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sobre Almenara
Municipio costero limítrofe con Valencia vigilado por un conjunto de torres defensivas en la montaña; ofrece playas tranquilas y una zona de marjal de gran valor ecológico
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A las cinco de la tarde, cuando el sol empieza a bajar, el aire suele oler a azahar mezclado con sal. Es un olor que aparece muchos días de primavera y principios de verano, cuando la huerta está en marcha y la brisa llega desde el mar sin demasiados obstáculos. En Almenara, dentro de la Plana Baixa, el campo y la costa quedan tan cerca que a veces parecen la misma cosa: acequias entre naranjos, carreteras llanas y, al fondo, una línea de agua gris azulada.
El pueblo que huele a melón
En el mercado semanal todavía se oye hablar del melón de Alger. Aquí el nombre puede confundir: en valenciano suele referirse a la sandía de toda la vida, la que se cultivaba en muchas parcelas de la plana antes de que llegaran variedades más pensadas para aguantar transporte y cámaras.
La gente mayor aún mira la corteza con paciencia, la golpea con los nudillos y comenta si “saldrá buena”. Son gestos heredados de cuando buena parte del pueblo vivía directamente del campo. En verano, en muchas casas sigue apareciendo el melón o la sandía muy fría al final de la comida, cortada en rodajas gruesas. Más que tradición escrita, es costumbre doméstica.
Cuando el agua se detiene
Los Estanys quedan a un paseo desde el núcleo urbano, algo más de un kilómetro según por dónde entres. Son pequeñas lagunas de agua dulce que brota del subsuelo después de filtrarse durante años por la sierra cercana. El resultado es un humedal tranquilo, rodeado de carrizos y juncos.
Hay pasarelas de madera y senderos cortos que permiten rodear parte de las lagunas sin pisar el barro. Si vas temprano, se oyen más pájaros que coches: fochas, gallinetas y a veces garzas quietas en la orilla. No es un espacio grande —se recorre despacio en menos de una hora—, pero funciona mejor si te tomas tiempo para parar. En verano conviene ir a primera hora o ya al caer la tarde: el sol en esta llanura pega sin demasiada sombra.
El castillo sobre la plana
La silueta del castillo de Almenara se ve desde lejos, apoyada en las últimas elevaciones antes de que el terreno vuelva a hacerse completamente llano. Hoy quedan restos de muralla y dos torres bien visibles. La subida es corta pero con pendiente, por un camino que serpentea entre matorral bajo y piedra suelta.
Desde arriba se entiende la posición del lugar: hacia un lado la Plana Baixa extendiéndose en mosaico de campos; hacia el otro, el Mediterráneo. Durante siglos estas torres formaban parte de la vigilancia de la costa, con señales de humo o fuego para avisar de movimientos en el mar.
Al atardecer suele soplar algo de viento y se oyen los tractores regresando por los caminos agrícolas. Es un momento tranquilo para subir: menos calor y una luz más suave sobre la llanura.
La playa y la marjal
La costa de Almenara se abre en una franja amplia de arena fina y agua poco profunda. La playa de Casablanca es la más conocida, con paseo marítimo y urbanizaciones que se llenan sobre todo en verano.
Pero detrás de esa primera línea aparece otra cosa: zonas de marjal y pequeñas áreas protegidas donde el agua dulce se mezcla con la salada. Entre carrizos y canales viven aves acuáticas que siguen utilizando estos espacios incluso en los meses más concurridos.
En agosto la playa cambia mucho: más gente, más sombrillas, más movimiento desde primera hora de la mañana. Si buscas caminar con algo de calma, suele funcionar mejor acercarse a primera hora o ya por la tarde, cuando el calor empieza a aflojar.
Cuándo venir y cuándo no
Las fallas también se celebran aquí, aunque a una escala mucho más pequeña que en ciudades cercanas. Hay ambiente en las calles, petardos y monumentos falleros, pero el ritmo sigue siendo de pueblo.
En verano la actividad se desplaza claramente hacia la costa. El núcleo urbano queda más tranquilo durante el día, mientras la playa concentra buena parte del movimiento. Junio y septiembre suelen ser meses agradecidos: calor, mar templado y bastante menos gente.
En invierno el paisaje cambia. Los campos de naranjos cargados de fruta dan otro color a la plana y los días de viento el mar se huele incluso desde el centro del pueblo.
Dato práctico: Almenara tiene estación de tren en la línea que conecta Valencia con Castellón, situada entre el pueblo y la playa. Desde allí mucha gente se mueve a pie o en coche; el transporte local hacia la costa suele reforzarse en verano, aunque los horarios conviene consultarlos allí mismo porque cambian según la temporada.