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sobre Llombai
Conocido por su Mercado Renacentista de los Borja y producción de piel
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Las campanas de la iglesia repican a las ocho de la mañana y el aire huele a naranja amarga. En una de las naves agrícolas del pueblo se oye el murmullo de voces: los agricultores llegan con cajas de clementinas todavía cubiertas de rocío. En Llombai, el día empieza cuando el frío pica en las manos y el cielo está limpio de niebla. Aquí no hay prisa. Ni siquiera el río Magro corre deprisa.
El olor de la huerta y el ruido de la historia
Caminar por el centro es cruzar una línea invisible entre siglos. Las casas bajas, con portones de madera ya gastados por el sol y la humedad, recuerdan que este lugar lleva mucho tiempo viviendo del mismo paisaje: la huerta alrededor y la sierra un poco más allá.
En la plaza Mayor está el ayuntamiento, levantado donde antes hubo una iglesia dedicada a los Sants Joans. Bajo el suelo todavía aparecen restos cuando se hacen obras. En una de esas intervenciones salieron a la luz enterramientos antiguos; durante un tiempo se podían ver a través de una pequeña abertura protegida. No es raro en pueblos de esta zona: la historia suele aparecer justo debajo de las baldosas.
La iglesia de la Santa Cruz, a pocos pasos, es más discreta de lo que su nombre sugiere. Por dentro guarda una cruz de plata asociada a San Francisco de Borja, muy ligado a Llombai y a toda esta parte de la Ribera. Cuando el sol de la tarde entra por una vidriera lateral, la plata refleja una luz suave que apenas dura unos minutos.
El antiguo convento dominico, fundado en el siglo XVI por el propio Borja, permanece hoy en silencio la mayor parte del tiempo. Sus claustros de piedra clara cambian bastante cuando se organizan mercados o ferias vinculadas a la historia de la familia Borja. Entonces aparecen puestos de artesanía, gente paseando despacio y un olor persistente a especias y a masa frita.
Cuando el campo se come en cazuela
En Llombai la cocina tiene el mismo ritmo que el campo. La olla de la plana, que suele prepararse en invierno, mezcla alubias blancas, nabo y carne de cerdo en un caldo espeso que calienta las manos antes incluso de probarlo. No es un plato vistoso. Es comida pensada para jornadas largas de trabajo entre naranjos.
También es fácil encontrar la coca de mollita en los hornos del pueblo: masa sencilla cubierta con miga, aceite y sal. La superficie queda crujiente y algo desordenada, como si alguien hubiera espolvoreado pan rallado sin preocuparse demasiado por la forma.
A principios de febrero aparecen las rosquillas de San Blas. Son secas, con un punto de anís que se queda en la nariz más que en la boca. Tradicionalmente se preparan para esa fecha concreta, y por la mañana suelen desaparecer rápido.
El campo que no se ve desde la carretera
Desde la carretera comarcal que atraviesa la Ribera, Llombai parece poco más que un grupo de tejados entre naranjos. Pero basta con dejar el coche y caminar hacia el Magro para entender mejor el lugar.
Hay senderos que bajan hasta los estrechos del río, donde el agua discurre entre carrizos altos y paredes bajas de roca. En otoño todo se vuelve dorado y el sonido que domina es el de los pájaros moviéndose entre los juncos. Con un poco de paciencia se ven garzas y, a veces, el destello rápido de un martín pescador.
La subida hacia la sierra del Caballón cambia el paisaje. El camino arranca suave entre campos y poco a poco se vuelve más pedregoso. Son unos diez kilómetros hasta enlazar con el término de Real. Arriba el aire huele a romero y a tierra seca. Desde algunos puntos se ve el valle entero: parcelas rectangulares de naranjos que alternan verdes oscuros y naranjas encendidos según la época.
Si subes al atardecer en invierno, lleva chaqueta. Cuando cae el sol, el frío baja de la sierra bastante rápido.
Cuándo venir y cuándo volverse
Febrero suele ser un buen momento para acercarse a Llombai. Coincide con las celebraciones de San Blas y el pueblo se anima con hogueras, dulces tradicionales y bastante movimiento en las calles.
En enero también se encienden fuegos por San Antonio. El humo se queda pegado a la ropa y al pelo durante horas, algo bastante típico de estas fiestas en la Comunidad Valenciana.
Agosto trae las celebraciones vinculadas a San Francisco de Borja. Hay música, verbenas y más gente de la habitual. El ambiente cambia bastante: el pueblo se llena y el silencio de otros meses desaparece.
Si prefieres caminar tranquilo, prueba a venir entre semana, en cualquier mes de invierno o a principios de primavera. A media mañana, cuando el sol empieza a calentar los naranjos y apenas pasan coches, Llombai vuelve a su ritmo normal. Y ese ritmo es, precisamente, lo que merece la pena ver.