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sobre Alginet
Importante centro agrícola con arquitectura modernista y mercado tradicional
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A las seis de la tarde, cuando el sol baja y las sombras de los naranjos se alargan sobre la tierra removida, el turismo en Alginet empieza con un olor: azahar mezclado con tierra caliente. Un hombre mayor regaba su huerta con una manguera, el chorro caía pesado y levantaba una neblina fina de polvo que olía a estiércol y a hojas recién cortadas. Me miró un segundo y, sin dejar de regar, dijo: «Si has vengut a vore flors, ja estem tard. Les taronges estan verdes encara».
El olor de la tierra que trabaja
Alginet no es un pueblo que se muestre de golpe. No tiene un casco histórico de esos que salen en las postales ni calles antiguas pensadas para pasear despacio. Es llano, ancho, con casas bajas y fachadas de cal que el sol va cuarteando con los años. Aquí el paisaje está alrededor: huerta, acequias, parcelas rectangulares de naranjos que cambian de color según la estación.
Todavía se vive bastante pegado al calendario del campo. En marzo, cuando las alcachofas están en su punto, se ve gente agachada entre los surcos, cortando con la navaja de siempre. A primera hora hace frío y los dedos se quedan morados; más de uno trabaja con botas de goma porque el rocío empapa la tierra.
Alrededor del pueblo hay caminos agrícolas que muchos vecinos usan para caminar o ir en bici. No están pensados como ruta turística formal: son pistas de tierra entre huertos, con acequias al lado y algún tractor pasando despacio. Si ha llovido, el barro se pega a las suelas y obliga a ir con calma. A cambio, el silencio es bastante limpio: pájaros, el motor lejano de un motocultor y, a ratos, las campanas de la iglesia marcando la hora.
El tiempo que se come
En Alginet la cocina sigue bastante ligada a la temporada. No es un discurso gastronómico; es más bien lo que aparece en casa según el mes.
En enero, alrededor de la festividad de San Antonio Abad, las calles se llenan de animales que van a bendecir: perros, caballos, algún burro paciente. El aire suele oler a romero quemado y a carne en la plancha. Entre los platos que aparecen esos días está la olla de cardet, un guiso espeso hecho con cardo blanco que se cuece durante horas. Tiene un punto amargo que no a todo el mundo le entra a la primera.
Cuando llega la temporada de la naranja y la alcachofa, normalmente en primavera, el pueblo suele organizar una feria agrícola y gastronómica en la plaza. Hay puestos, zumo recién exprimido y montones de alcachofas todavía con tierra en el tallo. Una mujer mayor me explicó una vez que las mejores suenan huecas si les das un golpecito con el dedo. No sé si es ciencia o costumbre, pero desde entonces lo pruebo.
El arroz al horno de los domingos tampoco tiene mucho de ceremonial. Cassola de barro, panceta, morcilla, tomate tostado pegado al fondo y la ventana abierta mientras alguien tiene la tele encendida en el comedor. Es comida de familia, de cuando vuelven los hijos que viven en Valencia.
Lo que queda sin derribar
La iglesia de San Lorenzo sigue siendo uno de los puntos tranquilos del centro. El campanario de ladrillo visto se ve desde varias calles y, al entrar, el olor es el de siempre: cera, madera vieja, piedra fría. Las misas todavía se celebran en valenciano y, los domingos, a la salida, varios vecinos se quedan hablando bajo el porche con las manos a la espalda.
El llamado Castillo de Cabanilles no es exactamente un castillo. Es más bien una antigua casa señorial con torreones decorativos que hoy tiene uso cultural. Desde fuera parece serio, pero por la mañana, cuando hay clases, se escapan notas de clarinete o de trompeta por las ventanas abiertas.
En el Museo Valenciano de Historia Natural —un espacio pequeño que suele abrir algunos fines de semana— guardan fósiles encontrados en la zona. Uno de los trilobites, oscuro y muy bien conservado, parece una cucaracha de piedra. El hombre que estaba aquel día en la sala lo iluminó con una linterna y dijo: «Este bicho tenia ulls de calcita. Veia millor que nosaltres».
Cuándo ir y cuándo no
Alginet no vive del turismo. No hay un centro histórico preparado para multitudes ni calles llenas de tiendas. Lo más interesante suele pasar en el ritmo cotidiano: cuando los niños salen del colegio, cuando las persianas se levantan después de la siesta, cuando alguien vuelve del campo con el coche lleno de cajas.
En agosto, durante las fiestas de Moros y Cristianos, el ambiente cambia bastante. Hay desfiles, música, petardos y calles llenas hasta tarde. Tiene su gracia, pero el pueblo huele más a pólvora que a azahar.
Si vienes en época de huerta —final de invierno y primavera— trae calzado cerrado. La tierra suele estar húmeda y las alcachofas pinchan si las coges sin cuidado. Y si pasas por aquí en enero y ves un caballo entrando en la iglesia, no te sorprendas demasiado: es la bendición de San Antonio. Aquí todavía se hace así.