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sobre Nules
Ciudad citrícola con un importante patrimonio histórico y zona marítima con faro; destaca su recinto amurallado de Mascarell único en la comunidad
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A media tarde, cuando el sol empieza a caer hacia el mar, los campos de clementinos de Nules desprenden un olor dulzón que mezcla piel de mandarina y tierra húmeda. Los tractores vuelven despacio por los caminos de servicio y en los márgenes quedan cajas de plástico apiladas. Desde la CV‑10, si miras hacia el este, las hileras de árboles forman una malla verde que llega casi hasta la línea azul del Mediterráneo.
El tiempo de los cítricos
Nules no vive pendiente del turismo. Vive pendiente de la huerta. Aquí nació la clemenules, una variedad de mandarina que terminó extendiéndose por buena parte del Mediterráneo. Durante los meses de recolección —habitualmente entre finales de otoño y pleno invierno— el movimiento empieza temprano: furgonetas cargadas, cuadrillas entrando y saliendo de los campos, cajas apiladas junto a las acequias.
Cuando llega la primavera ocurre lo contrario. Los árboles florecen y el azahar perfuma el aire incluso dentro del pueblo. Es un olor suave al principio, más intenso al caer la tarde, cuando baja la temperatura. Los agricultores suelen mirar mucho al cielo en esos días: una lluvia a destiempo puede estropear parte de la flor.
La huerta se pega al casco urbano sin transición clara. Sales por cualquier calle lateral y enseguida aparecen caminos de tierra, acequias de riego y pequeñas casetas agrícolas con persianas metálicas medio bajadas. Por la mañana temprano pasan ciclistas que aprovechan lo llano del terreno. Si te paras un momento, lo que se oye es el viento moviendo las hojas y, muy de fondo, el tráfico de la autovía.
Mascarell: un recinto amurallado en mitad de la huerta
A pocos minutos del núcleo principal aparece Mascarell, rodeado por una muralla renacentista bastante bien conservada. La piedra, levantada en el siglo XVI, forma un rectángulo compacto que todavía delimita el pueblo. Se entra por una de las portaladas y enseguida cambian las proporciones: calles cortas, casas bajas, el sonido de los pasos rebotando en la piedra.
Dentro viven pocas personas durante todo el año. La vida es tranquila, con macetas en los portales y tendederos que casi rozan la muralla por dentro. Desde arriba, si rodeas el perímetro por el exterior, se entiende mejor la escala: el recinto aparece aislado entre campos de cultivo.
En algunos momentos del año el silencio se rompe. Durante las fiestas del pueblo hay música tradicional y mesas largas que ocupan las calles. También se organizan ferias o mercados temáticos en determinadas fechas, cuando las plazas se llenan de puestos y el ambiente cambia bastante. Si prefieres verlo con calma, un día laborable de primavera suele ser buena elección.
Arena, mar y restos de hormigón
Las playas de Nules empiezan justo donde termina la huerta. No hay un paseo marítimo continuo de edificios altos; la primera línea se reparte entre casas bajas, caminos de arena y tramos donde la vegetación se acerca bastante al agua.
Fuera del verano el lugar tiene otro ritmo. Caminan pescadores con las cañas al hombro, vecinos paseando perros y gente que baja simplemente a mirar el mar. El agua suele entrar suave y la orilla es amplia, aunque el aspecto cambia según los temporales de invierno.
En uno de los tramos de la costa todavía se conservan varios búnkeres de la Guerra Civil. Son estructuras de hormigón bajas, medio enterradas entre matorral y arena. Se construyeron como parte del sistema defensivo de la costa en los últimos años del conflicto. Hoy están cubiertos de líquenes y plantas salinas, y al atardecer la luz entra por las troneras formando triángulos de sombra en el interior.
El Palau dels Borja y el centro del pueblo
En el casco urbano se levanta el Palau dels Borja, una construcción gótica civil poco común en esta parte de la Plana Baixa. La fachada es sobria, de piedra clara, y el interior gira alrededor de un patio con columnas y arcos apuntados. Actualmente alberga el museo local, donde se guardan piezas arqueológicas de la zona y algunos restos vinculados a la historia medieval del municipio.
A pocos pasos se abre la plaza Mayor. A ciertas horas de la tarde se llenan las mesas en las terrazas y la conversación va subiendo de volumen según baja el sol. No es una plaza monumental; es más bien un lugar cotidiano: vecinos que pasan a comprar pan, gente que se detiene a tomar café, niños cruzando la plaza en bicicleta.
Si preguntas por la paella que se cocina en las casas de aquí, lo normal es que mencionen conejo, caracoles y judía ferraura. Muchos siguen prefiriendo la leña de naranjo para el fuego. Y hay una norma que se repite siempre: cuando el arroz ya está en la paella, removerlo demasiado no está bien visto.
Cuándo acercarse y cómo moverse
La primavera suele ser uno de los momentos más agradables para pasear por los caminos de la huerta, sobre todo cuando el azahar está abierto. En verano la actividad se desplaza hacia la playa y el ambiente cambia bastante, con más movimiento en las casas del litoral.
Mascarell se recorre mejor a pie; el interior del recinto es pequeño y las calles son estrechas, así que lo habitual es dejar el coche fuera de la muralla. Si llegas en tren, la estación queda a cierta distancia del centro y conviene contar con un paseo largo o usar coche o bicicleta para moverte con más libertad.
Al final del día, si pasas por alguno de los caminos agrícolas, a veces hay pequeños puestos donde se venden mandarinas directamente del campo cuando es temporada. Pelar una allí mismo, con el olor todavía fresco en las manos y el mar a pocos kilómetros, ayuda a entender por qué en Nules casi todo gira alrededor de estos árboles.