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sobre La Pobla Llarga
Cuna del compositor Calixto Pérez rodeada de naranjos y con comercio local
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Hay un momento, justo después de pasar Alzira, cuando el GPS te dice que cojas una salida que parece llevar a ninguna parte. La autopista se queda atrás, el paisaje se abre y de repente estás rodeado de naranjos alineados hasta donde alcanza la vista. Ese es más o menos el recibimiento habitual cuando llegas a La Pobla Llarga, en plena Ribera Alta: un pueblo donde la huerta sigue marcando el ritmo.
El pueblo que se come
La primera vez que vine fue por culpa de un arroz. No cualquier arroz, sino uno de esos caldosos de los que te hablan en Valencia con los ojos brillando. “Tienes que probar el de La Pobla”, me dijeron. Y aquí estoy, años después, todavía volviendo.
Porque este pueblo de algo más de 4.000 habitantes no juega la carta del castillo ni de las vistas de vértigo. Aquí el asunto va más por otro lado: la cocina de casa.
El arroz al horno suele mandar en muchas mesas: judías, nabo, costilla, morcilla… cosas sencillas que juntas funcionan. Los domingos el pueblo huele a sofrito desde media mañana. Sabes cuando pasas por una calle y, sin ver la cocina, ya tienes claro lo que se está preparando dentro. Pues eso pasa bastante aquí.
Entre siglos y naranjas
Pasear por La Pobla Llarga es más bien tranquilo. Calles rectas, casas de varias alturas y ese ritmo de pueblo donde siempre hay alguien apoyado en la puerta mirando quién pasa.
La iglesia de San Pedro aparece de repente entre las calles del centro. La fachada es renacentista y bastante sobria, de esas que te hacen frenar un momento aunque no seas de entrar a iglesias. Los domingos sigue siendo punto de encuentro para muchos vecinos, así que a la salida hay más conversación que solemnidad.
En la calle Major todavía quedan casas con escudos en la fachada. Lo curioso es el contraste: piedra antigua arriba y, abajo, la vida normal de cualquier pueblo de la Ribera. Ropa tendida en el balcón, una persiana a medio bajar y un coche aparcado justo delante.
Otro edificio que llama la atención es un antiguo almacén de naranjas, con fachada modernista. Si te fijas bien, se nota que aquello no estaba pensado para lucirse sino para trabajar: ventanales grandes, puertas amplias, estructura práctica. Durante años salieron de ahí toneladas de cítricos hacia media Europa.
Cuando el pueblo se viste de largo
Las fallas también forman parte del calendario local. En marzo aparecen los monumentos en las plazas y el ambiente cambia: petardos, gente en la calle y conversaciones eternas sobre si el tiempo va a respetar la cremà o no.
Y luego están los Moros y Cristianos, que suelen celebrarse en octubre. No tienen el despliegue de las ciudades grandes, pero precisamente por eso se viven de otra manera. Estás a un metro de las comparsas, reconoces a la gente bajo el traje y es fácil acabar hablando con alguien que te cuenta cómo se organiza todo desde dentro.
El consejo de un amigo
Si vienes a conocer La Pobla Llarga, hazlo con hambre. No es un sitio de miradores ni de calles medievales de postal. Es más bien de mesa larga, paseo tranquilo y sobremesa.
Mi plan cuando traigo a alguien suele ser simple: llegar cerca de la hora de comer, aparcar por el centro —normalmente no cuesta demasiado— y sentarse con calma a un buen arroz. Luego un paseo por la rambla o por las calles del casco urbano para bajar la comida.
Si te gusta fijarte en los detalles históricos, en la Casa de la Cultura conservan una cruz de término antigua que suele fecharse en la Edad Media. Es una de esas piezas que te recuerdan que este lugar lleva siglos siendo punto de paso en la Ribera.
Y un último apunte curioso: por aquí pasa el Camino de Santiago de Levante. No tiene el ambiente multitudinario de otras rutas, pero de vez en cuando ves a algún peregrino cruzando el pueblo con la mochila y el bastón.
La Pobla Llarga funciona un poco así: sin mucho ruido, sin intentar llamar la atención. Pero si caes por aquí a la hora adecuada —cuando la cocina está en marcha y el pueblo va despacio— entiendes rápido por qué la gente vuelve. Muchas veces por el arroz. Otras simplemente por el ambiente.