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sobre Xeraco
Municipio con playa virgen de dunas y zona de marjal protegida
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A las siete de la mañana en Xeraco el aire huele a naranja amarga y a sal. Los regantes suelen abrir las compuertas temprano y el agua corre por las acequias con un murmullo constante, rozando los troncos de los naranjos que llegan casi hasta la arena. Desde la playa, todavía vacía, se oye a veces el motor de alguna barca que sale mar adentro. El mar está gris perla, ese color indeciso que tienen las cosas antes de que el sol termine de levantar el día.
El pueblo que se bifurca
Xeraco es dos lugares que conviven sin tocarse demasiado. El pueblo interior, donde sigue la vida ligada a la huerta, y el núcleo de la playa, lleno de apartamentos que se ocupan sobre todo en verano y donde está la estación de tren. Entre medias quedan unos dos kilómetros de naranjos que parecen custodiar el paso de uno a otro.
Si vienes en coche, la CV‑680 atraviesa ese corredor verde y acaba llevándote hacia la playa. Si llegas en tren, el cercanías te deja en el lado del mar y desde allí toca cruzar ese tapiz de arboleda para alcanzar el casco urbano. Es un trayecto corto, pero cambia el ritmo: del ruido de las maletas y las bicicletas al sonido más seco de los tractores y las persianas que se levantan.
En el núcleo interior casi todo gravita alrededor de la plaza de la Constitución. A primera hora hay vecinos que pasan a por café antes de ir al campo. Las conversaciones suelen ser breves, todavía con sueño, y el aire huele a pan tostado que llega desde alguna cocina cercana.
Cuando el mar se hace campo
La playa de Xeraco se alarga varios kilómetros hacia el norte y el sur sin cortes bruscos. Por un lado acaba fundiéndose con la de Tavernes; por el otro, el riu Vaca —también llamado riu Xeraco— marca la separación con el término de Gandia.
Es una franja ancha de arena fina, abierta y bastante limpia de construcciones. Incluso en verano hay tramos donde apenas se oye nada más que el viento y el arrastre regular de las olas. No verás filas interminables de hamacas ni música alta. Lo que sí aparece a menudo son pescadores con la caña clavada en la orilla, quietos durante horas.
En los meses fríos el paisaje cambia. La playa se vuelve casi una prolongación de los campos cercanos: caminos de arena compacta por donde pasan vehículos agrícolas y parcelas que se acercan mucho al mar. Entonces se entiende mejor hasta qué punto la huerta, la marjal y el mar forman parte del mismo sistema de agua y viento.
El tiempo de los arroces
Cuando cae la tarde y el aire se calma, el olor que domina el pueblo suele ser el del sofrito. En Xeraco el arroz se cocina muchas veces en patios, garajes abiertos o terrazas donde cabe el paellero.
El arròs al forn aparece con frecuencia en las mesas familiares: pollo, morcilla, garbanzos y rodajas de tomate que se doran en la superficie. La fideuà también se prepara bastante los domingos, sobre todo cuando alguien trae pescado o marisco de los puertos cercanos.
Si te ofrecen coca de pebre, merece la pena aceptarla. Es una masa fina con pimiento rojo asado y anchoas. Se come fría, a trozos, mientras la conversación va saltando de una historia a otra: cosechas, temporales, familiares que se fueron a trabajar fuera y volvieron años después. Cada casa defiende su manera de hacer la masa y es fácil que el debate se alargue.
Cuándo venir y cuándo irse
El invierno aquí puede ser breve y luminoso. Hay días de enero en los que la gente pasea por la playa en manga corta, aunque el agua esté fría. Son jornadas tranquilas, con muy pocos coches y mucho cielo.
Octubre suele ser un buen momento para ver Xeraco con calma. El mar aún guarda el calor del verano y los campos empiezan a cambiar de tono. Se puede caminar largo rato por la arena sin cruzarse con mucha gente y luego volver hacia el pueblo cuando baja la luz.
La segunda mitad de agosto es otra historia. Hay más tráfico, más movimiento en la zona de la playa y menos silencio. El pueblo interior sigue a su ritmo, pero el ambiente cambia bastante.
El río que se pierde
Si caminas hacia el sur acabarás llegando a la desembocadura del riu Vaca. El agua allí se vuelve más lenta y oscura antes de mezclarse con el mar. En las orillas crecen carrizos y eneas que se mueven con el viento, y entre ellos aparecen a menudo libélulas y pequeños peces que rompen la superficie del agua.
Hay senderos informales que siguen el curso del río. No están señalizados, pero basta con mantener el agua a un lado. A veces el camino se estrecha y hay que apartar las cañas con la mano; en otros tramos se abre lo suficiente para caminar dos personas juntas.
Al volver, el sol suele caer detrás de las sierras del interior y el aire se enfría rápido. Desde la playa empiezan a verse las luces del pueblo encendiéndose entre los naranjos, como una línea de puntos amarillos suspendidos sobre la llanura. Es una buena hora para recoger y marcharse con calma, cuando el mar ya se ha oscurecido pero todavía guarda un poco de brillo.