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sobre Burriana
Ciudad histórica ligada al comercio de la naranja con un importante puerto y playas; posee un interesante patrimonio modernista y el museo de la naranja
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A las seis de la mañana, el celaje sobre el mar es de un rosa sucio que recuerda a la pulpa de la naranja sanguina. En el puerto, los pescadores ya han terminado de clasificar la sardina y el sonido de las cajas arrastrándose por el muelle se mezcla con el olor a gasoil de un barco que acaba de atracar. El turismo en Burriana empieza mejor a esta hora, cuando la luz todavía es blanda y el puerto funciona como siempre lo ha hecho: gente trabajando, gaviotas discutiendo y café saliendo de los bares de la zona.
Burriana despierta así, entre cítricos y salitre, sin demasiado teatro.
De la plaza Mayor hacia el mar
Desde la plaza Mayor, la calle Mayor baja recta hacia la costa, larga y algo irregular, como si siguiera el curso de un río seco. Las casas, muchas de dos alturas, mezclan balcones de hierro con fachadas que han visto varias capas de pintura. Si te fijas en el ayuntamiento, verás la bandera con tres coronas doradas sobre fondo azul. Ese símbolo aparece a menudo en la historia local y tiene que ver con un privilegio concedido por la Corona de Aragón en la Edad Media.
La iglesia de El Salvador aparece de golpe al final de la calle. No es un templo enorme, pero la torre domina bastante el perfil del centro histórico. La base del edificio es medieval —de los primeros tiempos cristianos tras la conquista de Jaime I— y eso se nota en los muros gruesos y en las ventanas estrechas. Dentro la luz entra con cuentagotas. Huele a cera y a madera antigua, ese olor que tienen las iglesias que siguen abiertas todos los días y no solo para enseñar patrimonio.
Si pasas por aquí un domingo por la mañana, verás a mucha gente del pueblo entrar y salir con naturalidad, casi de paso, antes de seguir la rutina del día.
El rastro de la naranja
A pocas calles del centro está el Museo de la Naranja, instalado en una casa amplia del siglo XIX. Burriana creció durante décadas alrededor del comercio citrícola y aquí se ve bien ese pasado: etiquetas de exportación, cajas de madera, herramientas para clasificar la fruta y fotografías de cuadrillas trabajando entre naranjos.
Más que un museo espectacular, es un lugar tranquilo que ayuda a entender por qué esta parte de la Plana Baixa estuvo tan conectada con los puertos del Mediterráneo y con mercados de fuera de España. En muchas imágenes aparecen los muelles llenos de cajas listas para embarcar.
Si vas en primavera, merece la pena pasear también por los caminos agrícolas que rodean el municipio. Cuando los naranjos están en flor, el aire cambia por completo y el azahar llega incluso hasta algunas calles del casco urbano.
El Clot y el agua del Millars
Al mediodía, el Clot de la Mare de Déu suele tener movimiento. Es un paraje húmedo a las afueras, donde el paisaje cambia de golpe: más vegetación, sombra y agua cerca. Hay senderos sencillos para caminar y es habitual ver ciclistas que llegan desde la Vía Verde que conecta con el interior de la comarca.
El río Millars desemboca no muy lejos y el terreno se vuelve más blando, con olor a barro y a plantas acuáticas. Es una zona tranquila para parar un rato, sobre todo entre semana.
En las playas, la del Arenal concentra la mayor parte de la gente en verano. A última hora de la tarde empieza el humo de las brasas y aparecen las sardinas asándose frente al mar. En algunas casas todavía se prepara arroz con productos de la marjal y del mar cercano; cada familia lo hace a su manera, así que conviene no esperar una receta única.
Si prefieres caminar con algo más de espacio, hacia el norte está la zona del Serradal, más abierta y con tramos donde la costa mantiene un aspecto algo más natural.
Cuándo venir sin encontrarlo todo lleno
Septiembre suele ser un buen momento para acercarse. El agua del mar todavía guarda el calor del verano y el ritmo del pueblo baja bastante después de las fiestas patronales.
En julio y agosto el Arenal concentra casi todo el movimiento y aparcar cerca de la playa puede requerir paciencia. Si vienes esos meses, merece la pena madrugar o dejar el coche algo más lejos y acercarte andando.
Las fallas también tienen bastante presencia aquí, con mucho ruido de petardos y cohetes. Forma parte del ambiente local, pero conviene saberlo antes de elegir fechas.
Al caer la tarde, si te acercas hacia la Torre del Mar —una antigua torre de vigilancia costera— la vista se abre hacia una franja larga y muy plana de litoral. La costa aquí no tiene grandes acantilados ni relieves bruscos: arena, huerta, caminos rectos y, más al fondo, las sierras que cierran el horizonte.
Cuando sopla el viento del mar, trae una mezcla curiosa: sal, tierra seca de los campos y, a veces, un rastro suave de naranja. Burriana se entiende mejor así, poco a poco, caminando sin prisa entre el casco urbano, los huertos y la línea del agua.