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sobre Chulilla
Famoso por la Ruta de los Puentes Colgantes y el cañón del Turia para escalada
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Hay pueblos que te recomiendan tanto que vas con la mosca detrás de la oreja. Como cuando un amigo insiste demasiado con una serie. Con Chulilla me pasó algo parecido. “Tienes que ir, el cañón es una locura”, me decían. Al final fui… y entendí de qué hablaban.
Chulilla, en la comarca de Los Serranos, ronda los 700 habitantes y vive agarrado a un meandro del río Túria. Cuando llegas en coche lo notas enseguida: el terreno manda. Cuestas, escalones y calles que se retuercen para adaptarse a la roca. Nada aquí parece trazado con regla.
El pueblo colgado sobre el cañón
El casco antiguo de Chulilla se recorre sin mapa. De hecho, casi mejor perderse un poco. Calles estrechas, casas blancas, alguna fachada remendada con los años. Es un pueblo vivido, no un decorado.
De vez en cuando aparece un hueco entre casas y asoma el cañón del Túria al fondo. Ese momento en el que te asomas y dices “ah, vale… por esto viene la gente”.
El río discurre bastante abajo, encajado entre paredes de roca. El contraste entre el silencio del pueblo y la profundidad del barranco es lo que más llama la atención.
Subir al castillo (si te apetece una cuesta seria)
En lo alto queda el castillo, de origen musulmán. Hoy lo que se ve son restos de muralla y alguna torre. No está reconstruido ni convertido en museo.
La subida tiene su pendiente. Nada dramático, pero tampoco es un paseo llano. El suelo es irregular en algunos tramos, así que con carrito o movilidad reducida puede complicarse.
Arriba la vista explica bien el lugar. El río ha ido cortando la roca durante siglos y ha dejado un tajo enorme en el paisaje. Desde allí se entiende por qué el pueblo acabó justo en ese punto.
Caminar por las hoces del Túria
Si hay un motivo por el que muchos llegan hasta Chulilla es por las hoces del Túria. El sendero que recorre el cañón baja hasta el río y se mete entre paredes de roca bastante altas.
El tramo del puente colgante suele ser el momento más comentado. Es una pasarela metálica sobre el río. No es larga, pero cuando miras hacia abajo notas el vacío.
El camino sigue entre túneles excavados en la roca, pequeñas pasarelas y tramos con barandillas. No tiene complicación técnica, aunque hay bastantes escalones. En verano la sombra del cañón se agradece bastante.
Escalada y otras formas de usar la roca
Chulilla también es muy conocido entre escaladores. Las paredes de caliza alrededor del cañón están llenas de vías y es habitual ver cuerdas colgando desde bastante altura.
Incluso si no escalas, el ambiente se nota. Mochilas grandes, gente mirando hacia arriba desde el sendero, conversaciones sobre presas y grados que a la mayoría nos suenan a otro idioma.
El río, cuando lleva agua suficiente, también se usa para mojarse los pies o parar un rato. En días de calor es fácil ver a gente buscando sombra cerca del agua.
Lo que se come por aquí
La cocina de la zona es de las que llenan. Platos de cuchara, arroces con carne de campo, migas cuando toca. Nada sofisticado, más bien comida de la que pide pan al lado.
En fines de semana suele haber bastante movimiento en el pueblo. Entre semana el ritmo baja y puede que no todo esté abierto. Forma parte de cómo funcionan muchos pueblos pequeños de interior.
Fiestas y cómo llegar
El calendario festivo sigue bastante ligado a tradiciones antiguas. En enero suele celebrarse San Antonio con hogueras y bendición de animales. En agosto llegan las fiestas dedicadas a Nuestra Señora de los Ángeles, cuando vuelve bastante gente que tiene familia aquí. También hay celebraciones durante Semana Santa.
Desde Valencia el viaje ronda una hora larga en coche, dependiendo de la carretera que tomes. Los últimos kilómetros ya van enseñando el paisaje de Los Serranos: monte, curvas y pueblos pequeños.
Un consejo sencillo: ven con calzado cómodo y sin prisa. Chulilla no es grande. En unas horas puedes recorrer el pueblo. Pero lo que hace que el sitio tenga sentido está ahí abajo, en el río y en el cañón. Y eso se disfruta caminando.