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sobre Montán
Pueblo de montaña con un manantial de agua conocido; calles empinadas y entorno forestal ideal para el turismo rural
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A las siete, el silencio en la plaza de San Roque solo lo rompe el roce de una persiana metálica al subir. El aire huele a tierra fría y a pan recién horneado. En un pueblo de poco más de cuatrocientos habitantes, esos sonidos y olores marcan el inicio del día.
Montán se agarra a una ladera del Alto Mijares, a casi seiscientos metros. Las calles siguen la inclinación del terreno con una lógica antigua: suben, giran y desembocan en la plaza. Los muros son gruesos, de piedra vista, y los balcones de hierro forjado miran hacia el valle o hacia la montaña pelada que hay al otro lado.
Caminar aquí es toparse con lo que queda de otra forma de vida. Un banco adosado a una pared que aún está húmeda. La boca oscura de un horno moruno integrado en una casa. Las calles convergen en la plaza, un espacio que antes era corral, almacén y lugar para hacer el pan.
La iglesia y el núcleo antiguo
La iglesia de San Roque preside uno de los laterales. Es un edificio que ha sido rehecho varias veces, como suele pasar en estos pueblos donde se repara antes que se derriba. En su interior hay restos de pintura antigua y un retablo sin grandes pretensiones. Su valor está más en lo que representa: el centro alrededor del cual se ordenaba la vida.
Si se sube por las callejuelas traseras, aparecen rendijas entre las casas. Por ahí se cuela la vista del valle del Mijares. En días despejados se distinguen las lomas cubiertas de pinos, manchas más oscuras de carrasca y, al fondo, la línea cambiante de la sierra según pasa el día.
Los caminos del monte
Lo mejor de Montán empieza cuando sales de sus límites. Desde los últimos edificios parten senderos que se hunden en el monte y enlazan con otros pueblos del Alto Mijares. Son trazados viejos, usados durante años por pastores y gente del campo.
Son pistas sencillas, entre pinar y matorral mediterráneo. El suelo a menudo está alfombrado de agujas secas que crujen bajo las botas. Aparecen bancales abandonados, márgenes de piedra que delimitan fincas que ya no existen. La señalización no siempre es clara; conviene saber por dónde vas.
En verano, el calor aquí dentro aprieta de verdad hacia el mediodía. Si piensas caminar, sal al amanecer o cuando el sol baja. El aire entonces se aligera y se nota más el olor a resina caliente.
Comida de interior
La cocina es la propia de estas comarcas: platos pensados para jornadas largas y para el frío del invierno. El cerdo ha sido siempre la base, igual que la caza menor cuando el monte daba más. En temporada, hay setas y guisos que juntan carne con legumbres.
Antes, la matanza era un acontecimiento doméstico en otoño. Ahora ya no es una necesidad, pero se recuerda como un tiempo de trabajo compartido entre familias.
Fiestas que llenan la plaza
Como en tantos pueblos del interior, las fiestas hacen que la población se multiplique unos días. Las de San Roque, a mediados de agosto, traen de vuelta a quienes se fueron. Entonces cambia el ritmo: hay mesas largas en la plaza, voces hasta tarde y música que resuena entre las fachadas.
En Semana Santa también hay procesión por las calles estrechas. Son actos sencillos, sostenidos por los vecinos.
Cuándo venir
Montán tiene caras muy distintas según la época. En invierno puede haber niebla espesa en el valle y un silencio profundo entre semana. El verano trae más vida, sobre todo en agosto.
Si lo que quieres es andar por el monte, prueba a venir en primavera temprana o al comienzo del otoño. La tierra huele a humedad después de la lluvia, el pueblo mantiene un ritmo pausado y la luz tiene una calidad distinta, más limpia. Esa es la hora de Montán.