Artículo completo
sobre La Yesa
Pueblo de alta montaña con clima fresco y bosques de carrascas
Ocultar artículo Leer artículo completo
A primera hora de la mañana, el aire en La Yesa huele a pino y a tierra húmeda. En invierno, cuando la helada todavía aguanta en las cunetas, el silencio es muy limpio: algún coche lejano en la carretera de Chelva, el golpe seco de una persiana que se abre, el viento moviendo las copas de los pinos. Desde la subida por la CV‑35 el pueblo aparece poco a poco, con las casas agrupadas en lo alto y el monte rodeándolo casi por completo.
La Yesa ronda los doscientos cuarenta habitantes y se levanta a unos 1.040 metros de altitud, en la comarca de Los Serranos, bastante cerca ya del límite con Aragón. Desde Valencia se tarda algo más de hora y media en coche si el tráfico acompaña. El pueblo ocupa una pequeña elevación rodeada de monte y campos antiguos; en días claros, las lomas de la Muela de San Juan, que supera ligeramente los mil metros, dibujan el horizonte hacia el norte.
Aquí no hay un conjunto monumental llamativo. Lo que aparece son señales de una vida agrícola y ganadera que ha marcado el lugar durante generaciones: puertas de madera pesadas, bisagras grandes ya oscurecidas por el tiempo, muros de piedra con líquenes, chimeneas altas pensadas para que el humo no vuelva a entrar cuando sopla el viento frío de la sierra.
El pequeño núcleo alrededor de la iglesia
El casco urbano se organiza en torno a unas pocas calles que suben y bajan con pendiente suave. La calle Mayor conecta con la plaza y con la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol, un edificio de origen del siglo XVI levantado con piedra de la zona. El campanario es sencillo, casi austero, y la fachada no tiene grandes adornos.
Alrededor aparecen casas de distintas épocas: algunas con muros de tapial y otras reforzadas con piedra, balcones de hierro forjado y aleros largos para proteger las fachadas de los inviernos duros que todavía se notan aquí arriba. En días fríos el olor a leña suele quedarse flotando entre las calles estrechas.
La iglesia no siempre está abierta. Cuando lo está, el interior conserva elementos bastante sobrios: algunos retablos sencillos y una pila bautismal antigua. En la plaza también quedan fuentes de piedra que durante décadas fueron el punto donde los vecinos llenaban cántaros y hablaban un rato antes de volver a casa.
Monte cercano y caminos entre bancales
El carácter de La Yesa se entiende mejor cuando se sale unos minutos del casco urbano. El monte empieza prácticamente en la última casa: pinares, sabinas y campos que hoy aparecen medio abandonados. Entre ellos quedan caminos antiguos que conectaban el pueblo con masías y corrales dispersos por las laderas.
Muchos de esos senderos siguen marcados sobre el terreno. Caminando se encuentran bancales sostenidos por piedra seca, pequeñas casetas de labor y muros que separaban parcelas o protegían los corrales del ganado. Son rastros de una agricultura dura, hecha en pendientes y con inviernos largos.
Hay recorridos sencillos de un par de horas y otros que suben hacia cotas más altas, en dirección a la Muela de San Juan y a los cortados cercanos. El terreno es calizo y en algunos puntos aparecen capas de yeso visibles en taludes y paredes naturales.
Si vas a caminar por aquí en verano, conviene salir temprano: el sol cae fuerte a partir del mediodía y hay tramos con poca sombra.
Lo que se mueve entre los pinares
En días despejados es fácil ver rapaces planeando sobre los montes. Los buitres suelen aprovechar las corrientes de aire que suben desde los barrancos, y a veces se distinguen gavilanes cruzando rápido entre los árboles.
En los caminos embarrados después de lluvia aparecen con frecuencia huellas de jabalí. También se escuchan muchos pájaros pequeños entre los pinos —carboneros, herrerillos— sobre todo a primera hora de la mañana, cuando el monte todavía está fresco.
Comida de sierra
La cocina de la zona sigue una lógica muy de interior: platos contundentes, pensados para jornadas largas de trabajo y para el frío. Son habituales los guisos con carne de cerdo, los embutidos curados en casa y los platos de cuchara. En otoño, si el año viene húmedo, las setas de los pinares cercanos también aparecen en muchas mesas.
No es un lugar con mucha oferta abierta todo el año, así que si vienes entre semana o fuera de temporada conviene confirmar antes dónde se puede comer en el pueblo o en los alrededores.
Cuándo se nota más la vida del pueblo
Durante buena parte del año La Yesa es tranquila, incluso muy tranquila. En agosto, con las fiestas patronales, el ambiente cambia: vuelven muchos vecinos que viven fuera y las calles tienen más movimiento. Hay actos religiosos, comidas compartidas y actividades que suelen organizar los propios vecinos.
El invierno es lo contrario. Las tardes caen pronto y el pueblo se recoge alrededor de las chimeneas. Si vienes en esos meses, trae abrigo: a más de mil metros de altura el frío aquí no es solo una sensación, se queda pegado al aire hasta bien entrada la mañana.