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sobre Villalonga
Puerta al Circo de la Safor y vía verde del Serpis con paisajes espectaculares
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Villalonga se alcanza por la CV‑685. Antes de entrar ya ves lo que hay: naranjos por todos lados. El valle del Serpis está lleno y el pueblo vive alrededor de ese regadío.
Aparcar no suele dar guerra. En el centro hay zona azul y normalmente aparece algún hueco. Si vienes en sábado, ojo: el mercadillo suele ocupar la calle Mayor y el tráfico se vuelve torpe a media mañana.
El pueblo que inventó su propia aceituna
El casco es pequeño. Cuatro calles más o menos paralelas, la plaza con la iglesia de los Santos Reyes y poco más. Casas bajas, fachadas claras y balcones de hierro que ya han visto años.
La iglesia es del siglo XVIII y el campanario se reconoce desde varios puntos del valle. Dentro guardan un Cristo de la Salut del que la gente habla con total naturalidad, como quien comenta si va a llover.
A un lado del casco está la capilla neogótica de la Mare de Déu de la Font. La levantaron a finales del XIX para custodiar una imagen que, según la tradición local, apareció flotando en el Serpis a comienzos del siglo XVIII. Cerca está la fuente dels Setze Xorros. Son dieciséis caños alineados que durante mucho tiempo abastecieron al pueblo antes de que llegara el agua corriente. Aún verás vecinos llenando garrafas.
Subir al Castell y no encontrar castillo
La caminata típica aquí es la del Castell dels Moros. Calcula unos 2 km y una subida corta pero seria. Desde detrás del polideportivo sale el sendero. Está marcado como PR y no tiene pérdida.
Arriba no queda gran cosa. Un par de muros, una explanada y las vistas del valle del Serpis. En días claros se distingue la marjal de la Safor y, al fondo, el mar.
Los restos corresponden a una fortificación andalusí que ya estaba en pie cuando llegaron los cristianos en el siglo XIII. Hoy es más mirador que castillo.
Si te apetece seguir andando, desde la misma zona puedes enganchar con la Vía Verde del Serpis. Sigue el antiguo trazado del tren entre Alcoi y Gandia. El tramo hacia Potríes es llano y se hace bien en bici o caminando. En verano conviene salir pronto: hay poca sombra y el calor se queda pegado al asfalto.
Comer sin florituras
En la calle Mayor hay varios bares de los de siempre, con gente del pueblo tomando el vermut. Si preguntas en invierno, a veces tienen olla de la Safor: arroz, alubias, cardos, nabo y embutido. Plato contundente y ya está.
La coca escaldada es lo más típico en dulce o merienda. Masa fina de harina escaldada con aceite y sal. Se come templada, a veces con azúcar o con chocolate.
También se ven coques de dacsa, hechas con maíz y rellenos sencillos como sardina o verdura. No siempre aparecen fuera de las casas.
En invierno todavía hay quien hace matanza y cuelga embutido en corrales y garajes. El cabrito de la sierra también se cocina algunos domingos, aunque no es barato.
Fiestas que apenas miran al visitante
Las patronales suelen celebrarse en octubre y duran varios días. Hay procesiones, tracas y verbenas hasta tarde.
En agosto la imagen de la Mare de Déu de la Font baja desde su ermita hasta el pueblo en procesión nocturna. Es uno de los momentos con más gente en la calle.
Esos días la población se dispara y aparcar se complica bastante. Si buscas tranquilidad, mejor otra fecha.
Consejo directo
Villalonga se ve en una mañana tranquila. Aparca cerca del centro, sube al Castell antes de que apriete el calor y luego baja a dar una vuelta por la Vía Verde.
En primavera el valle huele a azahar porque los naranjos están en flor. En agosto toca madrugar: el sol cae pronto y fuerte.
Y ojo con el nombre: algunos GPS mezclan este Villalonga con otros pueblos que suenan parecido. No sería la primera vez que alguien aparece aquí buscando otra cosa.