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sobre Eslida
Corazón de la Sierra de Espadán famoso por su miel y sus bosques de alcornoques; pueblo de calles empinadas y punto de partida de numerosas excursiones
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A mediodía, cuando la luz cae casi vertical sobre la Sierra de Espadán, el aire en Eslida huele a corcho húmedo y a tierra removida. En las calles estrechas apenas se oye nada más que alguna puerta que se cierra y el eco de pasos sobre el asfalto viejo. El monte está tan cerca que parece entrar en el pueblo por los barrancos. Con algo más de ochocientos vecinos, Eslida se mueve a un ritmo tranquilo incluso los fines de semana.
El pueblo se abre en el interior de la Plana Baixa, ya dentro del parque natural. Por eso muchos llegan aquí con la idea clara: caminar por los alcornocales de la sierra y volver después a un núcleo pequeño donde todavía se reconoce a la gente en la plaza.
Calles que suben hacia la sierra
El casco urbano se adapta al relieve sin demasiadas concesiones. Calles cortas, algunas con pendiente seria, tramos donde el coche pasa justo y conviene aparcar en los accesos y seguir a pie. Las casas mezclan piedra vista, fachadas encaladas y balcones con macetas que en verano sobreviven a base de sombra.
La iglesia parroquial, dedicada a San Miguel, se levanta en una de las partes altas. La torre se ve desde varios puntos del valle y sirve un poco de referencia cuando uno se mueve por el pueblo. El edificio actual es el resultado de reformas sucesivas a lo largo del tiempo, algo bastante común en esta zona de la sierra.
Si paseas sin rumbo, aparecen pequeños detalles: portales antiguos, patios interiores con parras, alguna puerta de madera muy oscura por los años.
El agua que baja de la montaña
En Eslida el agua siempre ha tenido un papel importante. En los alrededores hay varias fuentes que durante generaciones sirvieron para abastecer al pueblo y a los huertos cercanos.
La Fuente del Berro suele ser una de las más visitadas. El agua sale fría incluso en agosto y el entorno mantiene una humedad constante que se nota en la vegetación. En verano es fácil ver insectos y abejas alrededor del pilón, atraídos por el agua.
Son lugares sencillos, sin grandes infraestructuras, pero funcionan como pequeñas pausas cuando se sale a caminar por los caminos cercanos.
Alcornocales y senderos de la Sierra de Espadán
El verdadero paisaje de Eslida empieza en cuanto se dejan atrás las últimas casas. La Sierra de Espadán tiene aquí algunos de sus alcornocales más extensos, un tipo de bosque poco común en la Comunidad Valenciana. Los troncos rojizos, pelados por la saca del corcho, contrastan con el verde oscuro de las copas.
Hay varios senderos señalizados que parten del entorno del pueblo y se adentran en barrancos y laderas. Algunos siguen antiguos caminos agrícolas entre terrazas de cultivo; otros suben hacia zonas más altas desde donde se abre el valle.
No hace falta plantear rutas muy largas para notar el cambio de paisaje. En menos de una hora caminando ya aparecen tramos de bosque cerrado donde la temperatura baja varios grados.
Un consejo práctico: en verano conviene empezar pronto. El sol cae fuerte en las zonas abiertas y algunas sendas tienen poca sombra a mediodía.
Huertas, cítricos y cocina de interior
Alrededor del pueblo todavía quedan bancales de naranjos y limoneros. En primavera, cuando los árboles están en flor, el olor a azahar se cuela por los caminos que rodean el núcleo urbano. No es raro ver a vecinos trabajando pequeñas parcelas familiares.
En la cocina local aparecen platos de interior bastante contundentes: ollas con legumbres, verduras de temporada, guisos que se cocinan despacio. También es habitual el uso de productos de la huerta y de la sierra, según la época del año.
En otoño, cuando llegan las primeras lluvias, mucha gente sale al monte a buscar setas. Como en todo el parque natural, conviene informarse antes sobre las normas de recolección.
Bicicleta y carreteras de montaña
Las carreteras que conectan Eslida con otros pueblos de la sierra atraen a bastantes ciclistas. Son vías estrechas, con curvas constantes y subidas que se hacen largas si aprieta el calor. A cambio, el tráfico suele ser escaso fuera de los meses más turísticos.
También hay pistas forestales que se utilizan para bicicleta de montaña, aunque el terreno puede ser pedregoso en algunos tramos.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para recorrer la zona: temperaturas suaves y el monte especialmente vivo después de las lluvias.
En verano el calor se nota, sobre todo en las horas centrales del día. Si vienes entonces, lo mejor es madrugar para caminar y dejar el paseo por el pueblo para la tarde, cuando la sombra vuelve a las calles.
Llegar en coche es lo más práctico. El transporte público hacia los pueblos del interior de la sierra existe, pero no siempre tiene mucha frecuencia. Una vez en Eslida, casi todo se recorre caminando en pocos minutos.
Al final, lo que queda de Eslida no es un monumento concreto ni una foto desde un mirador. Es más bien la sensación de estar en un pueblo rodeado de monte verdadero: el olor del corcho recién cortado, el agua fría de una fuente y ese silencio que aparece en cuanto te alejas un poco de la carretera.