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sobre Miramar
Municipio costero con playa cuidada y ambiente familiar en verano
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A primera hora de la mañana, cuando todavía hay sombra en las fachadas, Miramar huele a leña apagada y a tierra húmeda. En los campos que rodean el pueblo, los naranjos forman un mosaico compacto de verdes oscuros. Desde la carretera CV‑670, justo antes de entrar, el mar Mediterráneo aparece como una franja azul al fondo, entre los huertos y el cielo claro de la Safor. Esa mezcla —huerta y mar tan cerca— explica bastante bien cómo se vive aquí.
La hora en que el pueblo despierta
A las siete y media el pueblo empieza a moverse despacio. Alguna persiana metálica se levanta, pasa la primera furgoneta de reparto y en las esquinas ya hay gente comentando el tiempo. El aire de la mañana suele traer olor a café y a azahar cuando es temporada.
Miramar ronda los tres mil habitantes y el casco urbano es compacto, de calles cortas que no siguen un trazado demasiado ordenado. Las casas bajas, muchas encaladas, alternan con bloques más recientes que aparecieron cuando la costa empezó a llenarse de apartamentos de verano. En la plaza del ayuntamiento —que sigue siendo el punto donde todo se cruza— los bancos de piedra aún están fríos a esa hora. Los ruidos son pocos: alguna puerta que se abre, un perro que tira de la correa, el motor de un coche que arranca camino de Gandia.
La playa y la desembocadura del Vaca
La playa de Miramar se extiende junto a la desembocadura del río Vaca, una línea larga de arena fina que en invierno queda prácticamente vacía. Cuando sopla levante, el mar se vuelve gris verdoso y la espuma deja en la orilla pequeñas conchas y restos de posidonia que huelen a yodo.
En primavera el agua todavía está fría y apenas hay bañistas. Se ven más bien paseantes, gente que camina con las manos en los bolsillos mientras mira el horizonte. Al atardecer la luz entra horizontal y la arena se vuelve casi blanca.
Detrás de la primera línea de edificios, el paseo continúa hacia los extremos de la playa con tramos de tierra y pasarelas sobre la arena. En algunos puntos sobreviven pequeños cordones de dunas con vegetación baja: barrón, alguna mata de romero, plantas que resisten el viento salado. Es un buen momento para caminar a última hora de la tarde, cuando baja el sol y el calor afloja.
La huerta que rodea el pueblo
Si te alejas apenas un par de calles hacia el interior, el paisaje cambia rápido. Empiezan los caminos agrícolas, las acequias y los campos de cítricos. La tierra aquí es oscura y húmeda; cuando se remueve, el olor a humus se nota enseguida.
La huerta de la Safor ha vivido durante generaciones de los naranjos y todavía marca el calendario del pueblo. En invierno y primavera es habitual ver tractores cargados de cajas cruzando los caminos entre parcelas. Durante la floración, el aire se llena del olor del azahar, un perfume dulce que llega incluso hasta las calles más cercanas al campo.
A veces, junto a las carreteras secundarias, aparecen pequeños puestos donde los propios agricultores venden fruta de la zona cuando hay cosecha. No siempre están abiertos, pero cuando lo están suele haber cola de vecinos con bolsas de tela esperando su turno.
Cuándo venir y cuándo irse
Abril y mayo son meses agradables para conocer Miramar. Las temperaturas todavía son suaves, la playa está tranquila y la huerta está en pleno movimiento. Por la tarde suele levantarse una brisa ligera que limpia el aire y hace más llevadero el paseo por la costa.
Agosto es otra historia. La población se multiplica con la llegada de veraneantes y muchos edificios que en invierno están cerrados vuelven a encender luces. Aparcar cerca de la playa se complica y el paseo cambia de ritmo. Si solo puedes venir en verano, junio y septiembre suelen ser más tranquilos y el mar mantiene buena temperatura.
Cuando cae la noche y el calor del día se queda atrapado en el asfalto, el pueblo huele a jazmín de los patios y a humo de alguna barbacoa lejana. Desde la playa apenas se oye más que el mar rompiendo suave en la orilla. Un sonido constante que aquí, en Miramar, forma parte del paisaje igual que los naranjos o las acequias.