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sobre Alzira
Capital de la Ribera Alta con un casco histórico amurallado y el paraje natural de la Murta
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En el siglo XI, el poeta andalusí Ibn Jafaya describió la huerta de Alzira como “un jardín que flota entre dos aguas”. La imagen sigue teniendo sentido hoy. La ciudad se levanta en un meandro del Xúquer y durante siglos fue, literalmente, una isla —de ahí su nombre árabe, al‑Yazira. Con el tiempo el río se encauzó y el territorio cambió, pero el paisaje agrícola continúa marcando el carácter del lugar: huerta, acequias y naranjos que se extienden por la Ribera Alta.
Alzira no es una ciudad que revele su historia a primera vista. El crecimiento del siglo XX dejó calles rectas, bloques de ladrillo y avenidas funcionales. Pero bajo esa capa aparecen todavía fragmentos de la antigua medina islámica y de la ciudad medieval que vino después.
La muralla que quedó entre edificios
En pleno centro urbano, rodeado de construcciones relativamente recientes, aparece uno de los restos más visibles de la antigua fortificación islámica. Es un tramo largo de muralla —se suele hablar de más de doscientos metros conservados— levantado entre los siglos XI y XII para proteger la medina.
No es una muralla monumental. La fábrica es sencilla, de piedra y tapial, con almenas irregulares y algunos elementos defensivos todavía reconocibles. Lo curioso es el contexto: apareció durante obras urbanas en la década de 1970 y, en lugar de eliminarla, se decidió integrarla en el nuevo espacio público. Hoy forma parte de la vida diaria del centro. Hay bancos, árboles y gente que pasa o se sienta sin darle demasiada importancia.
A veces las ciudades conservan la historia así, casi por accidente.
El valle de la Murta y su monasterio
A pocos kilómetros del casco urbano se abre el valle de la Murta, encajado entre las montañas de la sierra de Corbera. El monasterio jerónimo de Santa María de la Murta ocupa el fondo del valle, en un lugar que explica bien por qué los monjes buscaban aislamiento.
El origen del conjunto se sitúa en la Baja Edad Media, cuando la orden de San Jerónimo se estableció aquí y fue ampliando el monasterio durante los siglos siguientes. De aquella época quedan la torre de las palomas, restos del claustro, la iglesia y algunas dependencias agrícolas. No todo ha llegado intacto: tras la desamortización del siglo XIX el edificio tuvo usos muy distintos y sufrió bastante deterioro.
En el interior todavía se conservan elementos artísticos y restos decorativos que recuerdan la importancia que tuvo el monasterio en la Ribera. La tradición local cuenta que el nombre del valle procede de unos mirtos —murta en valenciano— entre los que habría aparecido una imagen mariana.
Más allá del edificio, el valor del lugar está también en el paisaje. Senderos sencillos recorren el valle y suben hacia miradores desde los que se entiende bien la transición entre la huerta del Xúquer y las sierras que cierran la comarca.
Santa Catalina y la memoria de la antigua iglesia mayor
La plaza Mayor concentra dos de los edificios más significativos de la ciudad: el ayuntamiento renacentista y la iglesia de Santa Catalina. Esta última se levantó tras la conquista cristiana del siglo XIII sobre el solar de la mezquita principal de la medina.
El campanario suele llamar la atención porque conserva rasgos que recuerdan a un antiguo alminar. No es un caso aislado en el territorio valenciano, pero aquí ayuda a entender cómo se transformaron muchos espacios religiosos tras el cambio de poder.
Detrás de Santa Catalina queda otro episodio menos conocido. Allí estuvo la iglesia de Santa María, considerada durante siglos la iglesia mayor de Alzira. Era un templo medieval que fue ampliándose con el tiempo, pero a mediados del siglo XX se decidió su demolición por su estado estructural. Del conjunto se conservaron algunos restos —sobre todo el ábside— que hoy forman un pequeño espacio arqueológico al aire libre.
Las fotografías antiguas de la demolición circulan todavía por la ciudad y suelen provocar comentarios entre los vecinos: es uno de esos momentos en que el urbanismo de la época cambió el paisaje histórico de forma irreversible.
El puente y el río
Durante siglos el Xúquer condicionó la vida de Alzira. Las crecidas periódicas aislaban la ciudad y obligaban a reconstruir puentes una y otra vez.
El actual Puente de Hierro, levantado a comienzos del siglo XX, sustituyó a estructuras anteriores mucho más vulnerables a las riadas. Su estructura metálica, inspirada en la ingeniería ferroviaria de la época, marcó un cambio importante: permitió un paso más estable entre las dos orillas y facilitó la conexión con el resto de la comarca.
Desde el centro del puente se entiende bien la geografía local. A un lado queda la ciudad histórica; al otro, la llanura agrícola de la Ribera. Hacia el oeste empiezan a levantarse las sierras que conducen a los valles de la Murta y la Casella.
Lo que se come en casa
La cocina de Alzira es la de la Ribera: platos sencillos ligados a la huerta y al río. Muchos se mantienen más en casas y hornos tradicionales que en las cartas formales.
Uno de los dulces más conocidos es la coca escaldada, elaborada con una masa escaldada en aceite y agua, que suele llevar azúcar o canela. También es habitual el panquemado, un bollo dulce que aparece en muchas celebraciones familiares.
En los bares cercanos al mercado todavía es frecuente encontrar platos de cocina cotidiana valenciana. El espencat —pimiento y berenjena asados, normalmente con bacalao— aparece en muchas mesas. Y cuando hay anguila del Xúquer, algunos guisos tradicionales como el all i pebre siguen preparándose como siempre: ajo, pimentón, patata y tiempo de fuego lento.
Cómo llegar y cuándo ir
Alzira está conectada con Valencia por tren de cercanías. La estación queda al otro lado del río, así que para entrar en el centro hay que cruzar el Xúquer a pie o en coche.
Por carretera se llega fácilmente desde la autovía que atraviesa la Ribera Alta y enlaza con la AP‑7. Desde Valencia el trayecto suele rondar los tres cuartos de hora, según el tráfico.
La primavera es probablemente el momento en que el paisaje agrícola resulta más reconocible, con los naranjos en flor en muchas parcelas de la comarca. En marzo la ciudad vive también las Fallas, celebradas con intensidad en los distintos barrios. Y la Semana Santa tiene bastante presencia en la vida local, con procesiones y actos que ocupan buena parte del centro histórico.
Para caminar por la zona, los valles de la Murta y la Casella concentran varios senderos señalizados entre pinares y antiguos caminos agrícolas. Son recorridos accesibles que permiten entender bien el entorno natural que siempre ha rodeado a Alzira: río, huerta y montaña a muy poca distancia entre sí.