arroz
L'Olleria tiene varios conventos repartidos por el casco urbano. Para el tamaño del municipio, sorprende. Es como si en algún momento alguien pensara: “Aquí caben unos cuantos más”.
El de los Dominicos es uno de los edificios históricos que más llaman la atención cuando paseas por el centro. No hace falta entrar en modo experto en arquitectura para notar que lleva mucho tiempo formando parte del paisaje del pueblo.
Y luego está el tema del arroz. En esta parte de Valencia el arroz al forn aparece mucho en las cartas y en las casas. Es ese plato que parece sencillo —arroz, caldo, carne, embutido, garbanzos— pero cuando está bien hecho te reconcilia con el mundo. Con esa capa tostada arriba que hace que todo el mundo rasque un poco más de la cuenta.
Yo pedí uno pensando que sería una ración normal. El camarero me miró con esa expresión que significa: “este no sabe lo que está pidiendo”. Y tenía razón.
Subir la Serra Grossa
La Serra Grossa está ahí al lado, marcando el horizonte. No es una montaña espectacular de las que salen en los calendarios, pero funciona muy bien para salir a andar o pedalear un rato.
Hay varias rutas por la zona, algunas más cortas y otras que se alargan bastante si te vienes arriba. Lo bueno es que el terreno es agradecido: caminos amplios, monte bajo, y ese olor a romero y tomillo que aparece cuando el sol aprieta.
En uno de los senderos me crucé con lo típico de estas sierras cercanas a los pueblos: un señor mayor paseando al perro, dos ciclistas hablando de cualquier cosa menos de ciclismo y bastante silencio alrededor.
Después de venir de ciudad grande, se nota.
Fiesta, feria y pólvora
Si coincides con Moros y Cristianos, el ambiente cambia bastante. Durante unos días el pueblo se llena mucho más de lo habitual y las comparsas toman las calles con música, desfiles y trajes que la gente lleva preparando todo el año.
Lo interesante aquí es que no se vive como un espectáculo para quien viene de fuera. Es algo muy de casa. En uno de los desfiles vi a un hombre ya mayor emocionado cuando pasaba su comparsa. Su mujer, que estaba a mi lado, me dijo algo así como: “Llevaba tiempo esperando este momento”.
Con eso se entiende bastante bien de qué va la cosa.
También se celebra la Magdalena, una fiesta que el pueblo recuperó hace años a partir de referencias históricas antiguas. Durante esos días aparecen puestos, actos tradicionales y bastante movimiento por el centro.
¿Tiene sentido venir?
L'Olleria no compite en la liga de los pueblos más fotogénicos de la Comunidad Valenciana. No tiene mar, ni un castillo enorme dominando el paisaje, ni esas calles que parecen pensadas para Instagram.
Pero tiene algo que engancha cuando lo miras con calma: una historia industrial que sigue viva, edificios religiosos repartidos por el casco urbano, monte cerca para salir a caminar y una vida de pueblo bastante real.
Es ese tipo de sitio que entiendes mejor cuando bajas el ritmo. Das una vuelta por el centro, te sientas a comer un arroz con tiempo, te acercas a la sierra por la tarde y vuelves al pueblo cuando empieza a caer la luz.
Y entonces todo encaja un poco más. No hace falta mucho más.