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sobre Domeño
Pueblo nuevo tras el traslado por el embalse con una cascada artificial llamativa
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Hay algo raro en llegar a Domeño y darte cuenta de que no estás en el Domeño de antes. O mejor dicho: estás, pero no donde estaba el pueblo original. Es como cuando tu bar de toda la vida cierra y lo trasladan a otro local: mismo nombre, mismas caras, pero todo huele distinto y las sillas ya no crujen igual.
El turismo en Domeño empieza entendiendo eso. El pueblo que ves hoy se levantó relativamente hace poco, cuando se construyó el embalse de Loriguilla y el antiguo núcleo quedó condenado a desaparecer bajo el agua. El Domeño de siempre —el de las casas antiguas y las calles donde crecieron varias generaciones— terminó en el fondo del pantano. Imagínate: la plaza, las casas, los recuerdos… todo bajo la superficie. Y la gente aquí lo cuenta con bastante naturalidad, como quien ha tenido que rehacer su vida sin demasiado dramatismo.
El pueblo que se mudó de casa
La historia parece inventada, pero pasó así, poco a poco. Cuando se proyectó el embalse, ya se sabía que el viejo Domeño acabaría inundado. La marcha no fue inmediata: durante años algunas familias se trasladaron al nuevo emplazamiento, otras aguantaron más tiempo, hasta que el casco antiguo quedó vacío. Después llegaron los derribos y, finalmente, el agua.
El Domeño actual está unos kilómetros más arriba, en terreno más seguro. Es un pueblo pequeño, de casas bajas y calles que suben y bajan sin demasiadas ceremonias. Viven aquí poco más de setecientas personas. Hay un par de bares donde suele haber conversación a media mañana, y una iglesia relativamente reciente que hace de punto de referencia.
La sensación es curiosa: parece un pueblo de siempre, pero sabes que todo empezó hace no tantas décadas.
El castillo y el cerro de Domeño Viejo
Si te alejas un poco del núcleo actual llegas a lo que muchos llaman Domeño Viejo, aunque en realidad lo que queda allí arriba son sobre todo restos del castillo y del antiguo asentamiento.
La subida ronda los tres kilómetros y se hace andando sin demasiada épica, aunque tiene su pendiente. Lo justo para que al llegar arriba te apetezca parar un momento y mirar alrededor.
Las ruinas del castillo tienen capas de historia: origen islámico, usos posteriores en épocas más movidas de la zona… Hoy quedan muros, tramos de muralla y una explanada desde la que se entiende bastante bien el territorio. Y también se ve el embalse que terminó cambiándolo todo.
Es uno de esos lugares donde el silencio pesa un poco más de lo normal.
La ruta de la Peña Cortada
No muy lejos de Domeño pasa una de las rutas más conocidas de la zona: la de la Peña Cortada. Allí aparece un tramo de acueducto romano excavado y construido entre la roca, cruzando el barranco con arcos que todavía impresionan.
No es un paseo urbano. El sendero tiene tramos de tierra, piedra suelta y algún paso estrecho. Nada extremo, pero conviene ir con calzado decente y agua, sobre todo cuando aprieta el calor.
Lo que llama la atención es pensar en la obra: hace cerca de dos mil años alguien decidió que el agua tenía que pasar por aquí y se montó un sistema que aún se reconoce perfectamente. Cuando caminas por el corte en la roca entiendes por qué esta ruta se ha hecho tan conocida en la comarca.
Un pueblo que sigue siendo el mismo, aunque esté en otro sitio
Domeño no entra por los ojos como otros pueblos de la Comunidad Valenciana. No hay casco histórico medieval ni calles de piedra muy antiguas. Si vienes buscando esa postal, seguramente te deje frío.
Pero tiene otra cosa: la historia de un pueblo que tuvo que mudarse entero. Casas nuevas, calles nuevas, pero la misma gente y los mismos recuerdos.
Los vecinos mayores lo cuentan con bastante calma. Algo así como: “tocó subir el pueblo más arriba y seguimos”. Como si trasladar un municipio entero fuera parecido a cambiar de barrio.
¿Merece acercarse? Depende de lo que busques. Si te interesan los lugares que explican cómo cambia un territorio —presas, pueblos desplazados, ruinas que miran al embalse— Domeño tiene bastante que contar.
Mi consejo: combínalo con una caminata por la sierra o con la ruta de la Peña Cortada. Luego paras en la plaza, te tomas algo y escuchas un rato la conversación del bar. En media mañana lo habrás visto casi todo, pero entenderás por qué este sitio sigue existiendo aunque el original esté bajo el agua.