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sobre L'Alcúdia
Importante centro agrícola y comercial con restos arqueológicos y una activa vida cultural
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L'Alcúdia es como ese primo que solo ves en las bodas: cuando llegas te das cuenta de que tiene cosas que contar, pero nadie se las ha preguntado nunca. El turismo en L'Alcúdia no funciona a base de grandes monumentos ni de fotos espectaculares. Es más bien un pueblo de la Ribera que vive a su ritmo, a media hora de Valencia en tren, con unos 12.000 vecinos repartidos entre naranjos y la vega del Xúquer. Aquí las cosas pasan despacio: el campo por la mañana, la plaza por la tarde y conversaciones que se alargan más de lo previsto.
El olivo “milenario” (y el sentido del humor del pueblo)
Uno de los primeros lugares que suelen enseñarte es el llamado Olivo Milenario. Si preguntas por él, probablemente alguien te contará la historia con media sonrisa: el árbol se plantó en 1993, el día de San Andrés. Nada de dos mil años.
La broma colectiva es que todo el mundo lo llama “bimilenario”. Forma parte de esa ironía tranquila que tienen muchos pueblos de la Ribera: se sabe que la historia es reciente, pero el nombre se ha quedado.
Más allá de la anécdota, el paseo hasta allí merece la pena. Desde Montortal sale un caminito de unos dos kilómetros entre campos de naranjos. En primavera huele a azahar y el trayecto es de esos que haces casi sin darte cuenta. No hay monumento espectacular al final, solo un árbol grande y sombra suficiente para parar un rato.
La iglesia de San Andrés y las pinturas de Vergara
La Iglesia de San Andrés se empezó a levantar en el siglo XVIII y las obras se alargaron varias décadas. Vista desde fuera es sobria, como muchas iglesias valencianas de la época, pero dentro cambia la cosa.
Las pinturas murales se atribuyen a Josep Vergara, uno de los pintores valencianos del XVIII. Aquí realizó un conjunto bastante amplio que cubre buena parte del interior. No hace falta saber de arte para notarlo: entras y las paredes están vivas, llenas de escenas y color.
En verano, además, es uno de esos sitios donde apetece entrar unos minutos solo por el frescor.
Comida de pueblo, de la que se entiende mejor sentado a la mesa
En L'Alcúdia la cocina tira mucho de tradición local. Algunos nombres suenan raros si no eres de la zona.
La coca de mollitas, por ejemplo, lleva una base cubierta con migas de pan, ajo y pimentón. Sobre el papel puede parecer una ocurrencia, pero cuando la pruebas entiendes por qué sigue haciéndose.
También está la olla con tagarninas, un guiso con este cardo silvestre que tradicionalmente se recogía por los campos. Son platos muy de casa, de los que aparecen cuando llega el frío.
Y luego está el arroz. La versión más habitual por aquí suele llevar conejo y caracoles. No es el arroz que se ve en los paseos marítimos: aquí los caracoles van en serio.
Si coincides con fiestas o comidas populares, verás mesas largas y cazuelas enormes. Es bastante normal que acabes hablando con gente que no conocías diez minutos antes.
Caminar o pedalear entre acequias y huerta
El paisaje alrededor del pueblo es pura huerta de la Ribera. Nada espectacular en el sentido clásico, pero sí muy agradable para moverse sin prisa.
La Séquia Real del Xúquer marca uno de los recorridos más fáciles para bicicleta o paseo largo. El canal avanza entre campos y conecta con pueblos cercanos. El terreno es prácticamente llano, así que no hace falta ser ciclista habitual.
También hay recorridos junto al Riu Magre y caminos agrícolas que usan los vecinos para andar o correr. En invierno algunos tramos pueden tener barro, pero en primavera la zona está especialmente verde y huele a campo recién trabajado.
Cuándo acercarse
Septiembre suele ser el mes con más ambiente por las fiestas patronales de la Virgen del Oreto. El pueblo se llena y el ritmo cambia bastante respecto al resto del año.
Si prefieres verlo con más calma, mayo es buen momento. El tiempo acompaña y los campos están en uno de los momentos más bonitos del ciclo agrícola.
En noviembre, cerca de San Andrés, el ambiente es más tranquilo todavía. Menos gente en la calle, pero la vida del pueblo sigue igual: mercado, bares llenos a ciertas horas y vecinos que se paran a charlar en cualquier esquina.
La verdad del asunto
L'Alcúdia no es de esos sitios que te dejan con la boca abierta a los cinco minutos. No hay castillo en lo alto de una peña ni una plaza monumental.
Lo que encuentras es un pueblo que funciona como siempre ha funcionado: agricultura alrededor, mercado semanal, terrazas donde la gente se conoce por el nombre. Si te gusta ver cómo es la vida cotidiana en la Ribera Alta, pasar una mañana entre huerta y acabar comiendo bien, encaja bastante.
Es ese tipo de sitio donde, si te sientas un rato en una terraza cerca de la estación o de la plaza, acabas entendiendo el ritmo del lugar sin que nadie tenga que explicártelo demasiado.