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sobre Piles
Pueblo costero con una torre vigía histórica y playa de arena fina
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El olor te avisa antes de ver el pueblo. A medida que bajas por la CV‑600 desde Tavernes, el aire se vuelve más dulce, como si alguien hubiera dejado una cazuela de azúcar quemada en el fuego. Son los naranjos, miles, que rodean Piles como un ejército de soldados verdes armados con fruta. Y ahí, entre tantísimo árbol, aparece el pueblo: pequeño, compacto, con calles que no parecen haber cambiado demasiado desde hace siglos.
El truco de la playa escondida
Piles juega un poco al escondite con el mar. Llegas al casco urbano, aparcas por la zona del centro, y piensas: “Vale, ¿y la playa dónde está?”. Porque aquí el pueblo y la arena viven separados. Hay alrededor de un kilómetro y medio entre una cosa y la otra, lo justo para que el núcleo siga funcionando como pueblo de huerta y no como una urbanización pegada al agua.
Cuando bajas hacia la costa aparece la Platja de Piles, larga y bastante abierta. No es la playa más espectacular de la Safor —si recorres la costa entre Oliva y Gandía verás arenales de todo tipo—, pero suele tener agua clara y bastante espacio fuera de los días más fuertes de verano. Y eso, cuando vienes a pasar la mañana tranquila, se agradece más que cualquier foto bonita.
La torre que ha tenido más de una vida
La Torre Guaita está a un paso del casco urbano y es de esas construcciones que explican bien cómo se defendía la costa valenciana hace siglos. Se levantó en el XVI, cuando las incursiones de corsarios eran un problema bastante real en esta parte del Mediterráneo.
Con el tiempo dejó de servir solo como vigilancia. Según cuentan en el pueblo, también se utilizó como prisión y como almacén. Es lo típico que pasa con estos edificios: cuando cambia la época, cambian los usos.
Hoy queda como una torre robusta en mitad de la llanura, rodeada de campos. Subir hasta allí no lleva mucho rato y desde arriba se entiende bien el paisaje de la Safor más llana: el mar hacia un lado y, hacia el otro, una alfombra de naranjos que parece no acabarse.
El arroz aquí no es teoría
En la Safor el arroz se toma muy en serio, y Piles no es una excepción. La paella que suele verse por aquí sigue la línea valenciana más clásica: pollo, conejo, judía verde y poco más. Nada raro, pero bien hecha.
También es fácil encontrar fideuà acompañada de allioli, y en épocas de fiesta aparecen los bunyols de calabaza, que en muchos pueblos de la comarca siguen haciéndose de forma bastante tradicional. Son de esos dulces que salen a la calle cuando hay verbena o música en la plaza y todo el mundo acaba con las manos llenas de azúcar.
Cuando el pueblo se viste de luces
Las fiestas de Moros y Cristianos forman parte del calendario festivo de Piles desde hace años. Suelen celebrarse a finales de verano y durante esos días el pueblo cambia de ritmo.
Desfilan las filaes con trajes llamativos, suenan las bandas y las calles se llenan de vecinos y gente de los alrededores. Tiene ese aire de teatro popular que ves en muchos pueblos valencianos: historia mezclada con música, pólvora y bastante vida en la calle.
Pasear entre naranjos y acequias
Si te alejas un poco del centro aparecen los caminos de huerta. No hace falta una gran ruta marcada: basta con seguir las pistas agrícolas que salen hacia el marjal y los campos.
En algunos recorridos verás todavía infraestructuras antiguas de riego, como norias o acequias que llevan décadas —o más— moviendo agua por la zona. Son detalles que pasan desapercibidos si vienes solo a la playa, pero que explican bastante bien cómo se ha vivido aquí siempre: entre la huerta y el mar.
Consejo de amigo: si vienes en primavera y te toca la floración del azahar, lo vas a notar en cuanto bajes del coche. El olor se queda en el aire de todo el término. Y luego haz lo sencillo: pasea por el casco urbano, baja un rato a la playa y vuelve sin prisa. Piles funciona mejor así, sin intentar convertirlo en algo que no es. Es un pueblo pequeño de la Safor con huerta alrededor y mar cerca. Y a veces eso ya es más que suficiente.