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sobre Mogente/Moixent
Famoso por el poblado íbero de la Bastida de les Alcusses y el Guerrero de Moixent
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Moixent es como ese pueblo que tu abuela siempre menciona cuando habla de “el pueblo de mis primos” y resulta que está a media hora de casa. Lo conoces de oídas, lo localizas más o menos, pero nunca te has parado. Pues bien, el turismo en Moixent funciona un poco así: está cerca, siempre lo tienes en el radar, pero lo vas dejando. Y cuando por fin vas, te preguntas cómo es posible no haber venido antes.
Aquí no hay playa ni grandes montañas ni miradores con cola para la foto. Es otra cosa. Más bien como asomarte al escaparate de un museo que alguien olvidó cerrar: restos íberos, campos de viña, un castillo vigilando el valle y un ritmo de pueblo que sigue bastante a su aire.
El guerrero que se fue a València y nunca volvió
Lo primero que te cuentan en Moixent es que aquí apareció el Guerrero de Moixent. No es un apodo: es una pequeña figura íbera del siglo IV a.C. que hoy está en el Museu de Prehistòria de València. En el pueblo lo cuentan casi como si fuera un vecino que se fue a la capital y ya no regresó.
El lugar donde apareció, la Bastida de les Alcusses, está a pocos minutos en coche. Y sorprende bastante cuando llegas. No hay tiendas de recuerdos ni autobuses descargando gente cada diez minutos. Es una loma amplia, con vistas abiertas y los restos de lo que fue una ciudad íbera bastante importante en su momento. Duró relativamente poco, pero lo suficiente para dejar una buena historia bajo tierra.
Es de esos sitios que funcionan muy bien para una excursión tranquila: paseas, lees los paneles, te haces una idea de cómo vivía la gente aquí hace más de dos mil años y vuelves al coche sin haber tenido que esquivar grupos de veinte personas.
Un castillo arriba y campos de viña alrededor
El castillo de Moixent se ve desde lejos, plantado en lo alto como si estuviera vigilando todo el valle. Es de origen islámico y, cuando subes, entiendes rápido por qué eligieron ese sitio: la vista se abre sobre buena parte de la Costera.
Abajo, el término municipal sigue bastante ligado al campo. Hay almendros, olivos y también viña. Si te gusta el vino, aquí aparecen nombres de variedades que no suenan tanto fuera de la zona: forcallà, bonicaire, merseguera… uva mediterránea de toda la vida que en algunos sitios se está recuperando.
Las bodegas de la zona suelen tener un ambiente bastante cercano. Nada de grandes complejos ni visitas coreografiadas cada media hora. A veces es más bien una nave, una casa de campo o una bodega familiar donde alguien te explica lo que están haciendo con las variedades locales.
Y si la conversación se alarga, es fácil que acabe saliendo la gatxamiga, un plato contundente de harina, aceite, ajo y pan que en invierno entra como un guante. De esos que te dejan lleno y con ganas de sentarte un rato al sol.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
Las fiestas de Moros y Cristianos suelen caer hacia finales de agosto. El ambiente cambia bastante: música, pólvora y mucha gente que vuelve esos días aunque viva fuera el resto del año.
No tiene la escala de otras ciudades de la provincia. Aquí todo es más cercano: comparsas pequeñas, calles llenas de conocidos y ese punto de fiesta que parece organizada entre vecinos más que para un gran público.
En verano también suelen celebrarse las fiestas de quintos y festeras, que son las que preparan los jóvenes del pueblo ese año. Y en enero llega San Antonio Abad, con la bendición de animales en la plaza y olor a romero quemado durante buena parte del día.
Un paseo fácil: el Pasillo Verde
Si te apetece caminar sin complicarte mucho, el Pasillo Verde es la opción más sencilla. Es el antiguo trazado ferroviario que unía la zona con el apeadero de La Parrilla y hoy funciona como camino peatonal y ciclista.
El recorrido es bastante llano, rodeado de campos y con tramos de almendros y olivos. De esos paseos en los que sales a estirar las piernas y cuando te das cuenta llevas un buen rato andando.
Quien quiera algo con más subida suele mirar hacia la zona del Alto del Moro y la antigua casa forestal. El terreno cambia, aparecen más pinos y desde arriba se entienden mejor las dimensiones del término municipal. Eso sí: agua y gorra, porque en la Costera el sol aprieta cuando quiere.
¿Dónde está la trampa?
Lo curioso de Moixent es que no parece empeñado en venderse. El pueblo sigue con su ritmo: gente que entra al bar temprano, agricultores que van y vienen del campo, la panadería sacando hornadas y vecinos charlando en la puerta.
Si buscas recuerdos para llevarte, probablemente acabarás con algo bastante sencillo: vino de la zona, fruta de temporada o algún dulce típico si pillas la época de monas de pascua.
Y si lo que buscas es aparcar y caminar un rato sin ruido, tampoco cuesta demasiado. Alrededor del término hay varias microrreservas de flora —pequeños espacios protegidos— y bastante monte bajo mediterráneo donde el silencio todavía es normal.
Mi consejo: ven una mañana, sube a la Bastida, date una vuelta por el castillo y luego baja al pueblo a comer algo con calma. En unas horas te haces una buena idea del sitio. Y si te quedas más tiempo, mejor todavía: Moixent es de esos lugares que no necesitan muchas explicaciones para que acabes cogiéndoles cariño.