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sobre Vall de Gallinera
Valle de la cereza formado por 8 pueblos; famoso por la alineación solar de la Foradada
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El turismo en Vall de Gallinera empieza por entender el lugar. No es un pueblo único, sino un valle largo y estrecho en el interior de la Marina Alta (Alicante), encajado entre sierras y articulado por una carretera que va enlazando pequeños núcleos. En total son ocho: Benirrama, Benialí, Benitaia, Benissivà, Benissili, La Carroja, Alpatró y Llombai. Entre todos apenas superan el medio millar de habitantes.
Este tipo de poblamiento tiene raíces medievales y, en buena medida, andalusíes. Tras la expulsión de los moriscos en el siglo XVII el valle quedó muy despoblado y hubo que repoblarlo con familias procedentes de Mallorca. Esa mezcla de herencias todavía se percibe en la toponimia, en ciertos rasgos del paisaje agrícola y en el valenciano que se habla aquí.
La agricultura sigue marcando el ritmo del territorio. Las laderas están cubiertas de bancales sostenidos por muros de piedra seca donde se alternan cerezos, almendros y olivos. El sistema de acequias y pequeñas fuentes, muchas de origen antiguo, explica cómo se ha gestionado el agua en un valle donde cada parcela aprovechable cuenta.
Iglesias, castillos y huellas del pasado
Cada uno de los núcleos tiene su pequeña iglesia parroquial, edificios modestos levantados en su mayoría tras la repoblación cristiana. No son templos monumentales, pero ayudan a entender la escala de estas aldeas. El campanario de Benirrama, por ejemplo, se ve desde distintos puntos del valle y funciona casi como referencia cuando uno se mueve entre pueblos.
En Benialí se conserva una antigua almazara rehabilitada que recuerda hasta qué punto el aceite fue importante en la economía local. El edificio permite hacerse una idea de cómo funcionaban estos molinos antes de la mecanización.
Sobre el valle quedan también restos de varios castillos de origen islámico. El llamado castillo de Gallinera, hoy muy arruinado, formaba parte de una línea defensiva que controlaba el paso entre valles. Subir hasta las ruinas exige caminar por senderos con pendiente, pero desde arriba se entiende bien la organización del territorio: pueblos pequeños, bancales escalonados y el eje del valle al fondo.
El paisaje agrícola del valle
Si algo define Vall de Gallinera es el paisaje trabajado durante siglos. Los bancales ocupan casi cualquier pendiente aprovechable y crean una especie de anfiteatro agrícola a ambos lados de la carretera.
A finales del invierno los almendros florecen y tiñen las laderas de blanco y rosa. Más avanzada la primavera llega el turno de los cerezos, hoy uno de los cultivos más reconocibles del valle. Son ciclos muy breves: duran pocos días y dependen bastante del tiempo de cada año.
Las acequias, los partidores de agua y los pequeños caminos entre parcelas forman parte de ese mismo sistema. No son elementos pensados para el visitante, sino infraestructuras de trabajo que siguen utilizándose.
Caminos entre los ocho pueblos
Una de las formas más claras de conocer el valle es recorrer los caminos que unen los ocho núcleos. Existen itinerarios que permiten enlazarlos en una jornada a pie, siguiendo pistas agrícolas y senderos señalizados en algunos tramos.
El relieve obliga a subir y bajar constantemente. No es un paseo llano y en verano el sol cae con fuerza en las zonas más abiertas, así que conviene calcular bien el recorrido y llevar agua.
En los alrededores hay barrancos conocidos, como el de la Encantada, donde en épocas lluviosas pueden aparecer pozas y pequeños saltos de agua. Conviene tener en cuenta que el caudal cambia mucho según la estación; en los meses secos muchos tramos quedan prácticamente sin agua.
Fiestas y calendario local
La floración de los almendros ha dado lugar a una celebración conocida en el valle como la Festa de l’Ametller Florit. Suele incluir caminatas y actividades culturales relacionadas con el paisaje agrícola, aunque el programa cambia de un año a otro.
Cada núcleo mantiene además sus propias fiestas patronales durante el verano, con actos organizados sobre todo por y para la gente del pueblo: procesiones, música en la plaza, comidas colectivas.
También se celebra en otoño una feria dedicada a la artesanía y a los productos del territorio. Como ocurre con muchos eventos en pueblos pequeños, las fechas y el formato pueden variar, así que lo más sensato es informarse en el propio valle antes de ir.
Algunas notas prácticas
La Vall de Gallinera se recorre fácilmente en coche siguiendo la carretera que atraviesa el valle, aunque merece la pena detenerse en los distintos núcleos y caminar entre ellos.
Quien tenga interés en la arquitectura popular puede fijarse en los portales de piedra, los lavaderos y los antiguos corrales adosados a las casas. Son detalles discretos, pero cuentan bastante sobre cómo se ha vivido aquí durante generaciones.