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sobre La Vilavella
Pueblo termal histórico situado a los pies de un castillo; famoso por sus aguas medicinales y su entrada a la Sierra de Espadán
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El turismo en La Vilavella siempre ha estado ligado al agua. El manantial termal de la Fuente Calda brota a unos 27 grados y lo hace desde mucho antes de que el pueblo tuviera el nombre actual. En la cima de Santa Bárbara hubo un santuario romano; más tarde los musulmanes fortificaron el cerro cercano, y tras la conquista cristiana la baronía quedó en manos de los Moncada, que también controlaban el uso de las aguas. La Vilavella no es un lugar que simplemente tenga manantiales: el casco antiguo creció alrededor de ellos. Varias calles siguen el trazado del cauce subterráneo que baja de la sierra, y quienes crecieron aquí aún recuerdan cuando el lavadero junto a la fuente se usaba a diario para la colada. Hoy lo habitual es ver a vecinos llenando garrafas.
El castillo que no se rindió
En la primavera de 1238 Jaime I avanzó desde el interior y puso cerco al castillo musulmán que dominaba el cerro. Las crónicas lo citan como Bellvís. No era una gran fortaleza: una torre principal y un recinto amurallado que vigilaba el paso natural entre la costa y las sierras del interior. La posición, eso sí, era estratégica. La rendición llegó sin combate abierto, algo bastante habitual cuando la guarnición quedaba aislada.
Poco después se organizó la nueva población cristiana y la baronía pasó a manos de los Moncada. Del castillo queda poco visible. Un tramo de muralla y los cimientos de la torre aparecen hoy integrados en viviendas del barrio alto. Para encontrarlos hay que subir por el carrer del Castell y fijarse en los muros de piedra que asoman entre patios y terrazas. No hay paneles ni recorrido marcado: las piedras están mezcladas con la vida cotidiana del barrio.
Cuando las aguas atrajeron a media provincia
Durante el siglo XIX La Vilavella vivió una etapa marcada por los balnearios. Llegó a haber varios establecimientos en funcionamiento y las cifras que aparecen en la documentación de la época hablan de miles de visitantes cada temporada. Parte de la burguesía valenciana subía a tomar las aguas, convencida de sus efectos sobre la gota, la piel o los nervios.
Hoy solo queda un balneario en uso en la plaza principal, pero el recuerdo de aquel auge sigue visible en algunas casas señoriales del casco antiguo. Existe un recorrido señalizado de unos dos kilómetros que pasa por varios de los antiguos edificios vinculados a las aguas. Muchos se reconocen por los escudos de piedra o por las rejas de hierro de las ventanas, aunque ahora sean viviendas particulares.
La ruta suele terminar en la Fuente Calda. El agua sigue brotando a la misma temperatura y a su lado permanece el lavadero del siglo XIX: pilas de piedra alineadas y canales por donde corría el agua caliente. Un cartel recuerda que no es potable, aunque algunos vecinos la usan para regar pequeños huertos del fondo del valle.
Alpargatas y un manuscrito inesperado
En una de las calles del casco antiguo funciona el pequeño museo dedicado al oficio de alpargatero. Está instalado en un antiguo taller donde durante décadas se fabricaron alpargatas de esparto. Se conservan los telares, herramientas de madera y moldes para las suelas. La explicación suele centrarse en el proceso: cómo se trenzaba el esparto, por qué se dejaba en remojo varios días y de qué manera se cosía la cinta de tela a mano.
A pocos metros se encuentra el museo municipal. Allí se guarda una pieza singular: un manuscrito árabe conocido como Risala, un tratado jurídico islámico copiado en el siglo XI. Según se suele señalar, es el único manuscrito de este tipo conservado en la Comunitat Valenciana. Se expone protegido en una vitrina climatizada y solo puede verse una de sus caras por motivos de conservación.
La distancia entre ambos espacios es mínima, pero resume bien la historia del lugar: pasado islámico, reconquista cristiana y una economía rural que durante décadas giró en torno a oficios muy concretos.
Subir a la sierra
La Sierra de Espadán empieza prácticamente al final del pueblo. Desde la Fuente Calda arranca el sendero GR‑36 que atraviesa pinares y carrascales rumbo a Eslida. El desnivel es notable y el recorrido completo requiere varias horas.
Más cerca del casco urbano hay otras opciones. En una antigua cantera se instaló una vía ferrata con tramos verticales y un par de puentes colgantes, utilizada sobre todo por gente con algo de experiencia. También existe un recorrido circular que pasa por restos de trincheras y refugios excavados durante la Guerra Civil, cuando el frente quedó estabilizado en estas colinas en 1938.
En primavera el contraste se nota mucho: abajo, en la plana, los campos de naranjos están en flor; arriba el ambiente es de sierra tranquila, con el sonido del viento entre los pinos.
Lo que se come en casa
La cocina local sigue la línea de la Plana Baixa. En invierno aparece la olla de la plana, un guiso con arroz, alubias y nabo. El espencat suele llevar pimiento y berenjena asados con bacalao y aceitunas. También es habitual la coca dulce de calabaza aromatizada con anís, que suele prepararse los fines de semana.
En las zonas de sierra todavía se elaboran embutidos de cordero curados con pimienta y tomillo, una tradición ligada al pastoreo de Espadán.
Cómo llegar y cuándo ir
La Vilavella está a unos veinticinco minutos de Castelló por la CV‑10 y aproximadamente a una hora de Valencia. No tiene estación de tren cercana; el acceso en transporte público suele hacerse en autobús desde Castelló.
El casco urbano se recorre andando en poco tiempo. Para las rutas por la sierra conviene llevar calzado de montaña y agua, sobre todo en los meses cálidos.
A principios de septiembre suelen celebrarse las fiestas de la Vila, con varios días de actos en las calles y la plaza. En enero llega Sant Antoni, una celebración muy arraigada en muchos pueblos del interior valenciano. Fuera de esas fechas el ambiente es tranquilo: por la mañana se puede subir hacia el castillo, bajar después a la fuente y recorrer el casco antiguo sin demasiada prisa.