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sobre Favara
Situado al pie de la montaña y cerca de Cullera con la Cueva de la Galera
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A veces el turismo en Favara empieza un poco como cuando te equivocas de salida en la autovía y decides no corregirla enseguida. Vas rodeado de naranjos, la carretera se vuelve cada vez más estrecha y piensas: bueno, a ver dónde acaba esto. A mí me pasó algo así viniendo desde la costa. Entre campos y acequias apareció el cartel del pueblo y decidí entrar un rato. De esos “paro diez minutos y sigo”. Ya te imaginas cómo terminó.
Un pueblo que aparece entre naranjos
Favara no tiene una entrada espectacular ni un mirador preparado para la foto. Llegas prácticamente sin darte cuenta, con los campos de cítricos pegados a las últimas casas. Es ese tipo de sitio donde el paisaje agrícola y el pueblo están mezclados, como si alguien hubiera colocado las calles en medio de la huerta sin separar demasiado las cosas.
El centro se recorre rápido. Calles estrechas, casas de dos alturas, persianas medio bajadas a la hora de la siesta. Con el coche conviene no empeñarse demasiado; lo normal es aparcar en alguna zona abierta y seguir andando.
Lo que más me llamó la atención fue el ritmo. No hay ese silencio raro de los pueblos que se han quedado sin gente, sino el de la vida cotidiana: alguien barriendo la puerta, una conversación desde un balcón, chavales pasando en bici. Después de ver tantos sitios convertidos en decorado turístico, encontrar un pueblo que simplemente funciona como pueblo se agradece bastante.
Migas, pero de las que se hacen en casa
Hablando con un vecino en la plaza salió el tema de las migas. Me decía que aquí siempre han sido comida de aprovechar el pan de días anteriores, algo muy de campo. Pan duro, aceite de oliva, lo que hubiera por casa para acompañar.
Lo curioso es que no es algo que veas anunciado por todas partes. Más bien aparece en conversaciones, en reuniones familiares, en días de cuadrilla. Ese tipo de platos que siguen vivos porque la gente los sigue haciendo en casa, no porque estén en un cartel.
Y sí, preparar migas parece fácil hasta que ves a alguien que lleva años haciéndolas. Hay un punto exacto de fuego, de remover la sartén, de dejar que el pan coja textura. Cuando lo cuentan, lo hacen con esa calma de quien ha repetido el gesto media vida.
Calles tranquilas y vida de huerta
Una cosa que define bastante a Favara es la cercanía de la huerta. Sales del casco urbano y en pocos minutos estás entre caminos agrícolas. Naranjos a un lado, acequias al otro, algún tractor pasando despacio.
No es un paisaje “de postal”. Es más bien el escenario donde se ha trabajado durante generaciones. Si caminas un rato por estos caminos entiendes mejor cómo se organiza el pueblo: todo gira alrededor del agua, de los cultivos y de las temporadas.
Las acequias que siguen marcando el ritmo
Si te fijas, el agua aparece por todas partes. Acequias que cruzan los campos, pequeñas compuertas, canales que acompañan los caminos.
Algunos vecinos cuentan que parte de esta red tiene orígenes antiguos, con trazados que podrían venir de época andalusí. Lo cierto es que muchas siguen utilizándose para regar la huerta, que al final es lo importante. No son monumentos: son herramientas que siguen funcionando.
Una mañana temprano caminé un rato junto a uno de estos canales y me crucé con un agricultor revisando una compuerta. Me dijo algo muy simple: “si el agua corre, el campo tira”. No hacía falta mucha más explicación.
Cómo pasar un rato en Favara sin complicarse
Favara no es un sitio para llenar un día entero de cosas que ver. Más bien encaja en una parada tranquila mientras recorres la Ribera Baixa o si estás por la zona de Cullera y te apetece salir un poco del ambiente de playa.
Lo que yo haría es sencillo: pasear un rato por el centro, asomarte a los caminos de la huerta y sentarte en la plaza a ver pasar la tarde. En una hora larga ya tienes una idea bastante clara del lugar.
Y a veces eso es suficiente. Hay pueblos que necesitan un itinerario. Favara funciona mejor cuando simplemente entras, das una vuelta y te dejas llevar un poco por el ritmo del sitio. Como cuando te equivocas de carretera y decides no arreglarlo demasiado rápido.