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sobre Catadau
Municipio del Marquesat con tradición vinícola y entorno de montaña baja
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A las cinco de la tarde, la luz cae rasante sobre los naranjos y todo el pueblo huele a azahar calentado por el sol. En la plaza Mayor, un hombre limpia la acera con manguera y el agua corre hacia la alcantarilla formando pequeños remolinos de polvo y hojas secas. Es un momento muy reconocible del día en Catadau: los tractores regresan de los campos, alguien recoge la ropa de los balcones y desde alguna cocina llega olor a sofrito. El ruido baja un poco y el pueblo parece quedarse en pausa durante unos minutos.
La iglesia que antes fue otra cosa
La torre de San Pedro Apóstol se ve desde casi cualquier calle porque el casco urbano es bastante llano. Desde la plaza se llega en un paseo corto, subiendo despacio por calles tranquilas donde todavía quedan casas con azulejo antiguo en los portales.
La iglesia actual responde a una reforma posterior, más cercana al estilo neoclásico, pero bajo esa piel hay restos de épocas anteriores. En el pueblo se repite a menudo que el templo se levantó sobre una antigua mezquita, algo habitual en esta parte de la Ribera tras la conquista cristiana, aunque los detalles no siempre están claros. Dentro se perciben esas capas: arcos que no encajan del todo con el resto del edificio y muros más antiguos que el revestimiento.
Junto a la parroquia suele mencionarse también el Centro Católico‑Social, un edificio que llama la atención por su fachada y por ese reloj que muchos vecinos miran de reojo aunque no siempre marque la hora correcta. En su interior todavía se organizan partidas de cartas y reuniones vecinales algunos días de la semana.
Si la sacristía está abierta, a veces dejan pasar al pequeño museo parroquial. Conserva piezas antiguas de orfebrería y objetos litúrgicos que solo salen en procesión en fechas señaladas.
El cerro de Santa Bárbara
Cuando alguien habla del castillo de Catadau conviene imaginar más bien el lugar donde estuvo. Hoy lo que queda es sobre todo el cerro y el nicho con la imagen de Santa Bárbara mirando hacia el pueblo.
La subida se hace por un camino de tierra que arranca cerca del casco urbano. No es larga, pero tiene la pendiente suficiente para que te des cuenta de que estás saliendo del valle. Los domingos por la mañana suelen pasar ciclistas y gente que sube a caminar antes de comer.
Arriba el paisaje se abre hacia la Ribera Alta: huertas en parcelas muy ordenadas, caminos rectos entre naranjos y, cuando el aire está limpio, la línea azulada de la sierra al fondo. Al caer la tarde la luz cambia rápido y los campos toman ese tono dorado que dura apenas unos minutos.
Cerca queda también la zona de pinar de La Fonxela, donde algunas familias del pueblo salen a dar una vuelta corta con los niños o a sacar a los perros cuando baja el calor.
Años movidos en el ayuntamiento
En el ayuntamiento conservan algunas referencias curiosas de finales del siglo XIX. Durante un periodo relativamente corto parece que el cargo de alcalde cambió varias veces, algo que en los archivos municipales aparece casi como una nota al margen. No es raro encontrar historias así en pueblos agrícolas de la época, donde la política local dependía mucho de equilibrios familiares y económicos.
Hoy el ritmo es otro. Las tardes siguen teniendo algo previsible: vecinos sentados a la puerta cuando llega el buen tiempo, conversaciones largas en la plaza y partidas de cartas que se alargan sin mirar demasiado el reloj.
Caminos entre naranjos y barrancos
Quien venga a caminar encontrará varios senderos señalizados en la sierra cercana. Uno de los más conocidos es el que pasa por la zona de Matamón, un recorrido circular que suele arrancar cerca del cementerio y que se interna en el Barranco de la Romana.
El camino alterna pistas de tierra con tramos de sendero más estrecho. Hay subidas que obligan a bajar el ritmo, pero en general se puede hacer sin material especial si estás acostumbrado a andar.
En el barranco aparece el Charco Claro, una poza natural que en verano atrae a los chavales del pueblo. El agua no siempre está tan transparente como sugiere el nombre, pero cuando ha llovido en semanas anteriores suele haber suficiente para refrescarse o mojarse los pies.
Otro itinerario más corto sube hacia la cresta de la sierra por la zona que muchos llaman La Coladita. Arriba corre bastante aire incluso en días calurosos, y cuando la humedad es baja algunos dicen que se intuye el mar muy a lo lejos.
Si vienes a caminar, evita las horas centrales en verano. El calor en la Ribera aprieta y hay tramos con poca sombra.
Cómo llegar y cuándo ir con calma
Catadau queda a unos 35 minutos de Valencia en coche. Mucha gente entra por la A‑7, aunque las carreteras comarcales que cruzan las huertas permiten entender mejor el paisaje agrícola que rodea el pueblo.
En marzo el aire suele llenarse de olor a azahar. No es un perfume constante: aparece y desaparece según sople el viento entre los campos.
Agosto cambia bastante el ambiente. Entre semana el pueblo mantiene su ritmo habitual, pero los fines de semana llegan más coches desde Valencia y el movimiento se nota en las calles del centro.
Si vas a aparcar cerca de la plaza, conviene hacerlo temprano. A media mañana ya hay bastante movimiento y es más fácil encontrar hueco en las calles que rodean el casco antiguo, muchas de ellas bordeadas por naranjos que dan algo de sombra.