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sobre Altea
La cúpula del Mediterráneo; pueblo blanco de artistas con un casco antiguo empedrado y vistas espectaculares
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Las campanas de la iglesia del Consuelo repican a las siete y media de la mañana y el eco baja por las calles empedradas como una tromba de agua. En ese instante, mientras el sol todavía duda entre la Sierra de Bernia y el mar, las paredes encaladas del casco viejo de Altea tienen un color crema algo sucio que solo dura unos minutos. Es el momento en que el pueblo huele a pan recién hecho y a sal que se seca sobre los jerséis de los pescadores que suben por la cuesta de Sant Josep con las cestas todavía vacías.
Desde el mirador de la Plaza de l’Església se ve la bahía entera, un plato de plata mate interrumpido por el verde oscuro de los pinos hacia la playa de l’Olla. La cúpula de la iglesia, cubierta con azulejos de tonos azulados y blancos, brilla cuando el sol se levanta del todo. No es un azul limpio, más bien un turquesa gastado por el aire marino. Dentro, la nave huele a cera derretida y a piedra húmeda; los bancos de madera están pulidos por décadas de gente sentándose despacio.
Subir, siempre subir
Para llegar hasta aquí conviene dejar el coche en la parte baja del pueblo —por la zona de la avenida del Rei en Jaume I o cerca del paseo marítimo— y seguir a pie. El casco antiguo está hecho para caminar sin prisa. Cada calle que asciende tiene el ancho justo para que dos personas se rocen los hombros y miren al suelo para no pisar los restos de agua que deja el riego nocturno.
Las casas se levantaron en lo alto después de siglos en los que la costa era terreno inseguro por los ataques de corsarios. Por eso el pueblo mira al mar desde arriba. Muchas viviendas conservan puertas bajas, dinteles de piedra con cruces talladas y números antiguos pintados directamente sobre la cal.
En la Calle Mayor suele haber un pequeño taller de cerámica que abre cuando abre. Si la persiana está a medio subir, es buena señal: el dueño estará dentro trabajando. En el escaparate aparecen tazas desparejadas, algún plato ancho con peces pintados y piezas todavía con polvo de barro. El olor a arcilla húmeda se mezcla con el de las macetas de albahaca que alguien deja siempre junto a la puerta.
Lo que se come cuando nadie mira
A mediodía el viento cambia y trae olor a comida desde el barrio de Bellaguarda. No es la paella que se ve en los menús del paseo marítimo, sino platos más de casa. Uno de los que todavía se cocina es el arròs amb naps i costra, arroz con nabo y carne que termina en el horno cubierto por una capa de huevo cuajado que cruje cuando la rompes con la cuchara.
En el puerto, cuando termina la jornada, a veces los pescadores reparten entre conocidos lo que no se vende o lo que llega dañado en las redes. Las gambas de esta costa suelen tener un tono violáceo en la cabeza que desaparece al cocerlas y dejan un caldo de color coral intenso.
Si preguntas por la olla de blat, alguien acabará explicando lo mismo: el trigo se deja en remojo la noche anterior y el secreto está en no remover demasiado cuando entran las carnes y la butifarra negra. El resto es tiempo y un fuego que no corra.
Fuego sobre el agua en verano
A principios de agosto la playa de l’Olla se llena de mantas, neveras pequeñas y gente que llega antes de que caiga la noche. Suele celebrarse el Castell de l’Olla, un castillo de fuegos artificiales que se dispara desde plataformas en el mar. Cuando empiezan los primeros cohetes, el sonido rebota contra la sierra y vuelve unos segundos después.
La gente se quita las chanclas para sentir la arena fría entre los dedos. Los niños se tapan los oídos. Cuando todo termina, el silencio tarda un momento en volver y se oye el golpecito de los barcos fondeados moviéndose en la oscuridad.
Cuándo conviene venir y cuándo no
Abril suele traer olor a azahar desde los huertos de los alrededores. La luz es clara y el calor todavía deja caminar por el casco viejo sin buscar sombra cada pocos metros. Desde el pueblo se puede subir hasta la ermita de Sant Antoni por senderos que salen hacia la sierra.
Agosto cambia completamente el ritmo. Las piedras del casco antiguo guardan el calor hasta bien entrada la noche y las calles se llenan más de lo que parecen capaces de aguantar. Si vienes en verano, merece la pena madrugar: a primera hora las calles todavía están tranquilas.
En septiembre suelen celebrarse las fiestas de Moros y Cristianos. Durante varios días el sonido de los tambores sube desde la parte baja del pueblo y se cuela incluso por las ventanas abiertas.
Un último vistazo antes de bajar
Cuando bajes por la escalinata de Santo Domingo, gira la cabeza un momento. Desde ahí la cúpula de la iglesia parece casi un barco dado la vuelta sobre el casco antiguo.
Si esperas un minuto más, la luz del atardecer empieza a ponerse rosada en la pared trasera de la iglesia. A esa hora los gatos salen a los tejados todavía calientes y el ruido del paseo marítimo llega muy amortiguado. Es el momento en que el pueblo se queda quieto unos segundos antes de que empiece la noche.