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sobre Carlet
Ciudad con ermita románica singular y tradición agrícola e industrial
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Hay pueblos donde el olor manda. En Carlet pasa con el azahar. Desde febrero se nota al bajar del coche. Los naranjos de las huertas avisan de que están ahí.
Yo llegué un sábado hacia las once. El mercado ya recogía las últimas cajas de fruta. Un señor me dio una mandarina “para probar”. Antes de darle las gracias ya me había metido otra en el bolsillo. Ese es el nivel de confianza aquí. Te tratan como al primo que vuelve después de años fuera.
La estación que parece un pastel
Una de las primeras paradas suele ser la estación del tren. Forma parte de la línea que conecta con Valencia. El edificio es de principios del siglo XX.
Tiene algo curioso. Ventanas redondas, ladrillo rojo y detalles que recuerdan al modernismo. Parece una estación sacada de una maqueta. De esas que ves en un museo del ferrocarril.
A veces hay un pequeño bar abierto dentro. A veces no. Si está cerrado, no pasa nada. Te sientas un rato en el andén y miras pasar los trenes. El ritmo aquí es ese.
Arroz al horno y otras pequeñas liturgias
Los domingos el pueblo cambia de olor. Del azahar se pasa al romero y al sofrito. Muchos hornos del pueblo trabajan ese día.
El arroz al horno sigue siendo cosa seria. Muchas familias preparan la cazuela en casa y la llevan al horno del barrio. Luego vuelve a la mesa grande. A menudo en patios o comedores donde caben tres generaciones.
Si ves a alguien caminando con una fuente tapada con un paño, casi seguro que va a eso. En Carlet la comida funciona como un grupo de WhatsApp. Todo el mundo sabe quién cocina y para cuántos.
La iglesia que se tomó su tiempo
La iglesia de la Asunción está en el centro. Empezaron a levantarla en el siglo XVIII. La obra se alargó bastante. Eso se nota cuando miras la torre.
La fachada es clara y bastante sobria. Luego está el campanario, que parece de otra conversación. Parte piedra, parte solución posterior.
Dentro el ambiente es tranquilo. Huele a cera y a madera vieja. A veces aparece algún vecino que te señala un detalle del retablo. Te cuenta la historia y se queda tan ancho.
Entre naranjos y depósitos de agua
Si tienes coche o una bici con ganas de polvo, acércate a la zona de Els Pinets. Allí quedan antiguos depósitos de agua del municipio. Son grandes cilindros de ladrillo. Probablemente del siglo XIX.
Desde lejos parecen silos. Cuando te acercas entiendes mejor para qué servían. Alrededor siguen los caminos de huerta. Los usan tractores y gente que va a las parcelas.
Yo llegué en bici y acabé con barro hasta las rodillas. Aun así mereció la pena. Al atardecer el agua de las acequias refleja los naranjos. El silencio es total.
Consejo de amigo
Carlet funciona mejor como pausa que como gran plan. Pasea un par de horas. Da una vuelta por la estación, la iglesia y la zona del mercado. Luego siéntate un rato en la plaza.
Si es domingo, sigue el olor del arroz al horno. Siempre lleva a algún sitio donde hay gente reunida.
Y antes de irte compra una bolsa de mandarinas en algún supermercado del paseo. Cuando las peles en casa te acordarás del olor del pueblo. Eso suele ser lo que más dura del viaje.