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sobre Tales
Municipio a las puertas de Espadán con un casco antiguo de trazado irregular; ideal para senderistas y amantes de la montaña baja
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A media mañana, en Tales, la luz entra de lado por la calle Mayor y se queda pegada a los balcones de hierro. Las piedras del suelo no son iguales entre sí: algunas más gastadas, otras algo levantadas, como si cada tramo hubiera envejecido a su manera. Las fachadas, en tonos claros, reflejan un brillo suave que cambia según avanza el día. En un extremo aparece la iglesia de San Miguel Arcángel. El campanario cuadrado sobresale por encima de los tejados y, si te acercas, se distinguen detalles que mezclan épocas distintas, con restos de formas góticas y añadidos posteriores.
El borde de la sierra y los campos de cítricos
El término de Tales se apoya en las primeras laderas de la sierra d’Espadà. Desde el pueblo ya se ven los bancales escalonados que suben por el monte. En ellos crecen sobre todo naranjos y mandarinos, alineados con una precisión que sólo se aprecia bien cuando el sol está alto y dibuja sombras cortas entre las filas.
Entre los campos todavía aparecen acequias estrechas, algunas cubiertas por losas de piedra, otras abiertas y con pequeñas compuertas metálicas. No siempre llevan agua, pero siguen marcando el dibujo antiguo del riego.
Cuando el viento baja desde la sierra, arrastra un olor mezclado: resina de pino y piel de naranja. En invierno se nota más, sobre todo después de llover.
Caminos hacia la sierra d’Espadà
A las afueras del casco urbano salen varios senderos que se meten poco a poco en la montaña. Primero atraviesan huertos y márgenes de piedra seca; después empiezan los pinos y el suelo se vuelve más oscuro.
Los barrancos cercanos están cubiertos de vegetación baja, musgo en las zonas húmedas y raíces que asoman entre las rocas. No son recorridos especialmente duros, aunque conviene llevar calzado con suela firme porque el terreno cambia bastante: tramos de tierra suelta, piedra lisa y alguna pendiente corta.
En días despejados, desde ciertos puntos altos se alcanza a ver una línea pálida que corta el horizonte. Es el Mediterráneo, bastante lejos, pero visible cuando el aire está limpio.
Si vas en verano, mejor salir temprano. A partir del mediodía el calor se queda atrapado entre los pinos.
Calles tranquilas y ritmo de pueblo
Dentro del casco urbano todo ocurre despacio. Algunas calles son tan estrechas que dos coches apenas se cruzan, y no es raro encontrar sillas en la puerta de las casas cuando cae la tarde.
La calle Santa María es una de las que conservan mejor ese ambiente. El pavimento empedrado obliga a caminar con calma y las paredes, a veces encaladas y a veces de piedra vista, mantienen el fresco incluso en agosto. De vez en cuando se oye una persiana subir o el golpe seco de una puerta de madera.
Lo que se come aquí
La cocina del pueblo sigue bastante ligada al campo. En muchas casas todavía se preparan arroces con verduras de temporada, como el arròs amb fesols i naps, además de guisos sencillos con carne de cordero o conejo.
Durante la temporada de cítricos, las naranjas y mandarinas recién recogidas aparecen en pequeños puntos de venta del propio pueblo o en casas particulares. También es habitual que algunas familias conserven la costumbre de preparar embutidos o guardar conservas para el invierno.
Fiestas y momentos del año
El calendario local suele girar alrededor de las celebraciones dedicadas a San Miguel, hacia finales de septiembre. Durante esos días hay procesiones, actos en la plaza y bastante movimiento en las calles.
En enero se encienden las hogueras de San Antonio. Cuando cae la noche, el humo y el olor a leña quemada se quedan suspendidos entre las casas mientras los vecinos se reúnen alrededor del fuego.
Llegar y moverse
Tales está a unos veinte minutos en coche de Castellón. Lo habitual es llegar por la autovía hasta Onda y desde allí continuar hacia el interior por carreteras más estrechas.
Son vías tranquilas, aunque con curvas y con la posibilidad de cruzarse con tractores o vehículos agrícolas, sobre todo en época de trabajo en el campo. Conducir despacio aquí no es mala idea: el paisaje cambia a cada kilómetro, entre campos de cítricos, pinos y algún viejo molino que aparece de repente junto al camino.