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sobre Beniflá
Pequeño núcleo rural en la ruta hacia el interior de la Safor
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A primera hora, cuando el sol todavía no cae de lleno sobre la Safor, el silencio en Beniflá solo se rompe por algún coche que pasa despacio y por el agua corriendo dentro de una acequia cercana. La iglesia de San Jaime, levantada en el siglo XVI, ocupa el centro del casco urbano. Su campanario de piedra sobresale por encima de las casas bajas, visible desde casi cualquier esquina del pueblo.
Beniflá se encuentra en la comarca de la Safor, a unos 65 kilómetros de Valencia y muy cerca de Gandia. Alrededor del casco urbano se extiende una llanura agrícola atravesada por acequias. En primavera, cuando los naranjos florecen, el olor a azahar se cuela por los caminos y llega incluso hasta las calles del pueblo si el viento sopla desde los huertos.
Los campos de cítricos —mandarinas, naranjas y algunos limoneros— forman un mosaico bastante ordenado que rodea el municipio. Las parcelas están separadas por pequeños caminos de tierra y canales de riego que llevan agua desde hace siglos. No es raro ver a vecinos revisando compuertas o trabajando entre los árboles a primera hora, antes de que el calor apriete.
El casco urbano, pequeño y tranquilo
Beniflá es un pueblo que se recorre rápido. Las calles son cortas, algunas algo curvas, y desembocan en pequeñas plazas donde la vida cotidiana sigue bastante visible. Muchas casas conservan portales de madera, rejas de hierro y fachadas encaladas que reflejan la luz fuerte del mediodía.
En algunos corralillos asoman macetas con buganvillas o pequeños naranjos. Son detalles discretos que rompen la uniformidad de las paredes blancas. En verano, las persianas suelen estar medio bajadas durante las horas centrales del día, cuando el calor aprieta y la actividad se mueve hacia el interior de las casas.
La iglesia parroquial de San Jaime marca el centro del pueblo. Su aspecto es sobrio, acorde con la escala del municipio. En los alrededores se abre una pequeña plaza donde a menudo se ven vecinos sentados charlando cuando cae la tarde.
Caminos entre huertas y acequias
Lo más interesante de Beniflá está en lo que lo rodea. Basta salir unos minutos del núcleo urbano para encontrarse con caminos agrícolas que atraviesan huertos de cítricos.
Las acequias siguen siendo parte del paisaje cotidiano. El agua corre despacio entre los márgenes de hormigón o piedra y alimenta las parcelas cercanas. Este sistema de riego, heredado de siglos atrás, todavía organiza buena parte del trabajo en el campo.
Caminar o ir en bicicleta por estos caminos da una idea bastante clara de cómo funciona la huerta de la Safor. No son rutas señalizadas ni largas travesías: más bien caminos locales que enlazan parcelas y pueblos cercanos.
Si vienes en verano, conviene salir temprano. A partir de media mañana el sol cae con fuerza y apenas hay sombra entre los campos.
Ritmo agrícola y cocina de casa
La vida en Beniflá sigue bastante ligada al calendario agrícola. La recogida de cítricos ocupa buena parte del invierno, mientras que la primavera llega marcada por la floración de los naranjos y el olor intenso del azahar.
En las casas del pueblo, la cocina suele girar alrededor de lo que da la huerta. Arroces, verduras de temporada y guisos sencillos siguen formando parte del día a día familiar. Los cítricos aparecen tanto en postres como simplemente en la mesa, recién cogidos del árbol cuando es temporada.
Fiestas que siguen siendo del pueblo
Las fiestas patronales en honor a San Jaime suelen celebrarse en agosto. Durante esos días el pueblo cambia de ritmo: hay procesiones, música en la plaza y actividades organizadas por los propios vecinos.
No es un evento pensado para atraer gente de fuera, sino más bien una reunión del propio pueblo y de quienes regresan en verano. Se nota en el ambiente: muchas caras se conocen y las conversaciones saltan de una puerta a otra cuando cae la noche.
Cuándo acercarse
La primavera y el otoño suelen ser los momentos más agradables para recorrer Beniflá y sus alrededores. En primavera el azahar perfuma los huertos y el verde de los campos es más intenso. En otoño, después del verano, el paisaje cambia de tono y el aire resulta algo más fresco.
En julio y agosto el calor puede ser fuerte, sobre todo si se camina por los caminos agrícolas al mediodía. Si vienes en esa época, lo más sensato es moverse temprano por la mañana o esperar a las últimas horas de la tarde.
Desde Valencia se llega en coche en algo más de una hora, normalmente por la A‑7 en dirección a Gandia antes de tomar carreteras comarcales. El pueblo es pequeño y se puede recorrer entero en poco tiempo, pero merece la pena alargar el paseo hacia los caminos que lo rodean. Ahí es donde se entiende de verdad el lugar: entre acequias, tierra húmeda y filas de naranjos que se pierden en la llanura.