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sobre Real
Anteriormente Real de Montroy pueblo agrícola junto al río Magro
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Las campanas del campanario marcan las siete y media cuando la primera luz cae sobre los naranjos que rodean el pueblo. La bruma de la noche todavía se queda pegada a las acequias y el aire huele a tierra húmeda y a azahar. El turismo en Real empieza muchas veces así, con esa mezcla de humedad y perfume que se cuela por las persianas antes de que el pueblo termine de despertarse.
El paseo de la calle Mayor
Empieza por la calle Mayor, justo donde el asfalto deja paso a losetas más viejas. Las casas son bajas, con portales anchos y paredes que aún guardan el fresco de la madrugada. A esa hora suele pasar el panadero y algún vecino que arrima una silla a la puerta para buscar el primer sol.
La plaza de la Constitución queda a unos minutos. La fuente mantiene un chorro constante que golpea la piedra con un sonido regular, casi hipnótico. Ese ruido tapa el murmullo lejano de la carretera que pasa por la comarca. Durante unos segundos parece que no haya nada más alrededor.
La iglesia de San Pedro queda en la parte más alta. No aparece de golpe. Primero se ve una esquina de la torre entre dos fachadas, luego la portada entera cuando la calle termina de subir. La piedra es clara y con la luz de la mañana toma un tono dorado suave. Dentro suele oler a cera gastada. El suelo cruje al caminar y las vidrieras, más recientes de lo que muchos imaginan, tiñen las paredes con un azul limpio cuando entra el sol.
Cuando el arroz manda en la mesa
Aquí la paella sigue siendo comida de domingo. Se cocina en patios o cocheras abiertas, con sillas alrededor y conversaciones largas mientras el caldo reduce. Muchas veces la leña sale de ramas de naranjo podadas durante el invierno. El humo tiene un olor ligeramente dulce que se queda en la ropa.
No es un plato que aparezca cada día en los menús de los bares del pueblo. Lo normal es verlo en reuniones familiares. Pollo, judía verde, garrofó y arroz. Sin adornos. El color suele venir del azafrán o de lo que cada casa tenga a mano en la despensa. Es una cocina que no necesita explicar nada porque forma parte del ritmo del lugar.
Entre acequias y campos de naranjos
Detrás del cementerio sale un camino de servicio de tierra que sigue una acequia. El agua parece quieta, pero si metes la mano se nota la corriente empujando con calma. A los lados se alinean los naranjos formando una especie de pasillo verde. Entre las hojas entran rayas de luz que se mueven con el viento.
En marzo y abril el olor del azahar llena todo el camino. Es intenso, casi denso. En invierno el paisaje cambia: los árboles cargados de fruta naranja sobre el verde oscuro, con cajas de recolección apoyadas en los márgenes y algún tractor pasando despacio.
Si sigues el canal un buen rato aparece una pequeña bifurcación del agua. Hay una caseta de riego de ladrillo y un pretil donde a veces se sientan los agricultores a mirar el nivel de la acequia. Es un buen lugar para entender cómo funciona la huerta de esta zona: aquí el agua sigue marcando los tiempos.
Cuando cae la tarde en la plaza
Al final del día la plaza vuelve a llenarse de voces. Las persianas suben para que corra el aire y la luz se vuelve más dorada sobre las fachadas. Hay mesas en una terraza y vecinos que se quedan hablando mientras los niños cruzan la plaza de un lado a otro.
El pueblo baja el ritmo cuando anochece. No hay mucho ruido ni luces fuertes. Desde la parte trasera de la iglesia se abre una vista sencilla pero amplia: una llanura de naranjos que se pierde hacia el horizonte. Con la humedad de la noche el olor del azahar vuelve a notarse.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
La flor del naranjo suele abrirse entre marzo y abril y es cuando el olor llena los caminos de la huerta; si eres sensible al polen conviene llevar algo para la alergia. En invierno coincide la recolección y no es raro ver tractores y remolques cargados de fruta entrando y saliendo al amanecer. En algunos puentes festivos de primavera aumenta bastante el tráfico de coches por la zona y cuesta más aparcar cerca del centro. Si vas a caminar por los caminos de riego, mejor llevar calzado cerrado: el suelo de la huerta tiene surcos irregulares y cuando se riega el barro aparece rápido. Y si algún agricultor te ofrece probar una naranja recién cortada, acéptala; recién cogida del árbol el sabor cambia bastante.