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sobre Benidorm
Capital turística del Mediterráneo; famosa por sus rascacielos, playas de arena fina y vida nocturna
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A las seis de la mañana, la arena de la playa de Levante todavía guarda la huella de los últimos camastros. El sol asoma por detrás de los rascacielos y pinta de oro los cristales de los apartamentos. Un hombre recoge colillas con un pincho metálico mientras el mar respira despacio. En ese momento silencioso, cuando la ciudad aún está medio dormida, el turismo en Benidorm parece algo lejano, casi invisible. El aire huele a sal y a crema solar vieja, mezcla de piscina y Mediterráneo que define este lugar mejor que cualquier eslogan.
Cuando el pueblo era solo eso
En 1325, Bernat de Sarrià firmó una carta puebla para un pequeño asentamiento de pescadores. Hoy, desde el Balcón del Mediterráneo, la isla de Benidorm aparece como una mancha oscura en el horizonte y, detrás, la ciudad que decidió crecer hacia arriba cuando el suelo empezó a quedarse corto.
Los bloques de pisos tienen nombres de playas caribeñas y carteles en inglés anunciando desayunos completos. Pero si bajas por la calle Mayor a primera hora, cuando las persianas todavía están a medio abrir, se oye el chorro de agua de las macetas y el arrastre de las escobas sobre la piedra. En algunos portales quedan casas bajas, con alféizares donde los gatos pasan la mañana estirados al sol.
El casco antiguo huele a pan recién hecho y a lejía. Las calles empedradas conservan nombres de oficios antiguos —Herreros, Horno— aunque ya no haya herreros ni horno comunal. En la plaza de Sant Jaume, la iglesia con su cúpula azul y blanca observa a los jubilados que se sientan a la sombra de los naranjos. Dentro suele haber silencio, roto solo por el golpe suave de una puerta y el olor a incienso mezclado con flores frescas.
Subir para respirar
La Serra Gelada empieza prácticamente donde terminan los hoteles. El sendero asciende entre pinos carrascos, romero y tierra clara que cruje bajo las zapatillas. A los pocos minutos, el ruido de los bares se queda abajo y lo que se oye es viento y aves marinas.
Desde el camino que lleva hacia el faro del Albir se abre toda la bahía: kilómetros de arena clara, la isla enfrente y las torres de Benidorm levantándose como una pared de cristal. Algunos días el agua se ve casi turquesa; otros, con levante, toma ese tono gris verdoso tan propio del Mediterráneo.
El paseo hasta el faro suele llevar alrededor de tres cuartos de hora si se camina sin prisa. No hay bares ni máquinas de refrescos en la parte alta, así que conviene llevar agua, sobre todo en verano. La antigua torre de les Caletes recuerda que esta costa se vigilaba por los ataques de piratas.
El sabor de antes
A media tarde, en la zona del puerto, todavía se ve movimiento de redes y cajas de pescado. No es el bullicio de otros puertos más grandes, pero sigue habiendo barcos que salen de madrugada y regresan con la cubierta húmeda y olor a mar.
En muchas casas se sigue cocinando arroz caldoso con pescado de roca y calabaza, una receta muy ligada a la tradición marinera de la zona. El caldo tiene ese color anaranjado profundo que aparece cuando el sofrito se hace despacio y el arroz se deja reposar unos minutos antes de llevarlo a la mesa.
En algunos hornos del casco antiguo aún se ven cocas dulces de almendra o pastas sencillas que se venden envueltas en papel. Cuando llega febrero aparecen los bollos de San Blas, con anís en la masa y un huevo duro incrustado arriba, una costumbre que se repite en muchos pueblos de la Marina.
Cuando la ciudad se llena de ruido
Las fiestas de la Virgen del Sufragio, en noviembre, siguen siendo uno de los momentos más propios de Benidorm. La imagen baja hasta el puerto acompañada por pescadores y vecinos, y desde allí sale una procesión por el mar mientras las sirenas de los barcos rompen el silencio de la bahía.
En junio, las hogueras de San Juan cambian completamente el ambiente de las playas. Al caer la noche se levantan montones de madera y ramas de romero sobre la arena, y el olor a humo se mezcla con la brisa salada.
También hay Fallas en marzo, con monumentos satíricos repartidos por distintos barrios. Cuando llega la cremà, el calor de las llamas se siente incluso desde el paseo marítimo.
Cómo moverse por Benidorm sin pelear con la multitud
Si puedes elegir fechas, mayo y octubre suelen ser los meses más llevaderos. Hace calor suficiente para bañarse, pero la ciudad todavía respira con algo más de espacio.
Agosto cambia completamente el ritmo: más tráfico, más ruido y playas donde encontrar hueco requiere paciencia. A primera hora de la mañana —antes de las nueve— Levante y Poniente todavía tienen tramos tranquilos.
Para nadar en un sitio más recogido, la cala del Tío Ximo queda al final de una carretera estrecha que serpentea bajo la sierra. Es pequeña y el agua suele estar muy clara, pero el fondo es de roca en algunos puntos, así que conviene llevar calzado de agua.
Por la noche, subir al mirador del Castillo sigue siendo uno de los pocos lugares donde detenerse sin música de fondo. No queda rastro del antiguo fortín que defendía la costa, pero desde allí arriba la ciudad se ve entera: las torres iluminadas, la línea negra del mar y el viento de levante que llega limpio, directo, como si viniera de muy lejos.