Artículo completo
sobre Ondara
Nudo de comunicaciones y comercio; cuenta con una plaza de toros histórica y patrimonio arquitectónico
Ocultar artículo Leer artículo completo
Las gotas de rocío todavía cuelgan de las naranjas cuando el mercado empieza a montarse. Son las seis y media de un jueves cualquiera y la plaza Mayor se llena de ruidos metálicos: bastidores que encajan, toldos que se despliegan, el traqueteo de las furgonetas descargando cajas. En Ondara, el mercado semanal no es un reclamo para curiosos: es el pulso del pueblo, lo que queda cuando los veraneantes se marchan y el centro comercial de la carretera apaga las luces por la noche.
El olor de la Marina antes de que despierte
Desde la carretera que viene de Dénia, Ondara parece un lugar de paso. Los semáforos te frenan justo donde empiezan los campos de naranjos que se extienden hacia el Girona. Pero si te sales de la N‑332 y entras hacia el casco, el aire cambia. Huele a azahar mezclado con algo más seco, casi mineral, que suele subir del río cuando lleva poca agua.
El pueblo se despierta despacio. Los bares de la calle Major levantan las persianas metálicas con ese estruendo que resuena por toda la calle todavía medio vacía. En una terraza donde aún circula el periódico en papel, los jubilados hablan de la sequía mientras mojan churros en el café. Nadie parece tener prisa por llegar a ninguna parte, y esa es una de las primeras cosas que se notan en Ondara: aquí el tiempo se mide más por las cosechas y las horas de sombra que por la temporada de playa.
Lo que queda cuando desaparece un castillo
El ayuntamiento ocupa el antiguo convento de la Purísima Concepción, un edificio del siglo XVII que todavía conserva el claustro. Las losas de piedra están gastadas en el centro, como si cada paso de los últimos siglos hubiera ido puliéndolas un poco más.
En una pared hay una placa que recuerda que, a mediados del siglo XIII, la torre de Ondara pasó a manos de la orden de la Merced tras la conquista cristiana. La torre ya no está. Tampoco el castillo gótico que, según las crónicas locales, dominaba la llanura con varias torres. Lo que queda hoy son los nombres: calle del Castillo, plaza de la Torre. Y esa sensación, si miras hacia el sur desde la azotea del mercado, de que algo importante debió levantarse allí donde ahora hay coches aparcados.
La iglesia de San Pedro es lo único que se eleva con cierta autoridad entre las casas bajas. La portada renacentista mantiene esa proporción tan valenciana que deja pasar bien la luz. Dentro huele a cera, a madera vieja y a flores de plástico recién desempolvadas. No hay visitas guiadas ni audioguías. Solo un cartel pidiendo silencio y, a veces, alguna vecina que entra a encender velas con la calma de quien lleva media vida repitiendo el mismo gesto.
El tráfico de las doce y otros ruidos del campo
A mediodía, Ondara cambia de sonido. Coincide con el movimiento de los almacenes de la periferia: camiones que entran y salen, motores al ralentí en la rotonda cercana a la gasolinera, puertas metálicas que se cierran de golpe. Es el ruido de una comarca que todavía depende mucho de la naranja.
En los caminos de tierra que rodean el pueblo, los trabajadores cargan cajas con una técnica que parece heredada. Lo único que cambia son los guantes de nitrilo y los móviles que suenan en los bolsillos.
Si caminas por el camí de la Mar entre marzo y abril, cuando los naranjos florecen, el aire se vuelve denso de perfume. A ratos casi empalaga. En ese momento se entiende bien por qué estas tierras han sido agrícolas durante siglos: suelo llano, agua cerca y un clima que, la mayoría de años, sigue permitiendo que salgan clementinas, naranjas y hortalizas sin demasiados artificios.
Cuando el sol baja y el pueblo se hace suyo
La franja entre las seis y las ocho de la tarde tiene algo especial en Ondara. El sol baja por detrás del Montgó y las fachadas se tiñen de un dorado suave que dura poco.
Los adolescentes salen del instituto y se juntan en el parque de la Sort, donde hay un rocódromo municipal que casi siempre está vacío y un quiosco que lleva tiempo cerrado. Las abuelas pasean al perro con la bata todavía puesta. En un bar de la esquina, el camarero sirve cervezas sin preguntar demasiado: muchas caras son las de todos los días.
En una de las carnicerías de siempre todavía preparan embutido de forma tradicional. Te lo envuelven en papel de estraza y, mientras pesan la pieza, suele caer la pregunta de rigor: si eres de aquí o de “fuera”. “Fuera” puede ser Xàbia, puede ser València o puede ser Madrid. En pueblos como este la distancia se mide de otra manera.
Cómo llegar y cuándo no hacerlo
Lo más práctico es venir en coche. El autobús desde València existe, pero tarda bastante y las frecuencias no son muchas. Además, moverse por los alrededores sin coche complica bastante las cosas.
Si vienes en agosto, intenta evitar el jueves por la mañana. El mercado ocupa buena parte del centro y la rotonda cercana se llena de coches dando vueltas para aparcar. En primavera, en cambio, los fines de semana suelen ser tranquilos: se aparca sin demasiado problema y el pueblo mantiene ese ritmo lento que se nota nada más bajar del coche.
No hay demasiadas opciones de alojamiento dentro del municipio. Mucha gente se queda en Dénia o en Xàbia y se acerca un rato.
Antes de volver a la nacional, para un momento en el cruce de Pamis. Desde ahí se abre todo el término: los campos, los invernaderos blancos, las casas dispersas y el campanario de San Pedro asomando entre los pinos. Ondara cabe casi entera en esa mirada: llana, agrícola, sin grandes gestas que enseñar. Pero con ese olor a azahar que, durante unos kilómetros más, se queda pegado al aire incluso cuando ya vuelves a oír el ruido de los camiones en la carretera.