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sobre Monserrat
Municipio con muchas urbanizaciones y tradición musical y agrícola
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A primera hora, cuando la carretera todavía va casi vacía, el aire huele a romero seco y a humo ligero. Son las colmenas que algunos apicultores siguen trabajando a la manera antigua. Antes de entrar en el pueblo, el paisaje cambia poco a poco: naranjos, algún algarrobo viejo, la sierra acercándose. Así empieza el turismo en Monserrat, sin un gran cartel ni una vista repentina. Las casas aparecen poco a poco, apretadas sobre una loma que sobresale del llano.
Cuando la carretera empieza a subir, el valle se abre detrás. La tierra se vuelve rojiza en algunos bancales y el mosaico de huerta se entiende mejor desde arriba.
La hora en que el pueblo huele a pan de maíz
Entre primera hora de la mañana y media mañana, el centro de Monserrat suele oler a coca de masegura recién hecha. Es una masa sencilla de harina de maíz, aceite y hierbas. Aquí se ha comido durante generaciones como sustituto del pan.
La plaza Mayor todavía está medio en silencio a esa hora. La iglesia suele tener la puerta abierta y dentro quedan algunos azulejos antiguos que narran escenas de la vida de la Virgen. Los colores siguen vivos: azules intensos, verdes algo gastados por el tiempo. Si te acercas mucho, se ven pequeños detalles pintados casi como un capricho del artesano. En uno de los paneles aparece un pájaro oscuro escondido entre hojas.
Son cosas que se ven mejor cuando el pueblo aún no está del todo despierto.
Subir al Castellet por la senda de tierra
La subida al Castellet empieza en la parte alta del casco urbano, donde el asfalto termina y el camino se vuelve de tierra clara. El sendero serpentea entre pinos carrascos y manchas de romero. No es una subida larga, pero el suelo suelto obliga a caminar con algo de cuidado.
Arriba quedan restos del antiguo asentamiento. Muros bajos de tapial y piedra que casi se confunden con el terreno. Desde allí se ve todo el pueblo extendido hacia la huerta: tejados rojizos, el campanario, las parcelas alineadas.
En días de viento se escucha a lo lejos el tren que cruza la Ribera. La línea llegó a esta zona cuando el comercio de cítricos empezó a moverse con fuerza hacia Valencia. Hoy sigue pasando, aunque el paisaje agrícola ya no funciona exactamente como antes.
Conviene subir temprano o al final de la tarde. A mediodía el sol cae de lleno sobre la ladera.
La cresta hacia Montroi
Una de las caminatas más habituales sigue la sierra en dirección a Montroi. La senda recorre varios kilómetros de monte bajo. No hay grandes desniveles, pero sí tramos expuestos al sol.
En primavera el suelo se llena de matas aromáticas. Tomillo, romero y lavanda silvestre. Cuando el viento mueve las plantas, el olor se mezcla con el zumbido constante de las abejas.
No hay muchas fuentes en el recorrido, así que conviene llevar agua desde el pueblo. En uno de los collados hay una pequeña captación que a veces deja caer un hilo de agua hacia un abrevadero improvisado.
La vuelta pasa cerca de un antiguo motor de riego, una máquina que en su día bombeaba agua para los campos de naranjos. La estructura de hierro aún se distingue entre los árboles. En noches de riego, el aire de la huerta suele oler a tierra mojada y metal caliente.
Las fiestas de agosto
A mediados de agosto el ambiente cambia bastante. Las fiestas patronales llenan las calles de mesas largas, música y pólvora. Al caer la tarde, muchas familias sacan comida a la calle. En varias casas se cocina all i pebre de anguila en paelleras grandes.
Es un plato contundente, muy ligado a la tradición de la Ribera. La preparación suele hacerse entre vecinos o familiares, más que como comida pensada para quien llega de fuera.
Cuando cae la noche, la pólvora vuelve a dominar el aire. Durante un rato el pueblo huele a azufre, a romero pisado y a humo que se queda suspendido entre las calles estrechas.
Algunas cosas que conviene saber antes de venir
Entre semana el monte suele estar tranquilo. Los fines de semana aparecen grupos de ciclistas y senderistas que usan los mismos caminos de la sierra, así que algunos tramos se llenan más de lo que parece desde el mapa.
Aunque el clima aquí es suave gran parte del año, las mañanas de primavera pueden ser frescas en la cresta de la sierra. Una chaqueta ligera suele venir bien si se sale temprano.
Platos como la paella con caracoles o ciertos guisos tradicionales se preparan sobre todo en casas durante fiestas o reuniones familiares. No forman parte del menú diario en cualquier momento del año.
Si se llega al atardecer, merece la pena detenerse un momento antes de salir del término municipal. Cuando el sol cae detrás de la sierra, la huerta se vuelve dorada durante unos minutos y el pueblo queda en silencio, con ese olor a tierra húmeda que aparece cuando termina el riego.