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sobre Almoines
Municipio con pasado industrial azucarero y textil situado cerca de Gandia
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Los campos de naranjos llegan prácticamente hasta las primeras casas. Desde la carretera, Almoines aparece como una interrupción en la geometría verde de la Safor: viviendas bajas, tejados rojizos y el campanario de la iglesia sobresaliendo entre algunas palmeras. El río Serpis marca el borde del término municipal —aquí más cercano a una acequia ancha que a un río con carácter— y a partir de ahí empieza un municipio pequeño, pegado a Gandia, donde el paisaje agrícola sigue teniendo más peso que cualquier aspiración turística.
El territorio que hizo el pueblo
Almoines está donde está por la vega del Serpis. El río dibuja aquí un terreno llano y fértil entre Gandia y el interior de la Safor, un espacio que ya estaba cultivado en época islámica. Las antiguas alquerías aprovechaban una red de acequias que todavía organiza el riego de los campos.
El nombre del lugar suele relacionarse con el árabe —algo habitual en esta zona— aunque la interpretación exacta no está del todo clara. Lo que sí parece seguro es que el asentamiento existía antes de la conquista cristiana del siglo XIII y que después continuó como una pequeña comunidad agrícola dependiente de núcleos mayores cercanos.
Durante mucho tiempo Almoines funcionó más como extensión de la huerta de Gandia que como un pueblo con peso propio. La vida giraba alrededor de la tierra: primero moreras para la seda, más tarde cítricos.
Un intento de industria junto al río
En el siglo XIX hubo intentos de introducir alguna actividad industrial ligada a la seda, aprovechando la presencia de moreras en la comarca. La iniciativa no llegó muy lejos. La producción acabó concentrándose en otros lugares con más infraestructura y el experimento quedó en poco más que un episodio breve en la economía local.
Más determinante fue el paso del antiguo tren que unía Alcoy con el puerto de Gandia. La línea atravesaba la Safor y tenía paradas en varios pueblos del entorno. Durante décadas sirvió para mover mercancías agrícolas —sobre todo cítricos— hacia el puerto. Cuando el transporte por carretera fue sustituyendo al ferrocarril, la línea acabó desapareciendo. El trazado se ha reutilizado en parte como vía verde y carril ciclista que atraviesa la llanura de la comarca.
La iglesia de San Miguel y su papel en el pueblo
La iglesia parroquial de San Miguel Arcángel probablemente tiene su origen en el siglo XVI, aunque el edificio actual es el resultado de reformas posteriores. Es un templo sobrio, muy ligado a la arquitectura parroquial de los pueblos agrícolas de la Safor: volumen sencillo, fachada sin grandes artificios y un campanario de ladrillo que sirve más como referencia visual que como gesto monumental.
La iglesia ocupa una posición ligeramente elevada respecto a algunas calles cercanas. Desde el entorno del atrio se entiende bien la relación entre el pueblo y los campos que lo rodean.
En el interior se conserva un retablo barroco cuya procedencia no está del todo documentada. La tradición local sostiene que llegó desde una ermita desaparecida de la sierra cercana, aunque no hay demasiada certeza sobre esa historia. La imagen del Cristo de la Fe tiene un papel central en las celebraciones religiosas del verano, cuando buena parte de la gente que vive fuera vuelve al pueblo.
Un núcleo pequeño, pegado a la huerta
Almoines no tiene una plaza mayor claramente definida. El tejido urbano es compacto y sencillo: calles rectas, casas de dos alturas y algunos edificios de finales del siglo XIX o principios del XX que pertenecieron a familias acomodadas vinculadas a la agricultura.
El ayuntamiento ocupa una de esas casas. Sobre la puerta todavía se ve un escudo antiguo que recuerda esa etapa en la que la propiedad de la tierra concentraba buena parte del poder local.
El pueblo se recorre rápido. En apenas veinte minutos se puede caminar de un extremo a otro. Aun así, conviene fijarse en algunos detalles de arquitectura doméstica: portones anchos pensados para carros, patios interiores y fachadas orientadas para aprovechar la ventilación en verano. Todo responde a una lógica agrícola bastante clara.
En cuanto sales del casco urbano empiezan los caminos de huerta. Las acequias siguen funcionando y es frecuente ver a los regantes abriendo o cerrando compuertas según el turno de agua.
Cuándo compensa acercarse
En febrero y marzo el olor a azahar llena toda la vega. Es uno de esos momentos en los que el paisaje agrícola se entiende mejor.
A finales de verano se celebran las fiestas vinculadas al Cristo de la Fe, cuando el pueblo se anima con vecinos que regresan durante unos días. No es un evento pensado para atraer visitantes, sino una celebración muy local.
Fuera de esas fechas, Almoines mantiene un ritmo tranquilo. No hay monumentos de gran escala ni itinerarios señalizados. El interés está más bien en observar cómo funciona todavía una huerta histórica de la Safor y cómo un pueblo pequeño sigue viviendo alrededor de ella.