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sobre Relleu
Pueblo de interior con un espectacular pantano del siglo XVII y pasarela vertiginosa
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Relleu es como ese amigo que te dice "tengo un sitio secreto" y, cuando llegas, resulta que es un bar de carretera. Pero con el tiempo le coges cariño. Sales de la costa, dejas atrás el ruido de las terrazas y los carteles de "chiringuito", y empiezas a subir. La carretera se retuerce entre montañas peladas, del color del polvo. Y cuando ya piensas que te has perdido, aparece el pueblo. Así, pegado a la ladera, como si intentara no caerse.
Turismo en Relleu no es buscar postal. Es aceptar que aquí las cosas son así: cuesta arriba, práctica y sin aspavientos.
Este municipio de poco más de mil almas se esconde en la Marina Baixa, a unos cuatrocientos metros. La vida gira alrededor de esas calles que suben y bajan según el terreno. Calles estrechas, giros inesperados y casas apretujadas. Todo bastante lógico: si el suelo sube, el pueblo sube con él.
Tiene origen andalusí, y se nota. No es un sitio para caminar en línea recta pensando en tu Instagram. Vas girando, subiendo un poco, bajando otro poco, hasta que acabas en una plaza pequeña o en una callejuela que da directamente al valle.
Un paseo por las cuestas
En el centro está la plaza con la iglesia de San Jaime, del siglo XVIII. Por fuera es sobria. De esas que pasas de largo si no te paras un momento. Pero si te quedas mirando la fachada, ves los detalles trabajados. Dentro guarda una talla del santo que sacan a pasear durante las fiestas.
Por encima del casco urbano están los restos del castillo árabe. Olvídate de murallas imponentes o torres restauradas. Son piedras dispersas, ruina sobre ruina. Pero subir vale la pena solo por las vistas. Desde allí arriba se domina todo: el valle, las sierras cercanas y, si el día acompaña, picos como Aitana o el Puig Campana. Más que un monumento histórico, es el mejor mirador gratis del pueblo.
El lavadero público, restaurado hace unos años, te recuerda cómo era esto antes del agua corriente. Era donde se lavaba la ropa y, de paso, se ponía al día el cotilleo local. En muchos pueblos era igual: la colada servía también de periódico matutino.
Alrededor manda la roca caliza y el monte bajo mediterráneo. Barrancos secos, pinos dispersos y cauces que solo llevan agua cuando llueve de verdad. Si vienes buscando riachuelos idílicos, este no es tu sitio. Pero después de unas lluvias tiene un carácter especial.
Andar para entenderlo
Aquí moverse implica caminar casi siempre. Hay rutas que suben hacia el Pico de Relleu. Es una de esas ascensiones que empiezan diciendo "esto no está mal" y acaban con un "bueno... ya queda menos". Desde arriba se entiende bien por qué pusieron el pueblo justo ahí: protegido entre montañas.
También está la Ruta del Agua, un recorrido circular que pasa por fuentes antiguas y manantiales. No es espectacular ni especialmente bonita en verano (cuando todo está seco), pero sí muy ilustrativa. Te explica sin palabras cómo este pueblo ha sobrevivido gestionando cada gota durante siglos.
Las paredes de roca de alrededor atraen a gente que escala. No es un lugar masificado; suele venir quien quiere alejarse del bullicio de las escuelas más conocidas cerca de la costa.
En cuanto a comer aquí manda lo tradicional: arroces contundentes hechos con lo que hay, embutidos locales y platos de cuchara cuando toca. Productos como la miel o el aceite aún los elaboran algunos vecinos en pequeñas cantidades, de ese tipo que luego venden directamente si preguntas con educación.
Fiestas sin folclore forzado
Las fiestas grandes son las de San Jaime, en julio. Procesiones, actos religiosos y mucha vida en la plaza esos días. Es cuando más gente ves por las calles.
En agosto suelen hacer las fiestas dedicadas a la Virgen de los Remedios, con romería hasta su ermita a las afueras. Es uno esos momentos en los que vuelven familias enteras que ahora viven en otros sitios pero siguen teniendo casa aquí.
También hay celebración de Moros y Cristianos, pero a escala reducida. Nada que ver con los desfiles masivos de Alcoy o otras ciudades cercanas. Aquí participa quien vive o tiene raíces en Relleu, punto.
La Semana Santa mantiene un tono tranquilo: procesiones por calles empinadas, vecinos cargando pasos y poco más. Nada teatral.
Cómo llegar (y qué esperar)
Desde Alicante son unos 45 kilómetros. Lo normal es ir por la A‑7 hasta cerca Villajoyosa y después tomar la carretera hacia el interior. Los últimos kilómetros tienen curvas y se estrechan bastante; no es una autovía precisamente.
Relleu no es un pueblo lleno monumentos ni grandes atracciones turísticas. Funciona mejor cuando lo tomas como lo que es: un lugar para pasear sin prisa por su casco antiguo, subir al cerro a ver panorámicas y sentarte un rato a observar cómo pasa el día sobre ese valle rodeado montañas secas. A veces eso basta para llevarte una buena impresión del sitio