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sobre Llocnou de Sant Jeroni
Pueblo tranquilo cerca del río Vernissa y del monasterio de Cotalba
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A principios de abril, cuando los naranjos empiezan a soltar azahar, el aire alrededor del pueblo cambia. El olor aparece antes que las casas. El turismo en Llocnou de Sant Jeroni suele empezar así: conduciendo entre campos planos de cítricos hasta que, de pronto, aparece el campanario y un puñado de calles cortas agrupadas alrededor de la iglesia. El municipio no llega a seiscientos habitantes y el ritmo lo siguen marcando los huertos que rodean el casco urbano.
Desde la carretera se ve enseguida cómo está organizado el pueblo: pocas calles, trazado sencillo y casas bajas con persianas metálicas que a media mañana todavía están a medio abrir. No es un sitio que impresione de lejos; gana cuando uno camina despacio y empieza a fijarse en los detalles.
El centro del pueblo, a la hora tranquila
Hacia media mañana la plaza suele estar casi en silencio. La iglesia parroquial, de ladrillo visto y torre discreta, ocupa el centro sin imponerse demasiado. En los bancos aparece alguna conversación corta entre vecinos, el sonido de un carrito de compra cruzando la plaza o el golpe seco de una persiana que se abre.
Las casas mantienen rasgos bastante reconocibles de los pueblos agrícolas valencianos: portones anchos, rejas negras algo gastadas, balcones con azulejos antiguos que a veces pasan desapercibidos si no levantas la vista. En algunas esquinas todavía corre una acequia estrecha. El agua baja despacio y se oye antes de verla, sobre todo cuando el resto de la calle está quieta.
Caminos entre acequias y naranjos
En cuanto sales del casco urbano empiezan los caminos agrícolas. Son rectos, de tierra o asfalto estrecho, y atraviesan parcelas de naranjos que en invierno muestran la fruta y en primavera llenan el aire de perfume.
Caminar por aquí tiene algo muy simple: el zumbido constante de insectos, el ruido del agua en las acequias y, de vez en cuando, el paso de un tractor. La red de riego tiene siglos de historia en esta parte de la Safor y todavía estructura el paisaje. Las acequias dividen los campos y marcan el recorrido de muchos caminos.
En las balsas de riego a veces se ven garzas quietas durante minutos, y sobre los postes de luz no es raro que se pose algún cernícalo. No hace falta alejarse mucho del pueblo para encontrarlos.
Un consejo práctico: en verano el calor cae fuerte sobre estos caminos abiertos. Si vas a caminar, merece la pena hacerlo temprano por la mañana o al final de la tarde, cuando la luz baja sobre los naranjos y el aire corre un poco más.
Lo que se come cuando manda la huerta
La cocina del pueblo gira alrededor de lo que sale del campo cercano. En los bares suelen aparecer arroces en paella ancha, verduras de temporada y platos sencillos donde el producto manda más que la elaboración.
La naranja aparece muchas veces al final de la comida: en fruta, en dulces caseros o en mermeladas que algunas familias siguen preparando cuando la cosecha aprieta.
Un pueblo pequeño en medio de la Safor
Llocnou de Sant Jeroni queda en la parte interior de la Safor, rodeado de pueblos a poca distancia entre sí. Eso hace que mucha gente lo utilice como parada corta dentro de un recorrido más amplio por la comarca: un paseo por el casco urbano, una vuelta por los caminos de huerta y seguir ruta.
Las fiestas dedicadas a Sant Jeroni, que suelen celebrarse en verano, cambian bastante el ambiente del pueblo. En esos días regresan muchas familias que viven fuera y las calles tienen más movimiento del habitual: música, actos religiosos y comidas colectivas que ocupan plazas y calles.
El resto del año, la escena es otra: calles tranquilas, el sonido del agua en las acequias y ese olor a cítrico que aparece cuando el azahar empieza a abrirse. Un paisaje cotidiano de huerta valenciana que todavía sigue funcionando como siempre.