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sobre Polinyà de Xúquer
Pueblo tranquilo junto al Júcar con la casa natal de Joan Baptista Basset
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El olor a tierra mojada llega antes que el pueblo. Es el regadío, las marjales del Xúquer después de un riego reciente, el aire húmedo que se queda suspendido sobre los campos cuando el sol todavía no aprieta. Polinyà de Xúquer aparece entre naranjos y arrozales sin prisa, como si el día empezara siempre un poco más tarde aquí. El tiempo se mide más por las cosechas que por el reloj.
Desde la carretera, lo primero que orienta es el campanario de San Bartolomé. No es especialmente alto ni recargado, pero marca el límite claro entre la huerta y el casco urbano. A partir de ahí empiezan las calles estrechas, las casas bajas y los portones de madera que el sol ha ido aclarando con los años. En algunas fachadas todavía sobreviven azulejos antiguos, de ese azul profundo que hoy cuesta encontrar incluso en los talleres de cerámica.
El río que dobla el paisaje
A pocos minutos andando desde la plaza, el Xúquer hace un meandro amplio alrededor del pueblo. El agua pasa despacio y el sonido cambia según el viento: a veces es un murmullo constante, otras apenas se oye.
Aquí arranca un pequeño paseo junto al río que sigue el trazado de antiguas acequias de riego. El sendero es de tierra compactada y, en varios tramos, los chopos y las casuarinas dan sombra suficiente incluso en días claros. Cuando sopla levante, las ramas crujen como madera vieja.
En otoño el nivel del agua suele bajar y aparecen las piedras redondeadas del cauce. Es buen momento para caminar por aquí. El aire mezcla el olor del barro con el de las cáscaras de naranja que quedan en los campos cercanos. Si llegas temprano —antes de que el sol suba demasiado— todavía es fácil ver a algún vecino pescando anguila, sentado en silencio junto a las cañas.
La anguila ha formado parte de la economía local durante décadas. En las afueras del pueblo funciona desde hace tiempo una piscifactoría donde se crían en grandes tanques alimentados con agua del propio sistema de riego.
La magia de lo cotidiano
En Polinyà de Xúquer hay un pequeño museo dedicado al ilusionismo, algo poco habitual en un pueblo de este tamaño. Está vinculado a la figura del mago Juan Galindo, nacido aquí.
En una de las paredes se conserva una carta que escribió siendo niño. Prometía a su madre que algún día sería mago profesional. El museo ocupa un edificio que durante años fue escuela: varias aulas reconvertidas en salas donde se exhiben aparatos de magia, carteles antiguos y objetos que parecen sacados de un teatro ambulante.
La visita es breve. Hay cajas con doble fondo, barajas gastadas y trajes de escenario con lentejuelas que ya han perdido parte del brillo. Aun así, algunos trucos siguen funcionando incluso cuando sabes que hay un mecanismo escondido.
Cuando sales otra vez a la calle, con la luz fuerte de la tarde cayendo sobre las fachadas blancas, el pueblo parece por un momento el decorado tranquilo de un espectáculo que todavía no ha empezado.
Subir a la Muntanyeta dels Pins
La Muntanyeta dels Pins es una pequeña elevación a las afueras. Nada dramático: un montículo cubierto de pinos carrascos y senderos de tierra clara que suben en zigzag entre antiguos campos de cultivo.
El paseo es corto y bastante llevadero, aunque en verano conviene hacerlo a primera hora o ya al caer la tarde. Los pinos desprenden ese olor a resina caliente tan típico de los días secos.
Desde arriba se entiende mejor cómo se organiza el territorio. El río rodeando el pueblo, las acequias dibujando líneas rectas entre parcelas y los caminos agrícolas cruzando la huerta como si alguien hubiera trazado un plano muy preciso. En días despejados, hacia el este, se intuye la silueta del castillo de Cullera.
Si subes al atardecer, trae algo de abrigo incluso en meses templados. El viento del valle suele levantarse cuando baja el sol.
Lo que se come por aquí
En los bares del pueblo es habitual encontrar all i pebre de anguila, servido en cazuela de barro. Lleva ajo, pimentón y patata, con un punto picante que aparece al final de cada cucharada.
La anguila sigue muy ligada al pueblo y en primavera suele celebrarse una fiesta gastronómica alrededor de este plato. Se organizan comidas populares y, algunos años, visitas relacionadas con la piscifactoría.
También aparecen otras preparaciones muy de la Ribera: la coca de mollitas —crujiente por abajo y cubierta de migas de pan— o el arroz al horno con cardo cuando llega el frío. Después de la siega del arroz, en otoño, todavía hay cuadrillas que cocinan arroces caldosos al aire libre en los márgenes de los campos.
Cómo llegar y cuándo venir
Polinyà de Xúquer está a unos 45 minutos en coche desde Valencia por la A‑7. No tiene estación de tren; la más cercana está en Sueca, desde donde sale transporte por carretera hacia los pueblos de alrededor.
En agosto el ambiente cambia bastante. Muchas familias que viven en Valencia vuelven aquí durante el verano y el movimiento se nota en las calles. Si buscas el ritmo más tranquilo del pueblo, mejor venir entre semana o en meses como octubre y noviembre.
En esa época el arroz de las marjales se vuelve dorado y los naranjos empiezan a cargar fruto. Para caminar junto al río conviene traer calzado cómodo: después de varios días de lluvia el barro del sendero se pega a las suelas con facilidad.
Polinyà de Xúquer funciona mejor sin prisa. Un paseo por la ribera, una vuelta lenta por el casco antiguo y un rato sentado en la plaza cuando cae la tarde. Aquí las horas pasan de otra manera, casi siempre al ritmo del agua que sigue rodeando el pueblo.