Artículo completo
sobre La Font d'En Carròs
Municipio con castillo en ruinas sobre el pueblo y murallas históricas
Ocultar artículo Leer artículo completo
Los mapas mienten un poco. Dicen que La Font d'En Carròs está a unos pocos kilómetros del mar, pero nadie te advierte de que ese tramo está lleno de naranjos y azahar que se te meten en la nariz y te hacen olvidar que el Mediterráneo está ahí mismo. Llegué pensando en la playa y acabé en un pueblo donde el olor a huerta te acompaña casi todo el año.
El castillo que sobrevivió a todo menos a los terremotos
El Castell del Rebollet es como ese tío duro del pueblo que parece invencible hasta que un resfriado lo tumba. Levantado en el siglo XV, pasó por guerras, saqueos y siglos de abandono. Lo que terminó dejándolo hecho ruinas fueron varios terremotos a finales del XVI.
La subida al cerro es corta pero tiene su cuesta. Vas dejando atrás el pueblo y, cuando miras atrás, aparecen los campos de naranjos extendidos hasta casi tocar la costa. Yo subí con la excusa de ver el mar desde arriba y acabé charlando con un vecino que paseaba a sus perros. Me señaló unos olivos cercanos y me dijo que su bisabuelo había plantado algunos de ellos. Ese tipo de historias, ya sabes, no salen en los paneles informativos.
Las ruinas son de las que funcionan mejor con imaginación que con carteles. Muros sueltos, restos de torres, el paisaje abierto… y tú completando la película en la cabeza.
Paneles de cerámica por todas partes
Una de las cosas que más me llamó la atención en La Font d'En Carròs fueron los paneles cerámicos con imágenes religiosas repartidos por las fachadas. No hablo de dos o tres: hay cientos. Vas caminando por una calle cualquiera y, de repente, encima de una puerta o en una esquina, aparece otro.
Empecé a fijarme en ellos como quien colecciona cromos. A los cuarenta y pico ya había perdido la cuenta y también me había entrado hambre, así que hice lo que haría cualquiera: meterme en un bar.
Pedí arroz al horno porque me habían dicho que es muy típico por aquí. El camarero me miró con cara de “esto no es martes cualquiera”. Me explicó que ese arroz suele ser más de domingo o de día familiar. Al final acabé comiendo un arroz hecho como se ha hecho siempre por esta zona: sin inventos raros, con ese sabor que te recuerda a comidas largas y mesas llenas.
El sendero que te mete en la huerta
Por el término pasa un sendero señalizado que sale hacia la zona de la Mola y los campos que rodean el pueblo. Empieza entre olivos, algarrobos y acequias que todavía llevan agua como lo han hecho durante generaciones.
Es uno de esos paseos tranquilos donde lo que manda es el paisaje agrícola: bancales, acequias de riego, gente trabajando la tierra. Mientras caminaba me crucé con un hombre mayor que estaba mirando un olivo enorme. Me dijo que, según le habían contado en su casa, podía tener varios siglos y que algunos de esos árboles ya estaban allí en época árabe. No sé si la historia es exacta, pero el tronco tenía esa pinta de haber visto pasar medio milenio sin inmutarse.
Cuando llega el Porrat
Si visitas La Font d'En Carròs a finales de enero, es bastante probable que coincidas con el Porrat de Sant Antoni. En la Safor hay varios, pero este mantiene bastante ambiente de fiesta de pueblo.
Hay puestos, hogueras, música tradicional y gente por la calle a cualquier hora. Lo que más me sorprendió fue lo natural que resulta todo: vecinos que montan mesas, cuadrillas que se juntan alrededor del fuego y dulzainas sonando como si fuera lo más normal del mundo.
En medio de todo eso alguien me dio a probar un rotllo d’aguardent recién hecho. “Para que te acuerdes del pueblo”, me dijo. La verdad es que algo de razón tenía.
Lo que te llevas de La Font d'En Carròs
La Font d'En Carròs no funciona bien si vienes con mentalidad de lista rápida: monumento, foto y siguiente sitio. Aquí lo que pesa es el ambiente de huerta, las conversaciones improvisadas y esa mezcla de pueblo agrícola con mar cerca.
El castillo está en ruinas, sí, pero desde arriba entiendes bastante bien cómo se organiza todo el paisaje de la Safor. Y al bajar vuelves a las calles del pueblo, a los paneles de cerámica, al olor de los naranjos.
Yo diría que es más un sitio de parar unas horas, comer bien, caminar un poco por los alrededores y dejar que el ritmo del pueblo te baje un par de marchas. No será el lugar más famoso de la comarca, pero tiene algo que hace que te vayas pensando: “oye, aquí volvería”.