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sobre Palmera
Pequeño pueblo entre naranjos muy cerca de la costa de la Safor
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Palmera es de esos pueblos que, si no te los señalan en el mapa, pasas de largo. Y no es por exagerar: lo tienes prácticamente al lado de la A‑7, pero sin una salida directa que te deje en el centro. Tienes que desviarte con intención. O tener claro que vas a comer bien.
Porque aquí, en medio de la llanura de la Safor, rodeado de naranjos por todos lados, hay algo que mucha gente de la comarca conoce: el arroz al horno. No sale en los carteles de la autovía, pero más de uno acaba llegando a Palmera precisamente por eso.
El pueblo que no se vende
Llegas por una carretera local que parece ir a ninguna parte. Campos de naranjos bastante ordenados, casi como si alguien hubiera pasado la plancha por el paisaje. Y de repente aparecen las primeras casas y el cartel de entrada al pueblo.
El centro es sencillo y pequeño. Una plaza recogida, gente mayor sentada en la terraza del bar de siempre, y la iglesia de Sant Roc asomando por encima de los tejados. No es un edificio monumental, pero encaja bien con el tamaño del pueblo y con ese tono tostado de muchas construcciones de la zona.
La primera vez que vine fue casi por accidente. Iba hacia otro sitio y paré un momento a mirar el móvil. Un señor que pasaba me preguntó si buscaba algo y, cuando le dije que no tenía claro dónde parar a comer, me soltó: “Si estás aquí, prueba el arroz”. Ese tipo de consejo de pueblo que, si lo ignoras, luego te queda la duda.
El arroz que hace que la gente se desvíe
Hablando claro: el arroz al horno aquí se toma muy en serio. Cada casa tiene su manera de hacerlo y en muchos sitios se sigue preparando como se ha hecho toda la vida.
La base es la conocida en la Comunidad Valenciana: arroz, garbanzos, embutido, tomate y ese punto de horno que cambia todo. En algunos lugares todavía se usa horno de leña, o al menos se intenta mantener ese estilo de cocción lenta que deja el arroz seco por arriba y con ese fondo ligeramente tostado que a mucha gente le vuelve loca.
Te lo sirven en cazuela de barro y el ambiente suele ser el de comida tranquila. Móvil boca abajo, conversación larga y nadie con prisa por levantarse de la mesa.
Cuando el pueblo se despereza
Fuera de las horas de comida, Palmera va a otro ritmo. Muy despacio. Es ese tipo de sitio donde a la segunda vez que pasas por la misma calle ya empiezas a reconocer caras.
En primavera el pueblo cambia bastante. Los naranjos florecen y el olor a azahar se nota de verdad cuando caminas por los caminos que salen hacia los campos. No es raro ver a gente paseando, ciclistas atravesando las carreteras agrícolas o vecinos dando la vuelta de rigor después de comer.
La luz de la Safor en esos meses tiene algo curioso: los naranjos parecen más verdes de lo que recuerdas y las fachadas blancas reflejan el sol de una manera muy limpia. No es un paisaje espectacular en el sentido de postal, pero cuando te paras un rato lo entiendes.
Lo que conviene saber antes de venir
Voy al grano: Palmera no es un pueblo al que vengas por monumentos ni por un casco histórico lleno de cosas que ver. Se recorre rápido. En media hora has paseado las calles principales.
La gracia está más en el conjunto: el pueblo pequeño, los campos alrededor y la excusa de sentarte a comer con calma.
Mi consejo, dicho como se lo diría a un amigo: ven con la idea de pasar unas horas, no todo el día. Aparca, da una vuelta por el pueblo, sal a caminar un poco entre los naranjos si te apetece y luego siéntate a comer un buen arroz al horno. Después, café tranquilo en la plaza y listo.
Palmera funciona así: pequeña, sin mucho ruido y sin intentar llamar la atención. Y precisamente por eso hay gente que vuelve. Porque a veces lo único que apetece es un sitio donde comer bien y bajar un poco el ritmo.