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sobre Polop
Pueblo pintoresco con una plaza de los chorros icónica y un castillo literario
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Las campanas de San Pedro dan las diez cuando el sol atraviesa la plaza de 221 chorros. El agua cae con un murmullo constante que se mezcla con los pasos de los primeros excursionistas que ya bajan del Ponoig. En Polop, el agua no es solo paisaje: es el reloj del pueblo.
Desde cualquier rincón se ve el castillo. No es grande ni espectacular, pero está ahí, como un viejo vigilante que ha perdido la prisa. Las casas se apiñan en torno al cerro en tonos de tierra cocida: rojizos, ocres, amarillos apagados, como si alguien hubiera derramado un saco de caramelo suave sobre la ladera. La torre de la iglesia asoma entre ellas, más nueva que el castillo pero con la misma obstinación.
El agua que cuenta el tiempo
La Plaça dels Xorros empezó con once caños en 1855. Hoy el frente de la fuente suma doscientos veintiún chorros alimentados por manantiales de la zona, entre ellos los del Garrofer y el Terrer. Antes venían las mujeres con tinajas; ahora llegan los niños que meten las manos bajo el agua y los mayores que se sientan un rato en el borde de piedra.
El agua sale con tanta presión que el suelo suele estar húmedo. En verano se mezcla el olor de la piedra mojada con el del jabón cuando alguien se lava las manos o llena una garrafa.
En uno de los lados de la plaza hay una pequeña tienda de alimentación de las de toda la vida: embutido colgado, botellas alineadas en estanterías altas y una nevera que se abre y se cierra todo el tiempo. A mediodía, cuando el sol cae de lleno en la plaza, se oye el hielo picándose para preparar bebidas frías a quienes vienen de caminar por la sierra. No hay mesas fuera, pero la fuente hace de punto de reunión.
La casa donde el verano olía a tinta
Gabriel Miró pasó varios veranos en la casa modernista que hoy lleva su nombre. Fue en la década de 1920, cuando la carretera todavía no facilitaba tanto la llegada y el pueblo olía más a leña que a gasolina.
Dentro se conservan muebles, libros y objetos de aquella época. El escritorio, las sillas de mimbre, las contraventanas verdes que filtran la luz de la tarde. En el jardín hay un naranjo viejo cuyos frutos caen al suelo con un golpe seco, casi como si alguien cerrara un libro.
El llamado cementerio literario está en el antiguo camposanto, que dejó de usarse a mediados del siglo XX. Allí se recuerda al forastero suicida que Miró mencionó en uno de sus textos. La tumba es discreta: una losa inclinada, flores que alguien cambia de vez en cuando y el sonido del viento moviendo los cipreses.
Subir y bajar
El Ponoig (1.337 m) domina todo el paisaje de Polop. Desde el casco urbano se ve su silueta dentada, especialmente clara en los días de invierno, cuando el aire viene limpio del interior.
Una de las rutas habituales hacia la cumbre ronda los veinte kilómetros entre ida y vuelta y acumula bastante desnivel. Empieza entre bancales de almendros y acaba en roca caliza clara que cruje bajo las botas. Desde arriba, cuando el día está despejado, el Mediterráneo aparece al fondo y se distinguen los pueblos de la Marina Baixa extendidos entre huertas y urbanizaciones.
La primavera suele ser el mejor momento para caminar por aquí. Los almendros florecen a finales de enero y en marzo el campo ya huele a romero y a tierra húmeda por las lluvias. En agosto el calor aprieta y las calles del pueblo se llenan de coches y visitantes que suben desde la costa.
Si vienes en pleno verano, merece la pena madrugar. A primera hora el castillo está casi vacío y solo se oye el vuelo rápido de los vencejos que anidan entre las piedras.
Lo que no se ve en las fotos
Desde la carretera que llega desde La Nucía se consigue la imagen más repetida de Polop: las casas amontonadas en la ladera, la torre de la iglesia en el centro y el castillo arriba del todo.
Lo que la foto no enseña es el sonido constante del agua en la plaza ni el olor del pan recién hecho que sale por la calle Major a primera hora de la mañana. Tampoco se aprecia bien la pendiente que sube desde la fuente hasta la iglesia. Es corta, pero cuando el sol cae vertical en verano se hace notar.
En la parte alta del pueblo hay algunas terrazas donde sentarse un rato al final de la tarde. Desde allí el valle se abre hacia los bancales de cítricos y los tejados de teja curva, con el Ponoig recortado contra el cielo.
Polop no tiene playa ni grandes monumentos. Tiene agua corriendo todo el día, piedra antigua que ha visto pasar siglos y una plaza que funciona como reloj. Cuando bajes del castillo, antes de llegar a la fuente, date la vuelta un momento. La torre de la iglesia queda recortada sobre el cielo y las casas parecen apoyarse unas en otras para no deslizarse por la ladera. Esa imagen suele quedarse en la cabeza cuando el coche ya se ha alejado y el sonido del agua desaparece.