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sobre Benimantell
Pueblo con vistas espectaculares al valle de Guadalest; calles empinadas y gastronomía de montaña
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A esa hora en que el sol ya cae de lleno sobre la plaza, la piedra clara devuelve una luz casi blanca. Frente a la iglesia de San Vicente Mártir apenas pasa nadie. Una puerta se abre, alguien cruza la plaza despacio y vuelve el silencio. El turismo en Benimantell ocurre así, sin ruido. Un pueblo pequeño —algo más de quinientos vecinos— apoyado en las laderas de la sierra de Aitana, a unos 547 metros de altura, donde la montaña siempre está presente, incluso cuando no la miras.
Las calles salen de la plaza en curvas cortas. Suelo de piedra irregular, fachadas encaladas, balcones de hierro oscuro. A media mañana se oye alguna conversación desde una ventana abierta y el golpe seco de una persiana que se levanta.
La plaza y la iglesia
La iglesia de San Vicente Mártir marca el ritmo del centro. El edificio ha pasado por varias reformas a lo largo del tiempo, algo que se percibe en los muros y en las proporciones del conjunto. No es un templo grande. Dentro, la luz entra filtrada y crea zonas en penumbra que obligan a bajar la voz.
Alrededor se organiza el casco antiguo. Calles estrechas, con portones de madera que muestran capas de pintura antigua. En algunos tramos el coche apenas cabe, así que lo más práctico suele ser aparcar en la entrada del pueblo y seguir andando.
Calles que miran a la sierra
En cuanto levantas la vista entre las casas aparece la sierra de Aitana. El pico alcanza los 1.558 metros y domina todo el horizonte de esta parte de la Marina Baixa.
Los bordes del pueblo miran a bancales de almendros y olivos. A finales de invierno, cuando el almendro florece, las laderas se llenan de manchas blancas y rosadas. Luego vuelve el verde apagado del monte mediterráneo: pinos dispersos, matorral bajo, roca clara.
Al amanecer la montaña suele aparecer azulada. Por la tarde el perfil se vuelve más duro y anaranjado, sobre todo en días despejados.
Caminar hacia las fuentes y barrancos
Desde Benimantell salen varios caminos rurales que se internan en la sierra. Algunos vecinos los usan a diario para moverse entre bancales o llegar a pequeñas parcelas.
Uno de los paseos conocidos en la zona lleva hacia la Font del Molí. El recorrido es sencillo y sigue pistas rurales entre vegetación baja. Se escucha el agua antes de verla, algo poco común en una sierra donde muchas fuentes son estacionales.
El ascenso hacia Aitana ya es otra cosa. El desnivel se nota y conviene llevar agua y empezar temprano, sobre todo en meses cálidos. En verano el sol cae fuerte y apenas hay sombra en muchos tramos.
Montaña alrededor del pueblo
Los barrancos de la zona atraen a gente que practica descenso deportivo, aunque no es algo que se vea a diario en el pueblo. Suelen ser grupos organizados que conocen bien el terreno.
Las pistas de tierra también se utilizan para bicicleta de montaña. Suben y bajan entre bancales abandonados y pequeños campos todavía trabajados. A ratos el paisaje se abre y aparece el mar a lo lejos, aunque aquí la sensación sigue siendo de interior.
En otoño algunos vecinos salen a buscar setas en zonas de pinar cercanas cuando la humedad acompaña. Es una actividad discreta y muy ligada al conocimiento del terreno.
Lo que se come en las casas
La cocina local sigue siendo de interior de montaña. Platos de cuchara cuando llega el frío y arroces más contundentes que los de la costa cercana.
El arroz con conejo y verduras aparece con frecuencia. También guisos espesos que aprovechan lo que dan los bancales y la temporada. Las almendras tienen mucho peso en la repostería tradicional. Muchos dulces parten de ese ingrediente.
No es raro que estas recetas sigan preparándose en casas particulares durante fiestas o reuniones familiares.
Fiestas y ritmo del año
A finales de enero se celebran las fiestas dedicadas a San Vicente Mártir. El pueblo es pequeño, así que cualquier acto reúne a buena parte de los vecinos en la plaza o en las calles cercanas.
En agosto llegan celebraciones más veraniegas, con música y actividad por la noche. Cuando cae el calor del día, la gente sale a la calle y el ambiente cambia bastante respecto al resto del año.
La Semana Santa suele vivirse con procesiones lentas por el casco antiguo. Y en septiembre, durante la festividad vinculada a la Virgen del Rosario, se mantiene la costumbre de bendecir campos y huertos cercanos, algo que recuerda hasta qué punto la vida del pueblo ha dependido siempre de la tierra.
Si se busca caminar y ver la sierra con calma, primavera y principios de otoño suelen ser los momentos más agradables. En pleno verano el calor aprieta en las horas centrales y muchos senderos quedan expuestos al sol. Aquí el paisaje se disfruta mejor temprano, cuando el aire todavía baja fresco de Aitana.