Artículo completo
sobre Manuel
Conocido por el paraje natural de las Salinas de Manuel de interior
Ocultar artículo Leer artículo completo
El tren para en Manuel-Énova y bajas con la sensación de que alguien se ha olvidado de encender el volumen del pueblo. No es que esté vacío, ni mucho menos, pero hay un silencio raro si vienes de ciudad. De esos que en Madrid solo aparecen a las tres de la mañana. Luego caes en la cuenta: el río Albaida corre cerca y los campos de naranjos alrededor funcionan como una especie de colchón contra el ruido. Es como si el pueblo hubiese puesto el móvil en modo avión.
El olor que no sale en las guías
Si sales a caminar por la Vía Verde del Albaida —ese carril para bici y paseo que antes era vía de tren— hay un momento en que te llega el olor. Azahar, tierra seca, algo de agua del río. Es muy de la Ribera Alta en primavera, cuando los naranjos están en flor y el campo empieza a moverse después del invierno.
La ruta hacia l’Énova es corta y bastante llana. La gente del pueblo la usa para pasear, correr un rato o sacar al perro. Si vas despacio, que es como tiene sentido hacerlo aquí, empiezas a fijarte en detalles: acequias antiguas, algún huerto cuidado con mimo, y de vez en cuando un cernícalo parado en un poste mirando el suelo como si estuviera calculando algo.
No es una excursión épica. Es más bien el típico paseo que haces después de comer para despejarte.
El arroz que no es paella
Si te sientas a comer por aquí, lo más probable es que el arroz no llegue en paella. Lo normal en muchos bares de la zona es el arroz al horno. Piensa en él como el primo más contundente de la paella: menos espectáculo y más sustancia. Lleva costilla o panceta, embutido, garbanzos y esa capa dorada de arriba que es lo que todo el mundo busca primero.
Es de esos platos que te dejan claro que luego toca caminar un rato o asumir la siesta.
En invierno a veces aparece la olla de cardet, un guiso de cardo con verduras y carne que en casa de muchos todavía se cocina cuando aprieta el frío. El cardo tiene una textura curiosa, a medio camino entre alcachofa y espárrago.
Y luego están las cocas dulces con anís o las pastas duras que aquí llaman rossegons. Cosas muy de horno de pueblo, que no siempre encuentras todos los días. A veces preguntas y te dicen que se hacen más en fiestas o en determinadas épocas.
Fiestas con tractor
Cuando llega San Isidro, el ambiente cambia bastante. Manuel sigue teniendo mucha relación con el campo, así que los tractores salen a la calle y se adornan con flores, cintas y lo que cada uno tenga a mano. La imagen es curiosa: máquinas enormes avanzando despacio mientras la gente saluda desde la acera.
La procesión acaba normalmente cerca de los campos, con la bendición de la tierra. Puede sonar un poco antiguo, pero verlo allí, rodeado de agricultores que se conocen de toda la vida, tiene su lógica.
En septiembre suelen celebrarse las fiestas patronales, con actos religiosos, verbenas y bastante vida en la calle durante varios días. No es un calendario pensado para turistas; es más bien el momento en que el pueblo se junta.
Caminos hacia el Júcar
Si te apetece moverte un poco más, alrededor de Manuel hay varios caminos agrícolas que van subiendo suavemente hacia pequeñas lomas desde donde se ve el valle. No es alta montaña ni nada parecido, pero cuando ganas algo de altura aparece el Júcar serpenteando entre campos y entiendes rápido por qué toda esta zona ha vivido siempre de la huerta.
Son paseos cortos, de esos que haces casi sin darte cuenta.
Luego vuelves al pueblo y llega la parte práctica: comer. Aquí conviene adaptarse al ritmo local. No hay una fila interminable de sitios donde elegir ni horarios eternos de cocina. Si quieres sentarte a comer caliente, lo sensato es llegar a una hora razonable. Si te despistas, igual acabas tirando de algo rápido y aprendiendo la lección para la próxima.
Un pueblo que va a su ritmo
El turismo en Manuel funciona de otra manera. No hay tiendas de recuerdos, ni grupos siguiendo a alguien con paraguas en alto. Hay una estación de tren que conecta con otros pueblos de la Ribera, calles tranquilas y campos alrededor.
Es ese tipo de sitio al que vienes a dar una vuelta, caminar un rato junto al río, comer bien si pillas el día adecuado y seguir camino.
Y la verdad: a veces se agradece que un pueblo no esté intentando impresionarte todo el tiempo. Aquí simplemente están a lo suyo. Y tú, si quieres, te sumas un rato.