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sobre Benicàssim
Destino turístico de primer orden conocido por sus festivales de música y sus villas modernistas frente al mar; combina playas de calidad con el paraje natural del Desierto de las Palmas
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La bruma del amanecer se levanta sobre la playa de Almadraba y deja ver la silueta de la Torre de Sant Vicent, plantada frente al mar desde hace siglos. A esa hora solo se oye el chapoteo de los primeros bañistas —suelen ser los mismos cada día— y el golpe metálico de las papeleras cuando los operarios empiezan la limpieza del paseo. Benicàssim huele a sal y a pan recién hecho; algunas cafeterías del paseo levantan la persiana muy temprano, incluso en agosto, cuando el pueblo ya no se parece mucho al de invierno.
El paseo de las villas y el tiempo que se detuvo
Entre la zona de Voramar y la playa de Heliópolis, el Paseo de las Villas funciona casi como un álbum abierto de las primeras vacaciones junto al mar en esta parte de la costa. A finales del siglo XIX empezaron a levantarse aquí casas de veraneo de familias acomodadas de Castelló y Valencia. Todavía quedan bastantes: chalets con torreones de ladrillo, galerías acristaladas y balcones de madera que miran al Mediterráneo.
Algunas han cambiado mucho con los años; otras siguen medio escondidas tras jardines de palmeras y pinos torcidos por el viento. Hay una, conocida como Villa Pilar, que suele citarse como una de las primeras que se construyeron en la zona. Las rejas pintadas de verde y los toldos de rayas ya gastados cuentan bastante del paso del tiempo sin necesidad de entrar.
El paseo completo ronda un par de kilómetros si se hace de punta a punta, siempre con el mar a un lado y las villas al otro. A media tarde la luz cae oblicua sobre las fachadas y resalta los colores apagados de los azulejos y las molduras. Si llueve —en septiembre a veces pasa— el agua corre por la cerámica y el olor a tierra mojada se mezcla con el de los pinos que crecen entre las aceras.
Subir al Desert de les Palmes (que no tiene nada de desierto)
A la espalda del municipio empieza el parque natural del Desert de les Palmes. El nombre engaña un poco: aquí no hay dunas ni arena abierta, sino laderas cubiertas de carrasca, romero y palmito. En los días tranquilos solo se oye el viento y el zumbido de alguna bicicleta de montaña subiendo por la carretera.
Se puede llegar en coche hasta el entorno del antiguo monasterio carmelita y desde allí seguir a pie por varias sendas señalizadas. Algunas suben hacia crestas rocosas desde donde se abre toda la Plana de Castelló: la línea de playas, los edificios bajos de Benicàssim y, cuando el aire está limpio después de un temporal, una mancha oscura en el horizonte que suele ser el archipiélago de Columbretes.
Los senderos son pedregosos y el sol aprieta incluso fuera de pleno verano. Conviene llevar agua y empezar temprano. A última hora de la tarde el monte cambia de color: el matorral pasa del verde oscuro a un tono plateado y el mar, visto desde arriba, parece más ancho de lo que recordabas desde la playa.
Música, paella y días en que el pueblo se llena
En verano Benicàssim tiene dos ritmos distintos. El de la playa y el paseo marítimo durante el día, y el de los festivales cuando cae la noche. El FIB lleva años celebrándose en un recinto a las afueras y durante esos días el municipio se llena de mochilas, tiendas de campaña y conversaciones en inglés por todas partes.
También hay un festival de reggae bastante conocido que ocupa varios días del calendario estival. Cuando coincide con calor fuerte, el ambiente se nota incluso en las playas cercanas: altavoces portátiles, grupos que vuelven andando al amanecer y supermercados abiertos hasta tarde.
Más allá de esos picos de ruido, la vida local sigue con sus costumbres. Los domingos a mediodía el mercado y las plazas del centro huelen a arroz que se termina en paella grande, muchas veces con recetas de la Plana que mezclan verduras, legumbres y carne. La gente come despacio, a la sombra de los árboles, mientras las persianas de las casas cercanas bajan para protegerse del sol.
A lo largo del año también aparecen pequeñas ferias gastronómicas y encuentros relacionados con la cerveza artesana o los productos locales. Suelen ocupar la plaza principal durante un fin de semana y atraen tanto a vecinos como a gente de Castelló que se acerca a pasar la tarde.
Cuándo ir y cómo escapar de tu propia sombra
Llegar a Benicàssim es sencillo: la autopista pasa muy cerca y hay trenes frecuentes que conectan con Castelló y Valencia. En verano el ayuntamiento suele reforzar los autobuses hacia las playas y las urbanizaciones más alejadas.
El mes de septiembre tiene algo que muchos vecinos prefieren: el mar todavía está templado, el paseo vuelve a ser transitable sin multitudes y por las noches se oye otra vez el rumor del oleaje sin música de fondo. Agosto, en cambio, convierte algunas zonas del litoral en un continuo de toallas, bicicletas y neveras portátiles.
Si vienes en primavera o en otoño, trae algo de abrigo para la noche. La brisa del mar baja rápido la temperatura cuando cae el sol, incluso después de días luminosos.
Al final del día, cuando el paseo se queda medio vacío y las luces del puerto cercano empiezan a encenderse, queda un sonido constante: las olas rompiendo con calma y el crujido de las persianas de madera en las villas antiguas. Benicàssim sigue ahí, con ese ritmo lento que aparece cuando la gente se va y el mar vuelve a ser lo más ruidoso del pueblo.