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sobre Beniardá
Pueblo con encanto a orillas del embalse de Guadalest; calles empinadas y vistas al lago
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Hay pueblos a los que llegas por casualidad, porque ibas camino de otro sitio y decides desviarte cinco minutos. Beniardá es bastante eso. Un municipio pequeño de la Marina Baixa, con algo más de doscientas personas censadas, donde las cosas siguen girando alrededor del valle del Guadalest y de los bancales que trepan por las laderas.
La carretera ya te va avisando de lo que viene: curvas, terrazas de cultivo y montañas cerca. Cuando entras en el pueblo, no hay grandes gestos. Casas blancas, calles que suben y bajan según manda el terreno y ese silencio típico de los sitios donde a media mañana aún se oye a alguien trabajando en el campo.
Un casco urbano pequeño y muy pegado a la pendiente
El casco antiguo de Beniardá no se recorre con mapa. Más bien vas tirando calle arriba, calle abajo, y acabas entendiendo cómo se adaptó el pueblo a la ladera. Las calles son estrechas, a ratos empedradas, con puertas bajas, rejas en las ventanas y fachadas encaladas que reflejan bien la luz del mediodía.
No hay grandes monumentos que organicen la visita. Aquí lo interesante es fijarse en los detalles: un portal antiguo, un banco a la sombra donde alguien se sienta a hablar, una esquina desde la que se abre el valle de golpe.
Es el tipo de sitio donde en media hora has recorrido casi todo el centro, pero si te quedas un poco más empiezas a notar cosas que al principio pasan desapercibidas.
El paisaje que rodea Beniardá
Gran parte del carácter del pueblo está fuera de sus calles. Alrededor aparecen los bancales de siempre: almendros, olivos y algo de pinar en las zonas más altas. En primavera, cuando los almendros florecen, el valle cambia bastante de aspecto, con manchas blancas y rosadas repartidas por las laderas.
Desde algunos puntos del término se abre la vista hacia el valle del Guadalest y, más allá, hacia las montañas que cierran la comarca. La silueta de la sierra de Aitana suele aparecer al fondo, dominando el horizonte.
Al atardecer el paisaje gana bastante. La luz entra de lado y marca muy bien las terrazas de cultivo, como si alguien hubiera dibujado el relieve con regla.
Caminos y senderos por la zona
Si te gusta caminar, esta parte de la Marina Baixa tiene bastantes opciones. Desde Beniardá salen caminos agrícolas que conectan con los bancales y con otros pueblos del valle. Son rutas sencillas, de las que se han usado toda la vida para ir de un sitio a otro.
Por la zona también pasa el GR‑7, uno de esos senderos de largo recorrido que cruzan media España. Muchos caminantes lo utilizan para enlazar etapas por el interior de Alicante, y Beniardá queda cerca del trazado.
No esperes rutas muy preparadas con paneles cada pocos metros. Aquí muchas veces es más bien seguir pistas, caminos de tierra y antiguos pasos entre bancales.
Un pueblo todavía muy ligado al campo
Aunque hoy mucha gente trabaja fuera, el paisaje agrícola sigue marcando el ritmo del lugar. Los bancales de almendros y olivos no están ahí de decoración: forman parte de la economía tradicional del valle.
Cuando toca recoger almendra o podar los árboles, se nota movimiento en los campos. Es un trabajo lento, muy manual en muchos casos, porque estas terrazas no siempre permiten meter maquinaria.
Ese tipo de agricultura explica también buena parte de lo que se come en la zona: platos contundentes, con productos de temporada y recetas que vienen de cocina de casa más que de carta elaborada.
Fiestas y momentos del calendario
El calendario del pueblo tiene varios momentos marcados. En enero suelen celebrarse las fiestas dedicadas a San Antonio Abad, con actos religiosos y actividades alrededor de la plaza.
En verano, sobre todo en agosto, el ambiente cambia bastante. Muchos vecinos que viven fuera vuelven esos días y el pueblo se llena más de lo habitual: comidas compartidas, música y vida en la calle hasta tarde.
También la Semana Santa mantiene celebraciones sencillas, muy de comunidad, de las que se organizan entre los propios vecinos.
¿Merece la pena acercarse?
Beniardá no es un destino de esos que llenan un día entero de visitas. Y casi mejor asumirlo desde el principio.
Yo lo veo más como una parada tranquila si estás recorriendo el valle del Guadalest o moviéndote por el interior de la Marina Baixa. Aparcas, das una vuelta sin prisa por las calles, te asomas al paisaje y, si te gusta caminar, tiras por alguno de los caminos que salen del pueblo.
En una hora larga entiendes bastante bien de qué va el lugar. Y a veces eso es justo lo que apetece: un pueblo pequeño, sin demasiado ruido alrededor.