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sobre Almussafes
Conocido por albergar la factoría Ford y por su torre árabe histórica en el centro
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A las seis de la mañana, el humo de las chimeneas de la planta de coches se mezcla con la niebla baja de la marjal. Los almussafenses ya están en pie: algunos rumbo al turno temprano, otros hacia las huertas donde los naranjos, todavía oscuros, reflejan los primeros brillos del amanecer. El pueblo huele a pan reciente de una de las tahonas del centro y, si el viento gira hacia el sur, llega también ese olor ligeramente salobre que sube desde las zonas húmedas.
Hablar de turismo en Almussafes implica aceptar esa mezcla: campo, industria y un casco urbano que ha crecido rápido en pocas décadas.
Entre la torre y la fábrica
La Torre Razef aparece de pronto entre las casas como un dedo de piedra. Es el resto más visible de cuando este lugar se conocía como Al‑Mansaf, un punto de control en el camino que unía Valencia con el sur. La escalera interior sube en espiral estrecha; los peldaños, pulidos por siglos de uso, obligan a apoyar bien el pie.
Desde arriba —cuando está abierta— se ve con claridad la estructura del pueblo: las calles rectas del crecimiento de los años setenta, el casco más antiguo alrededor de la plaza y, al fondo, el polígono industrial que marca buena parte de la vida diaria.
La apertura de la torre no siempre es regular. A veces se puede visitar en fines de semana o en actividades puntuales organizadas por el ayuntamiento, pero conviene informarse antes de acercarse con la idea de subir.
Calles de pueblo que crecieron deprisa
Caminar por Almussafes tiene algo de transición constante. En una misma manzana aparecen portones antiguos de madera, casas bajas con azulejos en la entrada y bloques más recientes levantados cuando el pueblo empezó a crecer con la llegada de la industria.
En la plaza de la Constitución está el ayuntamiento, construido a principios del siglo XX. La fachada mezcla ladrillo y piedra clara, y a ciertas horas de la tarde la luz lateral marca muy bien las aristas de la torre.
A mediodía el parque de San Antonio suele llenarse de vecinos que se sientan a la sombra. En abril el aire trae olor de azahar desde los campos cercanos; en otoño, cuando llueve, el suelo de tierra húmeda deja un aroma que recuerda más a huerta que a zona urbana.
Si paseas a última hora de la tarde, todavía es fácil ver a gente sacando la silla a la puerta de casa. Conversaciones largas, coches que pasan despacio, alguna bicicleta cruzando la calle.
Cuando llegan las fallas y las fiestas del verano
En marzo el ritmo cambia con las fallas. Varias comisiones del pueblo levantan sus monumentos y durante unos días el sonido de los petardos sustituye al zumbido habitual del tráfico hacia el polígono. Por la noche, cuando los fuegos artificiales iluminan el cielo, las naves industriales del entorno aparecen recortadas al fondo como siluetas blancas.
En verano llegan las fiestas dedicadas a San Bartolomé. Las calles del centro se cierran al tráfico y aparecen mesas largas donde se cocina en grandes calderos. Uno de los platos que suele prepararse es la caldera de fesols i naps, un guiso contundente de alubias y nabo que huele a leña y a cocina lenta. La banda de música recorre el pueblo y el ambiente se vuelve más de reunión que de espectáculo.
La marjal cerca de casa
A pocos kilómetros, hacia el Port de Sollana, el paisaje cambia. El asfalto termina en caminos de tierra y los naranjos dejan paso a acequias, carrizales y parcelas que en otro tiempo estuvieron dedicadas al arroz.
Los domingos temprano es habitual ver ciclistas y gente caminando por estos caminos, antes de que el calor apriete. En invierno la niebla se queda baja sobre el agua y todo se vuelve silencioso, salvo por los perros de alguna alquería dispersa o el ruido de las aves levantando el vuelo.
Si ha llovido recientemente conviene llevar calzado que no importe manchar. El barro de la marjal se pega a las suelas con facilidad.
Un pueblo pequeño con agenda propia
A lo largo del año el municipio organiza actividades culturales que a veces sorprenden para un pueblo de su tamaño. Desde hace años se celebran encuentros relacionados con la magia y el ilusionismo que llenan teatros y plazas de pequeños espectáculos, sobre todo pensados para familias.
Son días en los que aparecen escenarios improvisados, niños intentando repetir trucos con cartas y vecinos mirando con la misma curiosidad que los visitantes.
Cómo llegar sin perderse
Desde Valencia se llega en coche en poco tiempo por carretera, aunque en horas de entrada y salida del trabajo el tráfico hacia el polígono puede ralentizar bastante el acceso.
El municipio no tiene estación propia de tren. La más cercana está en Silla, dentro de la línea de cercanías que conecta con Valencia, y desde allí se puede continuar por carretera.
En agosto el ambiente cambia mucho: muchas persianas bajadas y menos movimiento en la calle. Si buscas ver el pueblo con más vida cotidiana, septiembre o la primavera suelen ser momentos más agradecidos. En enero, durante las celebraciones de San Antonio Abad, es habitual ver hogueras en algunos puntos del centro y vecinos reuniéndose alrededor del fuego en las horas frías de la noche.
Para dormir, la mayoría de visitantes se alojan en municipios cercanos o en Valencia y se acercan durante el día. Almussafes se recorre bien a pie en una mañana tranquila, sobre todo si te dejas tiempo para caminar también por los caminos que salen hacia la huerta y la marjal.