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sobre Ontinyent
Capital textil con el impresionante Pou Clar y un barrio medieval
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A las nueve de la mañana, el sol todavía no ha entrado en el callejón de la Virgen. Las paredes de piedra conservan el frescor de la noche y el agua del Clariano baja callada por el fondo del barranco. Desde alguna terraza cercana llega el olor a sofrito recién hecho —tomate, cebolla, romero— que se mezcla con el de la tierra mojada y el jabón de Marsella que todavía se usa en algunos lavaderos. Ontinyent huele a eso: a ropa limpia, a monte bajo, a ciudad que se despierta antes que la luz.
El barrio que se agarra a la ladera
Subir a La Vila es como entrar en una casa antigua donde todo parece colocado desde hace siglos. Las calles empinadas terminan en muros de tapia y piedra que han visto pasar generaciones sin demasiada prisa. En la plaza de la Vila, el pavimento está pulido por miles de pasos. Antiguamente desde aquí se vigilaba el valle y el camino hacia Xàtiva; hoy lo que llega son senderistas con mochila pequeña y vecinos que siguen subiendo a pie con la bolsa del pan.
El Conjunto Histórico no funciona como un decorado. Es un barrio con costuras visibles. Las casas casi se tocan por los tejados, los tendederos cruzan el aire como cuerdas de lado a lado y en algunas puertas entreabiertas aparece un patio con naranjo y una pileta antigua. Si escuchas un momento, todavía se oye alguna máquina de coser. La industria textil marcó la ciudad durante mucho tiempo —llegó a ser uno de los centros fabriles importantes del interior valenciano— y ese ruido doméstico, a ratos, sigue ahí.
El río que se hace piscina
A unos tres kilómetros del centro, el Clariano se abre en una sucesión de pozas de agua clara. El Pou Clar es donde medio Ontinyent ha aprendido a nadar. Son varias piscinas naturales encadenadas, con nombres que los vecinos repiten desde pequeños: el Petitxol, la Nevera, el Toll de la Mota.
El agua suele bajar fría incluso en pleno verano. Cuando en agosto el valle aprieta con calor, meterse aquí es casi un golpe de realidad: el frío sube por las piernas y te deja sin aliento unos segundos.
Conviene llevar calzado que agarre. Las rocas están lisas de musgo y hay zonas donde resbalan bastante. Entre semana el ambiente es tranquilo; los domingos de verano la carretera de acceso se llena rápido y aparcar cerca puede volverse pesado si llegas tarde.
La fábrica que ya no existe
En el siglo XIX y buena parte del XX, Ontinyent vivía al ritmo de los telares. Hubo decenas de fábricas repartidas por el valle del Clariano. Hoy quedan algunas chimeneas altas, de ladrillo oscuro, que asoman por encima de los tejados como recordatorios de aquella época.
Muchos de aquellos edificios han cambiado de uso con los años, pero el oficio no desapareció del todo. En naves de la periferia todavía se trabaja el textil, y en el mercado semanal aparecen manteles, paños o juegos de mesa con bordados tradicionales.
La ciudad tampoco se ha quedado detenida en la nostalgia. Un lunes por la mañana el centro tiene movimiento: gente entrando a trabajar, furgonetas descargando, colegios abiertos. Ontinyent sigue siendo una ciudad que trabaja, aunque ya no suene el telar en cada calle.
Cuando la ciudad se viste de guerra
A finales de agosto llegan las fiestas de Moros y Cristianos. Durante varios días la ciudad cambia de ritmo: música de banda en cada esquina, olor a pólvora y desfiles que se alargan hasta la noche.
Las filàs pasan meses preparando los trajes. Cuando llega la fiesta, vecinos que durante el año llevan una vida normal aparecen vestidos con capas, turbantes o armaduras brillantes. La transformación es total.
Si quieres ver los desfiles con algo de espacio, busca calles donde el recorrido se estrecha un poco. Allí el paso se ralentiza y se ven mejor los detalles de los trajes y las coreografías. Y un aviso práctico: la pólvora suena de verdad. Si eres sensible al ruido, mejor mantener cierta distancia cuando empiezan las salvas.
Cómo perderse sin mapa
Ontinyent se entiende caminando sin prisa. Empieza en el Pont Vell, el puente de piedra que cruza el barranco del Clariano, con los escalones ya gastados por siglos de uso. Desde ahí basta con seguir las calles que suben.
Cuando llegues a la plaza Mayor, levanta la vista: el campanario de Santa María ronda los setenta metros de altura y se ve desde muchos puntos del valle. Si coincides con el repique del mediodía, el sonido rebota entre las fachadas y tarda unos segundos en apagarse.
Después sigue por el carrer Major y deja que el trazado te saque del centro histórico. Aparecen tiendas pequeñas, ultramarinos de los de antes, bares donde el café se sirve en taza gruesa. Más adelante el paseo se abre bajo los plátanos del Llombo. Allí la vida va más lenta: gente mayor jugando a las cartas, chavales con la bici, conversaciones largas en los bancos.
Lo que no te dirán en la oficina de turismo
En noviembre, cuando llegan las fiestas de la Purísima, Ontinyent cambia otra vez de ambiente. Las calles se iluminan y en muchas casas aparecen cajas de dulces que solo se preparan en esta época. Es también cuando vuelve mucha gente que vive fuera: hijos que trabajan en otras ciudades, familiares que regresan unos días.
El invierno aquí se nota. La ciudad está a más de 300 metros de altitud y por la noche la temperatura baja con facilidad. El aire, eso sí, suele estar muy limpio, y desde los puntos altos de la Vila se dibuja bien la silueta de la sierra de Mariola al fondo.
Si te gusta caminar, desde las afueras salen varias sendas señalizadas hacia el monte. Una de ellas sube hacia el paraje del Cinquantenari entre pinos y romero. Al amanecer el olor del monte es intenso: tomillo, espliego, tierra húmeda.
Al volver, acércate a cualquier horno del barrio y pide una coca de tomata. Es de las cosas más corrientes aquí, la que se compra para el almuerzo o para llevar a casa. Y quizá eso explique bastante bien Ontinyent: una ciudad que no vive de aparentar, sino de lo que hace cada día.